De piratas y bancos

   

            La Constitución española ampara y protege a todos los ciudadanos en sus deberes y derechos ante cualquier eventualidad. Nos iguala en condiciones y circunstancias, nos procura la seguridad jurídica y social ante cualquier eventualidad e incluso nos asegura el trabajo y la vivienda, las prestaciones médicas y las atenciones sociales cuando sean necesarias. En ese mismo momento se despertó sobresaltado, provocando un enorme susto a su esposa que placía en los brazos de Morfeo, entiéndase la metáfora literaria en su más puro y limpio sentido.

            Acababa de pagar la hipoteca con intereses porque el banco había devuelto la cuota, en la fecha de vencimiento, por falta de liquidez en la cuenta corriente, ya que se había cobrado los intereses y réditos que devengaba su cuenta corriente, una incongruencia que no entendía, cobrarle por mantener su dinero, con lo que el descubierto en referida ascendía a dos con cincuenta y siete euros, y en vez de pasar la cuota, el banco la devuelve en la fecha concreta, para volver a pasarla dos días después – esta vez sí se carga en cuenta- con el consiguiente incremento en la participación hipotecaria. Treinta y cinco euros más. Se presentó en la oficina  de su entidad bancaria dispuesto a formular la queja pertinente. Le parecía un despropósito la actuación de la entidad financiera. Le parecía una injusticia que se le advirtiera des esta intervención. Hubiera bastado una simple llamada telefónica para avisar del “atentando que se cometía contra las finanzas de la entidad” al haber dejado en descubierto –eso sí, porque los intereses que le favorecían por el mantenimiento de la susodicha cuentecita- con dos euros y cincuenta y siete céntimos, como hacen en multitud de ocasiones, rompiéndote el sueño en la siesta, para intentar vender participaciones preferentes, menos mal que no cayó en la trampa, un seguro de vida que retribuirá a los familiares en caso de fallecimiento, o informarte sobre el nuevo y fabuloso plan de pensiones que te asegura una vejez plácida, si llegamos claro.

            Cuando el señor director de la sucursal tuvo a consideración dedicarle unos minutos, después de desayunar plácidamente, de entrar y salir de su despacho, en varias ocasiones, con papeles en la mano que depositaba en una mesa vacía, donde lucía un cartelito con la leyenda interventor, y en donde nunca vio a nadie sentado, de volver  a recoger los mismos y llevárselos de nuevo a la covachuela, de llevarse hablando por teléfono casi media hora, entre risotadas y susurros, le espetó que esa era la nueva política de la empresa, el nuevo modus operantis de la entidad, que el banco no podía soportar más los gasto que genera mantener sus ahorros –ojo su dinero- y que cobraría por todos los movimientos que se produjeran en su cuenta corriente, vamos en la suya y en la de todos sus clientes, y que en breve recibiríamos en los domicilios una comunicación con los reciente incrementos en los gastos y comisiones que ha emitido el Banco de España. Poco menos que eso era lo que había.

            Tras un respetuoso silencio, por aquello de guardar las formas y que todavía mantenía un ápice de educación, se levantó pausadamente, se dirigió a un lateral del despacho, separó las piernas, posó las palmas de las manos sobre el fino estucado de la pared, que a poco deja caer un cuadro de un autor mediocre, pero original, y se resignó al saqueo de esta nueva forma de pirateo que son las entidades financieras. Ni el grito de “a mí la legión”, que motivó que los escasos clientes que se encontraban en la oficina centraran su atención en ella, ni las peticiones a la justa correspondencia que debe mantenerse con los clientes, que son los que han levantado y alimentado a estos monstruos que ahora se revuelven para saciar su voraz e insaciable apetito, pudieron encontrar una explicación a la actuación del banco, que siempre actúa en beneficio propio sin atender las demandas y deberes que tienen sus clientes. Sólo, cuando hizo mención a la retirada de los diferentes productos financieros que mantenía en la oficina, el director se avino a comprobar, ojo a c-o-m-p-r-o-b-a-r, el motivo de su reclamación. Ya era tarde. Ayer traspasó todos sus escasos activos a otra entidad. Al menos ésta todavía no ha izado la bandera negra con la calavera y los fémures cruzados. Y dicen que todos somos iguales, según la Constitución. Que se lo digan a su mujer, que todavía sigue con el susto de su esposo metido en el cuerpo, cada vez que recuerda la risotada en medio de la noche.

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