La legitimidad perdida

            Solía contar, con aire de prestada pusilanimidad, con falsa modestia, un buen amigo mía la anécdota que le referían con asiduidad ciertos empresarios, que mantenían importantes y variadas actividades comerciales en la medianía de la década de los ochenta, del pasado siglo, que el mejor lugar para cerrar un trato era un buen local de alterne porque se podía hablar con cierta seguridad y se firmaban los contratos hasta  con solemnidad para después disfrutar de los servicios y beneficios que se disponían en aquellos lugares. ¡Qué buenos negocios se cerraban en aquellos lugares! recuerda con nostalgia mi amigo Vicente.

            Claro que los tiempos han cambiado y el glamur de aquellos espacios se ha ido diluyendo y la mera compañía femenina, que alentaba al consumo de bebidas espirituales –cursilada con la que denominan ahora las bebidas alcohólicas- ha ido degenerando hasta convertir en puro negocio mercantil, en tráfico de mujeres a las que las mafias obligan a prostituirse.

            Tal vez, lo que pretendían D. Francisco Javier Guerrero, ex director general de Trabajo de la Junta de Andalucía, y su dilecto y obediente chófer, D. Juan Francisco Trujillo, no era más que intentar recuperar un antiguo método con el que realizar contactos y promover campañas para el fomento del empleo en nuestra región, y cuando utilizaban el dinero público, novecientos mil euros de subvenciones de los ERE, lo hacían para tan digno fin. Lo que pasa es que nosotros, desafortunado pueblo andaluz, somos unos imbéciles que no comprendemos nada, que no sabemos que estos sufridos políticos que nos gobiernan realizan todos estos desmanes por nuestro bien, por elevar las cotas de producción y rentabilizar los esfuerzos que tenemos que hacer la gente de a pié para sacar al país de esta catastrófica situación.

            Estos sinvergüenzas nos toman por tontos, por pobrecitos ciudadanos que no hacemos más que tragarnos, unos tras otros, todos sus descarados robos, todos los ataques indiscriminados que acometen, sin tapujos y sin cubrirse la cara si quiera, sobre las cajas del erario público. Estos indecentes que no mantienen escrúpulos por desvalijar a quienes les depositamos la confianza para la gestión y gobierno de los bienes que producimos, son los mismos que se suben a un atril y hablan de justicia social, de equiparación de clases, de sostenibilidad económica, sin distinguir que hablan de sus propios beneficios, de engrosar sus cuentas corrientes o despeñar sus vicios con el sufrimiento de la gran mayoría de la sociedad. Estos son los mismos que acusan públicamente, sin el menor acopio de dignidad, de la utilización de estos lamentables hechos para alcanzar el gobierno de la comunidad autonómica andaluza, su cortijo durante más de treinta años donde han implantado su régimen. La ilegitimidad no es denunciar el estupro de la sociedad, ni aflorar los constantes escándalos de malversaciones y cohechos o el saqueo de los fondos públicos para tirarlos en fiestas, drogas y alcohol. La ilegitimidad es lo que promueven quienes sabiendo que se cometen estos bucaneros abordajes, les amparan y protegen, les guardan las espaldas y hasta callan, convirtiéndose en cómplices de todos los delitos. Cómo puede, la portavoz oficial del gobierno andaluz, acusar a los denunciantes de utilizar como munición electoral estos hechos. Nadie va a desbancarles de sus sillones sino ustedes mismos.

            La salida a luz pública de este último affaire, de este nuevo escándalo, es el tiro de gracia por el harakiri que el PSOE se viene ejecutando desde hace años. Y no es por la malísima gestión que vienen realizando lo que provocará el despeñamiento de su agrupación en Andalucía. Será porque los andaluces estamos hartos de que nos tomen por tontos, de que estos nuevos señoritos quieran arrebatarnos la dignidad, someternos al vilipendio de la humillación por creernos incultos, por querernos hacer creer que nos la podemos tragar todas y sobre todo por haber liquidado el sentimiento idealista que poseíamos y que han vendido a los mejores postores, a sus amigos. Ya ni las casas de señoritas son lo que eran, ahora dejan entrar a cualquier cocainómano.

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