A José Zabala, el orfebre

                José Zabala Osuna era otra de esas figuras que pertenecieron a la bohemia sevillana, a ese nobilísimo entronque con la hidalguía popular de la ciudad, esa que celebra sus lances con el dorado esplendor de una cañera de vinos y los cantes más flamencos, ese que escondía su grandísima personalidad en los parapetos del anonimato, un verdadero artista que se sublevó contra las modas y los modismos para implantarse en el Olimpo donde cohabitan esa especie de personajes que prefirieron los brindis al sol, con una copa de fino en la mano y apoyado sobre el gastado perfil del mostrador de las Cuatro Esquinas –una taberna sumergida en lo más profundo de San Bernardo, cuando el barrio aún era un feliz desconocido para especulación urbanística y dormitaban a la sombra los viejos con sus perros a los pies- conversando sobre las hechuras de una bella mujer o aquel lance que pegó Pepe Luis para embobar y amedrentar a los duendes del toreo.

            Pepe Zabala era el artesano por antonomasia, el hombre que desde niño bregó con la vida para sacar adelante a su gente, ocultando sus magníficas virtudes en el arte de la orfebrería porque era más feliz asentado en la orilla del Guadalquivir, lanzando su caña sin preocupaciones temporales, sin agobios ni prisas para resolver minucias vitales. Era un trabajador que sabía complacer los pecados capitales porque era dueño de su tiempo y el péndulo de su reloj oscilaba según convenía a aquellas. Nunca presumió de sus cualidades artísticas, nunca buscó la vanagloria que se procuraban otros con su trabajo, ni se envileció con la presunción por la ejecución de obras que sólo parecían posibles si se plasmaban en un papel. Pero él sabía buscarles las vueltas al metal, hacer resaltar los ojos que miraban desde la oscura profundidad de la plata y a los que dotaba de luz con un giro de muñeca, un repique del martillo sobre el cincel. La dureza argéntea cedía a los impulsos de su ímpetu artístico. No es cuestión de fuerza, me dijo una vez hace muchos años, un mediodía de luz apocada y cenicienta, en La primera de San Bernardo, sino de sensibilidad y amor, de procurar que como Miguel Ángel cuando realizó su gran David, extraer a la figura que se aprisiona en le metal. Y lo expresaba con la mayor naturalidad, como si sensación artística pudiera brotar en cualquiera, como si el gran don no fuera la consensuación de varios factores cósmicos y que provienen de la gracia explícita de la Divina Providencia.

            Sus obras llevan sellos y firmas de los mejores y más destacados talleres de orfebrería sevillanos. En los templos de las diócesis andaluzas, y aún españolas, se concelebran, se realizan ofertorios y se sacramentan el pan y el vino, con los enseres litúrgicos que sus manos realizaron. Trabajó para Jesús Domínguez -y hay corazas que reflejan el albor la gran luna de la madrugada sevillana-, para Manuel Seco Velasco –donde el oro se volvió en ráfagas para recordar la Divinidad del Dios que cae tres veces por Costanilla-, para Armenta, para Fernando Marmolejo, donde compartió el delicado trabajo minituarista con Juan Kiernam, preciosidades que nacían al cielo sevillano desde el marfil, caritas infantiles que se incrustaban en la plata para retocar los cielos que contemplaban, y para Cayetano González, el gran maestro para los maestros que le sucedieron en la noble labor de dignificar el trabajo platero, de innovar con el clasicismo, de provocar con el barroco, de insinuar con el modernismo,, para sorprender con el regionalismo que impuso algunas de su obras y proyectos. Allí, en el taller del “Martínez Montañés de la plata”, la locura de la belleza obtuvo su colosal esplendor, allí sobre tas que cantaban al son del martinete, se concretó una de las obras más hermosas de la orfebrería sevillana, una de las joyas que luego alcanzaría su máxima suntuosidad, cuando el Cardenal Segura posó la corona de oro, presea que la enunciaba como la primera dolorosa sevillana coronada canónicamente,  sobre las benditas sienes de la Virgen de la Amargura. Y él, José Zabala Osuna, artista orfebre sevillano, cinceló la corona que relaja y adormece la gran Amargura de la Virgen de San Juan de la Palma.

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