Réquiem por el Mesón de la Sangría

            Es terrible cuando el dolor acude al recuerdo para asolarlo, cuando la nostalgia se ve sorprendida por el voraz ataque de la pena y desmantela todo el romanticismo que se guarda en el cajón de la memoria. El desmembramiento de las imágenes que uno cree reflejan el pasado y el paso de los años, que imagina es la intrahistoria que quedó anclada en el alma por situaciones que ocurrieron en la juventud, cuando los sueños no eran más que entelequias y deseos que vagaban en las soñadoras y fantasiosas mentes de unos jóvenes, embriagados todavía por la inocencia y la torpe creencia de que el mundo era una llanura por explorar, aún por conocer. Una época donde la amistad era un promontorio al que sólo tenían acceso aquellos a los que abrías el corazón, un lugar de confidencias compartidas, de secretos y cariños que preconizaban un futuro solo comprensible con el saludo diario y la presencia fidedigna de las miradas, que sabían recoger y guardar el secreto de la negativa una declaración amor o la incapacidad vergonzosa de suspirar por los labios que jamás supieron de un roce de los tuyos.

            Vuelve hoy la memoria a trasgredir las lindes de la emoción porque un buen amigo de la juventud, un compañero con el que compartí la esperanza por la obtención de un futuro mejor, las ilusiones por llegar donde sólo unos pocos llegan, queda al borde del precipicio de la desesperación, de la desmoralización, porque el rodillo de esta inhumana crisis económica, y antes la especulación de los suelos que han hecho millonarios a unos pocos, en la zona de San Bernardo, lo han puesto en un brete y su pequeño negocio de hostelería, fruto de algunas décadas del trabajo, su exclusiva dedicación y buen hacer, tendrá que cerrar vencido por los miedos que mantenemos por el consumo razonable ante la incertidumbre y el desconocimiento de lo que nos espera.

            Es ahora un hombre sencillo, al que el tiempo ha enmendado sus esfuerzos y ha privado de un futuro reposado, asentado sobre el terruño de la desilusión. Camina todavía mostrando esa apariencia de altivez que siempre tuvo aunque su condición provenga de las clases obreras que anegaron los nuevos barrios que sustituyeron los caseríos desvencijados por los temporales y el olvido de los políticos en el comienzo de la década de los setenta. Le observo desde esta acera que retiene penurias artilleras y el señorío de un barrio que fue y que hoy no es más que mera residencia transeúnte, de gente que ignora su historia. Cada tranco es una sombra de la negritud del destino, un asomarse y acercarlo al abismo que marea e incomoda. Qué distinto al recuerdo que se proyecta hoy cuando jugábamos en el San Juan de Ribera, un equipo juvenil de fútbol que vivió su esplendor y en el que nos formamos deportivamente. En él florecieron sueños de gloria, la consecución de
metas inalcanzables que creímos poder rebasar. Un equipo de fútbol donde percibí la primera noción sobre la realidad, cuando muchos de mis compañeros acudían al entreno diario después de una dura jornada de trabajo en un muelle, en un taller o tras la barra de un establecimiento comercial mientras yo, al que llamaban cariñosa y gracilmente el señorito, para mi sonrojo y vergüenza, acudía con mi ristra de libros y cuadernos del instituto.

            Buena gente este amigo que trabajó donde yo no quise, que se fue labrando un futuro en el digno oficio de la restauración y que, con su esfuerzo y dedicación, con muchas horas de insomnio, logró el pequeño sueño de ser propietario de su propio negocio. Hasta que los errores y la avaricia de los poderes económicos, que nominaron crisis para que aceptaramos su pago, consiguieron desnaturalizar sus propósitos. Éste es el estipendio del que nos proveen quienes se están enriqueciendo con las miserias de los demás. Éste es el salario del destino, el desvalijamiento de la honradez para la obtención de mejores réditos a quienes nos manejan económicamente.

            Dentro de unos días, cuando las luces del atardecer comiencen a prolongarse sobre las tejas de las bóvedas de la vieja parroquia de San Bernardo y los fantasmas de la memoria vuelvan a anegar su Calleancha de niños con pantalón corto y rodillas ennegrecidas por el tizne del carbón de las viejas máquinas del tren, y el miguelete, que vigila y guarda la antigua fábrica de artillería, role al sur acariciado por la brisa que anuncia la inminente primavera, el Mesón de la Sangría se ahogará con las sombras del dolor y pasará a formar parte del recuerdo romántico del barrio de San Bernardo.

Esta entrada fue publicada en ESPAÑA, SEMANA SANTA, SEVILLA y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s