ABUELOS EN CASA

            La sinceridad y contundencia con la que pronunció aquellas palabras llevaba encubierta un gran dolor. Muchas veces, cuando la soledad se abalanzó de improviso sobre él y el cielo de los techos de su casa se convirtió en atmósfera irrespirable, intentó llegar a un acuerdo para establecer su domicilio en el hogar que había formado su hijo, un lugar en el que sobraba el espacio, un hábitat donde poder recuperar el aliento que se le escapaba a borbotones con cada recuerdo. Con quiénes mejor compartir sus últimos años que junto a él, su nuera y sus nietos.  No le importaba perder esa independencia que le producía ahora angustia, prefería acotar sus ámbitos y mostrarse que la dependencia era la mejor arma para defenderse de los ataques de la nostalgia. Además siempre podría colaborar con la economía familiar y ocupar sus ratos de ocio en compartirlo con sus nietos. Pero eran tiempos de bonanza, tiempos en los que el dinero corría por las calles y los negocios inmobiliarios procuraban rentas suficientes para poder mantener, con holguras y hasta lujos, la familia, tiempos en los que un pedazo de adoba se vendía en los mercados internacionales como si fuera oro. Y las excusas al auxilio solicitado fueron sustituyendo a las palabras del necesario calor y el padre descubrió, en los subterfugios de su hijo, que podía ser un estorbo para su relación, un escollo para mantener la paz diaria en el hogar.

            Un mal día los gurús, que manejan los hilos y devenir de medio mundo, decidieron que las ganancias de sus siembras financieras no eran las óptimas y decidieron retirar la sal y el vino de la mesa en la que antes ofrecían generosos manjares. La sociedad del bienestar sucumbió de improviso, la mentira comenzó a presentarse para reclamar los réditos. La desesperación cundió y muchos descubrieron que los cimientos en los que se había posicionado, sobre el que habían construido un mundo, se pudrían. Y el hijo fue una de las víctimas de la hecatombe. Los ahorros comenzaron a menguar, las deudas se apiñaban en una carpeta del ordenador y los lujos dieron paso a la austeridad. No había día en el que una preocupación mayor no sepultara al anterior. Y cundió la desesperación. Los amigos le auxiliaron hasta donde pudieron.

            Cuando el más negro pesimismo comenzaba a asfixiarle, cuando el agua sobre pasaba el cuello y se barruntaba una desgracia, apareció él. Vendió su casa, la que un día fue hogar de su familia, en la que le vio crecer, donde compartió la vida con la mujer más bella, donde la alegría reinó hasta que aquella maldita enfermedad le arrancara el corazón cuando se la llevó en menos de un año. Cogió una bolsa con sus escasas pertenencias y se marchó a casa de su hijo.

            Ahora comparte habitación con el menor de sus nietos. El otro necesita independencia porque ha crecido, porque precisa un espacio para ordenar sus pensamientos y sus estudios. Han aprendido a compartirlo todo. Incluso hay muestras de cariño que han venido de la mano de la cotidianidad, del conocimiento que llega por el trato diario, por el roce, por una sonrisa o un abrazo espontáneo.

            Viene todas las mañanas por el periódico y trae un deje de alegría en su semblante. A él esta maldita crisis que está destrozando la sociedad, le ha traído el reencuentro con la familia, le ha recuperado. No le importa ser el principal sustento de este nuevo hogar porque se ha desterrado de la soledad. Alguna vez no puede reprimir cierto desasosiego y murmura, cuando cree que nadie le escucha, que haya tenido que ser esta situación, la necesidad imperiosa, la que ha propiciado el reencuentro con su hijo, con lo feliz que era con mi Carmela. Al otro lado del edificio, en la misma puerta, le espera su nieto para que le lleve al colegio.

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