LA BULLA y EL ORDEN

            La revitalización del centro de la ciudad, más concretamente de su casco histórico, desde que se desbloquearon los accesos que prohibían a los ciudadanos llegar a él y la reutilización de las paradas de autobuses de Tussam hasta la misma plazas del Duque y Campana, ha sido un éxito que se reafirma con la presencia multitudinaria de ciudadanos en sus calles y comercios.

            Tras estas nuevas expectativas para revigorizar las fuentes comerciales ha llegado la recuperación del espíritu festivo de la Navidad. La recuperación de un alumbrado conforme a los requerimientos de la ciudadanía, que mantenga viva la expectativa del anuncio del nacimiento del Niño Dios y la celebración de la entrada del Año Nuevo, es otra de las iniciativas que retornan tras la tristeza y ninguneo a la que se veía sometida la población, esa que paga tributos e impuestos y que se destinaban a deportarles bienes de segunda mano a países latinos como si fueran nuevos, por las facturas que presentaban, cuando el edil que mandaba y ordenaba en la casa consistorial, se refería a esta celebración como la del “solsticio de invierno”, que ya hay que ser triste y poco consecuente con lo que tenía enfrente para nominar una alegría tan grande con una denominación tan vacua.

            Las calles del centro histórico son incapaces de soportar el tremendo fluido de personas que pasean, disfrutan con los espectáculos y actividades que se proponen en plazas y espacios amplios, y realizan sus compras con cierta comodidad. La eficacia de la medida se ha dejado notar, muy especialmente en los negocios de restauración, que en estos días colocan el cartel de completos a cualquier hora. En algo redundará este extraordinario movimiento.

            Lo que resulta totalmente incomprensible es la falta de coordinación del CECOP, que parece ser es el organismo encargado de dotar, para estos y otros casos de afluencia masiva de ciudadanos, de las fuerzas de seguridad necesarias y de proceder al protocolo preciso para conciliar, con las garantías obligadas para estos actos y que puedan concurrir en un mismo espacio, que permite una caravana de solidaridad, organizada por la Hermandad de los Panaderos, y cuyo recorrido y horarios coinciden con el término del espectáculo audiovisual que se proyecta en la fachada del Ayuntamiento que se orienta a la Plaza de San Francisco. La bulla fue espectacular y sorprendente. Si ya era difícil caminar con cierto holgura imagínense ustedes cuando confluyeron la masa intentando evacuar la plaza de San Francisco, el mar de personas que desembocaban en ella desde la calle Sierpes, Manuel Cortina y la Avenida y por la calle Granada intentaba abrirse paso la referida comitiva, empujada además por una avalancha que intentaba desalojar la plaza Nueva, donde se ubica el mercado a Arte4sanía,  mientras que la masa se veía obligada a comprimirse en la estrecha arteria de desalojo natural tras la conclusión del audiovisual. Increíble pero cierto. La policía local desorientada no sabía, ni comprendían los agentes aquel desbarajuste organizativo, por donde acometer y encauzar la avalancha humana que se condujo la misma naturalidad que en una Madrugada gracias a esta cultura de la bulla con la que somos adiestrados un primer domingo de ramos, viendo salir la cofradía del Amor tras haber visto entrar el paso de la Borriquita. Gracias a esta sabiduría para regularizar el paso, mantener la calma y ordenar el comportamiento, con algún comentario guasón que hace menor el transcurso del trago, pudo disolverse el tapón y la pequeña cabalgata pudo continuar su recorrido y los ciudadanos disfrutar de este apogeo de la ciudad en Navidad.

            Tiene que replantearse, a partir de ahora el CECOP, la concesión de permisos sobre actos y cabalgatas. El mismo peligro entraña el paso del Gran Poder por las estrecheces de Bailén que una cabalgata ingobernable taponando las salidas naturales de desalojo tras el multitudinario espectáculo visual que organiza el ayuntamiento, por cierto, excepcional y digno de contemplarse. Que tomen buena nota sus responsables, como intentaron, una mañana de Viernes Santo, tratando de impedir que los devotos de la Santísima Virgen de la Esperanza pudieran Acompañarla cuando regresaba los callejones de su barrio tras cuatro decenios sin hacerlo y que gracias a los oficiales que presidían su paso pudieron recuperar la memoria de sus ancestros con la Virgen recorriendo el entramado de sus calles.

            Gracias a Dios el pueblo sevillano sabe disuadir los agobios de una bulla espontanea, pero ya que se regulariza todo y todo se prohíbe, bien estaría montar el protocolo de actuación en previsión de males mayores.

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