Por san Blas, cigüeñas verás

            En las horas muertas de la tarde, cuando la cadencia luminotécnica de la tarde comienza a desperezarse para anunciar la llegada de otra luz que la relega para procurar intimidades, vuelan y recorren el gélido aire de estos días las primeras cigüeñas que se apostan en la vieja chimenea –ahora inactiva porque los hombre las desdeñaron de sus quehaceres, de sus funciones- de la fábrica de artillería. Vienen anunciando el tiempo añorado, el transcurso de una época que trae ilusiones solo realizables en esos campos donde habitan añoranza y la nostalgia y que tomarán cuerpo en la memoria, que se presentarán vencidas al encanto y la magia de unos sones fruncidos en los argénteos metales que transforman esfuerzos en cadencias melancólicas, en notas musicales que escanciarán las esencias que se producen en los lagares de los sueños.

            Vienen, con su pausado y rítmico aleteo, a señalarnos los tiempos, a marcarnos unas pausas que son parte de la remembranza, la recuperación de una parte de la vida que nos fortalece el espíritu y engrandece las vivencias, los hechos minúsculos que van conformando una esplendorosa galaxia de sensaciones. Como en las noches de verano estallan la pléyades en el azabache tapiz que alfombra el salón del universo, ahora se presentan con sus  minucias, con sus atípicos movimientos en el cenit de la vieja fábrica para recordarnos el cíclico y embrollado discurrir del tiempo.

            Forman parte de este paisaje urbano que el hombre se empeña a deshumanizar, en deformar con la construcción de edificios que le procuran egocentría y advienen de la podredumbre de sus egoísmos. Son la prueba irrefutable de la condonación que la naturaleza otorga sobre los desastres que le procuramos con los constantes desmanes, de los ataques que incesantemente lanzamos sobre los horizontes, sobre los cielos que dejamos de ver, que nos ocultan con la precariedad mística que esboza el género humano cuando prefiere mantener su omnipresente y poderosa condición del ser supremo de la creación frente a otros que también fueron creados para compartir los bienes no las inmundicias.


Por San Blas, cigüeñas verás. Es la alegría de su contemplación que nos retrotrae a la infancia cuando se espejaban majestuosas, en las cuarteadas vidrieras de los módulos escolares, con el planeo de sus vuelos, el recorte de un horizonte que se nos mostraba limpio, claro, transparente, y se perdían los minutos en la contemplación de estas aves que rondan campanarios para compartir las emociones de los hombres porque presagian, que el bronce que se volea y repiquetea, es el anuncio de una dicha o la notificación de un negro augurio de dolor.

              Son estas cigüeñas, que toman el cielo de San Bernardo, que hacen suyos estos espacios, las alturas celestes desde las que dominan todo la inmensa grandeza de la ciudad, estrenando los aires que tienen visos de nuevos fríos que van resquebrajando los perfiles sobre los que se cuelgan los escasos hálitos de calor, que curiosean los comportamientos del sol y que retoman su idilio con el añejo miguelete que comparte vigilancia del orto celeste que les sirve de friso y mural donde proteger su amor, las que señalan la culminación del viejo tiempo, las que marcan la consolidación de la ventura y las que signan las frentes de la memoria de la ciudad.

            La estela de estas aves figuran siluetas pintureras, recortes de acacias que luego quedarán plasmadas en los terciopelos de los mantos, en las esquinas labradas de un paso de misterio, en los recovecos que se insinúan el repujado de un varal, en el tintineo melódico del roce de una bambalina. Son el primer pregón de lo que está por venir, el primer canto solista de ópera que recorrerá los espacios para anegar, de grandeza y hermosura, los pliegues de todos los rincones de la ciudad de la luz y la gracia

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