LOS JUVENILES SONES MACARENOS

            Vienen con la marcialidad propia de los sones que anuncian la gran alegría, cuando la primera luna de la primavera se asoma a los balcones del cielo preñada por un argénteo resplandor, y ellos ponen sobre las piedras los primeros indicios de la bienaventurada noticia que se irá expandiendo por toda la ciudad. Llegan cruzando los nuevos campos donde se yergue el viejo hospital, ese mismo espacio que tanto sabe de sus esfuerzos y desvelos durante todo el año, con la jovialidad propia de la edad, con la ínfula del esparcimiento de la dicha a quienes reposan en las camas del dolor, a mostrarles que la magia y la fantasía, esas que ellos mismos han dejado aparcadas en los límites de un sofá en forma de bicicleta, a los pies de una puerta que se abre al paso de un juguete, también es capaz de horadar los muros de la tristeza. Vienen arropados por el coraje de una edad que no conoce la malicia a enmendar los fríos de enero con el calor de su entusiasmo, a repartir y compartir esa alegría de la que son portadores con otros niños que se ven atenazados por la soga de la enfermedad. Todavía no tienen plena conciencia de ello, aunque la adivinan en el lustre de las miradas de sus padres, del bien que van a ejecutar, que no hay nada más importante, ni más necesario, que poder transmitir ESPERANZA, que lanzar ese salvavidas al que se aferran quienes solo contemplan horizontes oscuros y cielos que amenazan con la desabrida y lluvia que va calando el más fortalecido de los ánimos.

            Llegan henchidos por la alegría que va adueñándose de sus espíritus y las marchas de ordinario van escribiendo sus notas en los pentagramas del aire, que los va transmitiendo de esquina en esquina hasta conseguir que las menudas caritas se peguen de los cristales de las ventanas. Están orgullosos de este proceder, de su vitalidad, de la importancia de compaginar el sueño de la reciente visita de sus Majestades de Oriente a sus hogares con esta misión, que su sacrificio ya arranca sonrisas y ansiedades. Saben, porque están instruidos en la emoción, que la memoria del ayer es el maná del que se nutren en el presente y que será el reconstituyente que les mantendrá firme en el futuro.

            Vienen estos aprendices, estos cadetes de la mejor legión del orbe, de rendir pleitesía a La que es gracia y luz, sagrario que acoge y guarda la mejor de las virtudes. Allí, junto a la verja, junto a la puerta, arco que se izó para separar el cielo de la tierra, comienzan a curtirse, a prepararse para dar testimonio de la gran dicha. Vienen encabezados por quienes les preparan en lo sentimental, quienes van inoculándole toda la sabiduría del universo macareno, todo el saber que se recoge en el rebufo de un tambor o en la estridencia armoniosa de una corneta. Son los lanistas de estos pequeños gladiadores del amor, de estos atrevidos jóvenes que no dudan en aparcar su ilusión para hacerla posible en otros menos favorecidos -¡hay mayor y mejor entrega!-, los que los signan con los óleos de la Gracia que les protege y alienta, son los viejos senadores, curtidos en mil batallas, airosos vencedores de asedios del rencor y maledicencia, los que enarbolan el pendón de la Esperanza, los que enseñan el camino y trazan la ruta que les hará obtener la mejor meta.

            Son estos niños, que ya saben cómo debe anunciarse a Sevilla el gran mensaje de la Esperanza, los que vienen repletos de júbilo a proclamar que ya son futuro, que ya empiezan a enfundarse el corazón con la plateada coraza, que el esfuerzo de todo el año comienza a dar sus frutos. Son estos niños, alma de la Hermandad, los que forman la Banda Juvenil de la Centuria Macarena, el ejemplo de la fortaleza, de la fuerza espiritual que irá conformando sus almas. Son los sones y redobles de la mejor ralea de la gente de la Macarena.

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