El Patio de San Eloy

            No abundaban los lugares de esparcimiento, ni los locales de ocio tan específicos como los de hoy. Eran las tardes de los días festivos dedicadas a sesiones de cine, todavía mayestáticos, con el romanticismo de sus balcones y paraísos, con sus entresuelos, de cortinas que cerraban la visión a los ojos de buey de las puertas, de acomodadores con linternas que velaban por el buen comportamiento en la sala de butacas. Eran como guardianes celosos que deambulaban por los pasillos para sorprender a la pareja acaramelada de la última fila o introducir en el argumento de la película a los que se retrasaban, explicaciones que siempre concluían –por ni alargase en matizaciones- con aquella coletilla de “quédese al siguiente pase, como es sesión continua”.

            Eran aquellas tardes de sábado cuando salíamos con la pueblerina intención de dar una vuelta por el centro, cuando todavía relumbraban escaparates de comercios familiares, exponiendo las delicatesen gastronómicas que se antojaban tan lejos de nosotros, tan inalcanzables aunque sólo nos separara la barrera fronteriza de un cristal, o las últimas novedades de la moda juvenil bañada por una luz sicodélica que escondía en la sombras los pantalones Lois o los Fred Perris.

            Horas deambulando por las calles, buscando el roce de una mano y te correspondiese, hablando de las cosas importantes de la vida, tan vitales como la ignorancia oculta de unos ojos que no correspondían, o el último beso, tan recatado e inocente, casi robado y venciendo a la timidez, que dábamos cuando nos despedíamos. Qué nos importaba, en aquellos precisos momentos, que en Argentina hubiese una guerra, que se estuviera medio mundo enfrentándose al otro, que el pacto de Toledo estuviera definiéndose o que Idi Amín se comiera a la gente por los pies. Lo trascendental era mantener la esperanza de que los ojos de aquella niña que nos arrebataba la vida se fijarán en nosotros, que mantuvieran la certeza un brillo premonitorio que nos acercara a la gloria.

            Procurábamos que cada día fuera diferente, que los paseos discurrieran por lugares distintos a los de la semana anterior, alternar sesiones de cine con alguna obra de teatro, si coincidía con su representación, en una ciudad que por entonces sólo mantenía viva dos teatros y escasas eran las compañías que veían rentable incluir en sus programas la visita a Sevilla. Pero siempre había un lugar donde terminábamos, donde coincidíamos con otros grupos que comenzaron a sernos familiares, con rostros que podíamos reconocer en otros lugares o casualmente compartir incluso centro de estudios. Un lugar que comenzaba a erigirse como punto de reunión de la más diversa fauna urbana. Eran tiempos convulsos, tiempos de cambios estructurales en los que la sociedad reclamaba una posición más determinante en los problemas políticos, en los que se pedían involuciones sociales y otros se obstinaban en mantener una herencia de del régimen anterior, tiempo de discusiones y extremismos que a veces terminaban en la calle de la manera menos cívica.

            Era el Patio de San Eloy el que nos recogía a todos, y en sus tribunas nos aposentábamos, gradas de concordias y avenencias, para rematar la tarde, ya convertida en noche, refugio de los rigores del invierno, asilo para soportar los calores de agosto, sus parroquianos aprendimos a convivir, con una cerveza y un montadito en la mano, a departir y respetar. Una juventud que comenzaba a desmarcarse de rencillas y rencores del pasado, reflejo de un futuro cargado de esperanza.

            El Patio de San Eloy conmemora cuarenta años de servicio a Sevilla. Cuatro décadas alimentando al espíritu y al estómago, cuatro décadas dedicadas a la convivencia, esa cosa tan extraña y tan denostada en los días de hoy. La transición sevillana le debe mucho a sus mesitas y estradas, a la voz del encargado indicando, apenas sobrepasábamos el umbral del local, que pasáramos que al fondo había sitio. ¡Ay si sus paredes hablaran! Y todavía lo hay, gracias a Dios. Porque lugares como éste dignifican las ciudades. De estos establecimiento tan emblemáticos debieran tomar nota políticos y empresarios y tal vez otro gallo nos cantaría.

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