El último discurso de Vicente el del canasto

            Añoramos los espacios que perdimos tanto como aquellos cielos que Romero Murube reclamaba a su memoria y que dejó embebidos de nostalgia en aquel maravilloso libro. La fisonomía de la ciudad ha experimentado cambios muy sorprendentes. Unas veces porque era necesario para adecuarse a los tiempos; otras porque la especulación y los intereses particulares movían los hilos para desproveernos de la visión de una Sevilla natural y no artificiosa como pretendieron, y aún hoy siguen en sus ínfulas de falsa modernidad, los gerentes del ayuntamiento, durante las décadas de los sesenta y setenta, del siglo pasado. Años en los que se cometieron algunas de las mayores tropelías contra el espíritu urbanístico de la ciudad, desfigurando la esencia paisajística que la hizo diferente a cualquier otra. Los viejos caseríos, y los más señeros palacios, fueron desamortizados, y posteriormente condenados a la piqueta, para construir en sus solares monstruosos edificios, sin ningún valor arquitectónico, que destrozaron el paisaje y reventaron las líneas del horizonte hasta decolorar los lienzos que inmaculistas que plasmara Murillo en sus famosos y aclamados lienzos. Al menos, las generaciones actuales –a los que les importe y muestren inquietudes- podrán reconocer en ellos los cielos que reclamaba Romero Murube.

            Paseando por el entramado de calles de la Judería, acercándome a la plaza de San Bartolomé, arañando recuerdos de cuaresmas en blanco y negro cuando la Hermandad de Jesús Despojado realizaba su estación de penitencia desde la parroquia del viejo barrio, pude comprobar cómo todavía quedan residuos de la historia de nuestra ciudad, espacios que uno creía figuraban ya en el arca de nuestra memoria, y ante mí apareció el cartel de la vieja Carbonería, lugar emblemático para gente de mi generación, lugar de encuentros y desencuentros, de la alternancia cultural y etílica, de la exposición de obras pictóricas y cuyos autores, a excepción de algún relumbrón que transgredió los límites de la utopía y se afianzó en el más servil mercantilismo artístico, jamás pudieron amortizar los pinceles y las pinturas con los que figuraban sus lienzos. Lugar de la mejor bohemia, alegre, triste y gris, refugio de perdedores que batallaban ante la incomprensión de una sociedad que todavía anclaba sus pensamientos y sus más tristes tradiciones, en sus peores prácticas y caducos posicionamientos sociales, asilo de triunfadores que buscaban el aliento del gentil reconocimiento, del laurel que los signara como apátridas de esta ciudad que solo tenían ojos para el triunfo extranjero. Allí estaba su puerta decimonónica incitándome y provocándome a que traspasara el umbral de su penumbra –te acuerdas Jesús- a que hiciera frente a la deuda que mantengo con él, que nunca satisfice, por tanto conocimiento adquirido, por tantas vivencias que surgían en el fragor de la batalla por la vida cotidiana y siempre había un motivo y una situación para solventarlas.

            Y fue aquella noche, transgredidos los límites de la realidad, que en la Carbonería se fundían en los estratos de la noche para convertirse en realidad de duende y genio de una actuación de Kiko Veneno o el toque de guitarra de Raimundo Amador, el niño del Habichuela que ahora vende ilusiones flamencas por los mejores escenarios del mundo, cuando Vicente, el del canasto apareció de improviso en el magnificente tugurio, oteando esos horizontes que sólo él podía vislumbrar, esos mundos que fabulaban en su mente las historias de las que sólo tenía constancia él. Llegó para descubrir que las alegrías se vertían y confundían en las aguas que confluyen en el lago donde reposan los sueños y nos advertía de los peligros de una mujer, que para mí vino a convertirse en ser mitológico y que se iba agrandando, como Cencreo, el hijo de Salamina y Poseidón  que fue rey de la isla a la que puso el nombre de su madre, hasta llegar a convertirse en la obsesión de cuantos oíamos el relato de la propia tristeza de Vicente.

            Allí continuaba la vieja sala, corroborando el añil del cielo que se abre a las Mercedarias, resistiendo a la especulación que trata de convertirla en tienda de recuerdos o restaurante de comida rápida, donde la memoria restituyó las vivencias, donde el tiempo se perpetuó para mostrárseme ahora y que los fantasmas que deambulan por él, porque no conocen otro espacio ni otra dimensión, volvieran a reírse de nuestra bonhomía cuando lo abandonamos aquella noche que vimos a Vicente remolcado por su canasto, camino del pub del patio San Laureano, donde tomamos aquel último Martini blanco que puso fin a nuestra etapa de juventud.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en ESPAÑA, SEMANA SANTA, SEVILLA y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s