CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE MEJOR

            Pende ya sólo de un hilo esta última hoja del calendario, que comienza a tambalearse en el pretil de la memoria. Se está decolorando el almanaque y comienza a amarillear el fondo blanco que contenía la alegre numeración de los días. Es el presagio de paso del tiempo, de estos días que ha corrido veloz entre tanta fiesta y celebraciones continuas. Pronto, muy pronto, este nefasto año será sólo recuerdo, imágenes traspuestas que comenzarán a difuminarse hasta convertirse en rescoldo de alegrías y penas. Asumimos este tránsito ahítos de esperanza, con la ilusión dispuesta renovarse. Vamos a prendernos de nuevas vitalidades, a reconstituir el ánimo con el vigor y la fuerza del advenimiento de un nuevo año, esperemos que podamos dotar con los sueños que lleguen concretar esas pequeñas realidades que añaden a nuestras vidas un poco felicidad.

Es el último hálito de un tiempo que, aún sabiendo que va a perecer, a sucumbir, a despeñarse empujado por la fortaleza jovial del nuevo año, se aferrará a la barbacana del ventanal donde tiene el hospedaje el recuerdo, para enclaustrarse en sus lúgubres estancias y lanzar andanadas con imágenes y momentos que conmocionarán nuestros sentidos. Es curiosa esta condición humana de plasmar instantes que posiblemente nos hicieron sufrir, que hincaron sus feroces fauces hasta hacernos menos felices, a incomprender estas acciones o el por qué de los caprichosos designios del destino

Uno se ilusiona con los retos que nos depara la propia iniciativa, con la marcha de ideas emprendedoras, de proyectos que nos vendrán a resolver el futuro, tal vez a procurarnos el sustento y esa calidad de vida que nos vamos exigiendo conforme adquirimos nuevos conocimientos. Pero siempre nos queda la rémora de lo hemos perdido aunque en el balance final el fiel se venza por la parte positiva. Casi siempre, porque el dolor ahonda y procura amargura, ignoramos esta cuestión. Nadie recuerda los años en los fueron felices junto a otra persona, cuando dio el primer beso a la niña que le embelesaba, cuando la tomó de la mano o cuando era capaz iniciar una cruzada contra el mundo por advertir una mirada de rutilante deseo. Pero si trae la tristeza del año en que la niña se enamoró de otro y entonces el cielo de desplomó anegando de sombras sus días, hasta que el sol resplandeciente de otros ojos, de otras manos, volvieron a enarbolar sus sentidos y le llenó de felicidad. Nadie mantiene, más que para ocasiones especiales, aquellos años de ventura y provecho cuando conoció la abundancia del campo sangrando sus productos, de cosechas que eran incapaces de contenerse en las eras, de huertas preñadas de frutos que se recogían con alegría difuminando el esfuerzo en la recompensa adquirida. Pero sí nos entristece el año en el que las lluvias se llevaron por delante lo que debía ser rédito del trabajo, o la riada de aquel año que nos desahució y nos encarnó en diáspora durante meses, o aquella sequía que desoló campos y mutiló cuerpos de espigas cuando aún eran asomo de su ser. Nadie pone fechas, ni señala añadas, más cuando se pierden, de los abrazos del padre cuando ascendimos a la condición de la mayoría de edad o nos impusieron la beca universitaria que reconocía esfuerzos y privaciones, o las caricias de la madre cuando nos imponía el hábito penitencial, un mediodía de un domingo de ramos preñado de nostalgia. Pero todos recuerdan el año en el que el Padre decidió reconciliarse con la figura paterna o la madre dejó vacío de fechas los meses del siniestro año.

Esta medianoche, cuando la última campanada dejo expedito el camino a las ilusiones y a la confianza por enfrentarnos a un tiempo mejor, elevaremos la copa de la Esperanza -¿qué sería de nosotros si no nos dejáramos arrastrar por Ella, si no nos dejáramos arrastrar por el ancla que nos traslada hasta sus cielos?-y bridaremos por la felicidad que nos procuraron los años que fueron y por  advenimiento de los que serán.

Que el año nuevo, este de dos mil doce, lo recordemos por la felicidad que nos dejó, por la unión que nos procuró. Que cuando sea recuerdo lo mencionemos por la dicha que implantó en nuestras almas.

Esta entrada fue publicada en ESPAÑA, HERMANDAD DE LA MACARENA, SEVILLA. Guarda el enlace permanente.

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