Misioneros del nuevo siglo

            Decía D. Antonio María Calero de los Ríos, en la magnífica disertación que ofreció, en la Real Iglesia de San Antonio Abad, con motivo de la convivencia de las Hermandades de la Madrugada, que los laicos deben asumir, de una vez por todas, su compromiso con el mensaje salvífico de Jesucristo y que para ello era necesaria la conversión inminente del cofrade, en clara referencia a quienes componían el foro en el que  exponía sus palabras, que su participación en la Hermandad no debe limitarse a la mera asistencia de sus cultos, a participar en la estación de penitencia ni a convivir, durante más o menos tiempo, en los actos que se organicen en al ámbito de sus casas de Hermandad. El cofrade, como parte de la comunidad eclesial, que viene signada por la consagración que se recibe con el bautismo, ha de mostrarse como mensajero de sus propias vivencias, de las que recibe de la Iglesia y transmitirlas en su entorno más próximo. Sintetizaba su intervención indicando que debemos asumir nuestro papel de misioneros.

            La sociedad actual, el ámbito que nos cerca, tal como la hemos concebido, con sus adelantos técnicos y científicos, se encuentra en un estado de descreencia mística, en una fase en la que el hombre se sostiene sobre dudas y provoca la indecisión en sus actuaciones. Estas circunstancias marcan el devenir de la vida cotidiana y a falta de concreción física de Dios, sin referente espiritual que guíe y dote de sentido la vida, provoca grandes lagunas en el pensamiento y por ende, el vacío existencial del que tanto se quejan los actuales filósofos.

            La carencia de importancia sobre la existencia de Dios es un gran mal pues induce a no ofrecer ningún valor sobre las materias esenciales que conforman la vida. Es mucho peor que el agnosticismo y el ateísmo, esta indiferencia anclada en muchos sectores de la sociedad, en la que ya no sólo se pone en entredicho la existencia de Dios, como ente Supremo que nos concede el precioso don la vida, sino que sencillamente no hay preocupación ni interés en la búsqueda del Todopoderoso, ambigüedad que provoca el hundimiento del pensamiento y los valores que pudieran desprenderse de discernir entre encontrar un camino de felicidad y luz y otro gris, de sopesar si merece la pena involucrarse en la Verdad, con las dificultades y la oposición que pudiera conllevar, o dejarse llevar por la corriente y disecar cualquier modelo de vida superior. Caer en un proceso anfibológico, suponer que la existencia finaliza con la oscuridad total, que nuestros semejantes no merecen más consideración, por nuestra parte, que el de una teoría evolutiva espontánea, es la batalla a la que debemos enfrentarnos. Y para ello, cada uno de los bautizados, hemos de componer el ejército que se enfrente a la indiferencia, destacar la existencia de un mensaje que nos une a todos en torno al amor, la declaración de igualdad más profunda y hermosa jamás pronunciada.

            En nuestra ciudad tenemos un arma de una eficacia extraordinaria, con una trascendencia, en todos los planos sociales, excepcional. Las hermandades y cofradías han de erigirse como principales vínculos de la expansión evangelizadora que cambie los signos de la vida, en esta nueva era de existencialismo y mediocridad intelectual, que confunde razón con imposición, y convertirse en el principal conducto para conducir, dirigir y  gobernar a los nuevos misioneros que necesita el mundo para redimirle de los males endémicos que le acechan y que mantiene cautivo al hombre de los abusos, indiscriminados y alevosos de otros que sólo viven en sus egoísmo y  materialismo.

Del libre ejercicio de la condición misionera tiene que surgir el mundo nuevo. Porque cada voz que se levante para derrocar la maldad, cada palabra que se transmita para la consecución de la igualdad, cada mensaje que se implante para sofocar las banalidades de esta sociedad amanerada, que permite la suplantación de las cosas buenas por la comodidad de los silencios, es un triunfo y una verdadera razón para consecución de la vida eterna, esa insustancial felicidad que se encuentra al final  del camino. Está en nuestras manos, sólo tenemos que alzarlas y conformar la cadena. Si los primeros apóstoles lo lograron –sin internet, sin los medios de comunicación de los que gozamos- también podemos conseguirlo nosotros. Cristo es signo de vida, de concordia y de amor entre los hombres, una ventana de Esperanza por la que entra la felicidad.

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