El centro abarrotado… y no es Semana Santa

            Cuando el nuevo equipo municipal tomó la afortunada decisión de suprimir el maléfico plan centro, ideado por la coalición de poder que formaron el partido socialista y los minoritarios y “vanguardistas” integrantes de Izquierda Unida, con la intención de convertir la zona monumental de la ciudad en un páramo, sabíamos que el efecto que se produciría acabaría repercutiendo en la economía de la ciudad.

            El retorno de los autobuses a la plaza del Duque, junto con la determinación explicada anteriormente, ha dinamizado las actividades en la zona, extendiéndose a las adyacentes. Era imprescindible dotar de accesibilidad, facilitar la llegada de los ciudadanos de las barriadas periféricas, hasta el centro neurálgico de la ciudad. Era un contrasentido abolir los medios que prestaban estos servicios, trasladando la parada más cercana a Santa Catalina e imposibilitando, por mucho autobús escoba que intentara suplir las carencias, el desplazamiento hasta las calles que concentran gran parte del pequeño y mediano comercio, que por cierto ya comenzaba a notar los asfixiantes efectos de estas medidas, abocando a muchos con el cierre y a otros tener que suprimir los puestos de trabajo, como paso previo a la catástrofe de la bajada definitiva de la persiana.

            La dinamización de la zona centro y monumental de la ciudad ha sido de tal calibre que es casi imposible transitar por sus principales y más comerciales vías, con comodidad. Cierto es que coincide con la época de mayor propensión a la compra, que la celebración de las Pascuas es proclive a utilizar el tiempo de asueto en pasear y efectuar la compra de los regalos, que luego los Reyes Magos dispondrán en los salones principales de las casas. Pero esta gran afluencia de público, que a veces mantiene cierta semejanzas con las bullas cofradieras, en los días de la Semana Santa, es el resultado de una serie de medidas que el actual gobierno municipal ha tomado con el propósito, de dinamizar las áreas de comercio.

            Dista mucho esta  situación a la de años anteriores, en las que las calles del centro se veían, a ciertas horas, desoladas, sin más afluencia que la de los operarios de Lipasam adecentando las vías, baldeando las plazas y desplazando al escaso público hasta compartimentarlas en lugares muy concretos. La tremenda actividad conjugada con la alegría que se vive en sus calles, repletas de alumbrado que nos recuerda las fiestas que gozamos –antes querían hacérnosla padecer suplantándolas con denominaciones tan estrambóticas como “solsticio de invierno” o escamoteando recursos para disponer de la iluminación propia de la fecha, demonizando siempre la actitud de los comerciantes- nos hace pensar del acierto de estas decisiones, aunque el tiempo para tomarlas ha sido escaso desde juraron sus cargos municipales.

            Esta ciudad, sus gentes y visitantes, no se merecían el desprecio ni la soberbia de la que presumían sin tapujos, ignorando las creencias y tradiciones de la mayoría de los ciudadanos, ni de su cultura de la calle que nos hace tan diferentes. No supieron dignificar la marca –como dicen los modernos difusores de la cultura y la publicidad- de Sevilla, intentando venderla para los foráneos, que se marchaban defraudados por lo que veían y disfrutaban, ignorando e intentándole negar una identidad labrada durante siglos, un marchamo de calidad que menospreciaba los vínculos entre ciudadanía y espacios.

Era tan fácil y lo hicieron tan difícil que así salieron. La Navidad es una celebración religiosa que lleva adjunta una serie de condicionantes comerciales. Pero van unidas y son intrínsecamente indisolubles. Si querían cargarse la Navidad, el trasfondo emocional que conlleva, arrastraban al desastre sus vínculos comerciales. Apagaron calles enteras, desviaron su atención a otros temas, siempre vinculados a sus intereses. Los actuales no han hecho más que normalizar la situación, mover las piezas del puzle y encajarlas correctamente, sin forzarlas. La artificiosidad ha vuelto a ser desbancada por la naturalidad. El centro vuelve a recuperar la vida cuando ya estaba a punto de sucumbir asfixiada por las garras de la estupidez y el despropósito.

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