Adiós a los Pequeños Suizos

            

             Hay muchas maneras de anegar el espíritu de tristezas. Tantas como facetas del dolor puedan encontrarse. Hay situaciones que provocan una gran congoja y otras que, de tan profundas heridas como abre, forman cicatrices que marcan recuerdos y advenimientos. El amor de una madre, ¿verdad Carlos?, que nos deja, la sentencia que nos van dictando los relatores por el itinerario de la vida cuando la enfermedad aparece para recordarnos que sólo somos hombres y que el destino es un gran misterio que nos asalta con sus caprichos para sorprendernos cuando lo esperamos. Es ley de vida y litigiar contra ellos una obligación natural.

            Pero hay  tristezas que se va cociendo, que van laceran las épocas felices y cuando nos damos ya solo podemos lamentarnos, los irrevocables argumentos con los que se nos muestran vienen a certificar el fin de los recuerdos. Y esta vez se ha presentado en forma de imagen, en instantánea que plasma en la retina de la memoria, para embargos de nostalgia y hacernos dueños de la sensación de que algo se ha marchado, algo de un tiempo de felicidad que se ha escapado y del que no podemos ya más que mostrar nuestro más absoluto abatimiento. Es como si nos hubieran arrebatado de improviso un trozo de nuestro pasado y lo hubieran arrojado al vertedero del tormento. No hay nada menos gratificante, menos alegre y alborozado, que perder un trozo de la infancia, porque es la época más hermosa y bella, porque es el tiempo donde caminamos desprovistos de las vestimentas del dolor y todo es joven y fresco, aunque a veces a sólo seamos capaces de recordarlo en blanco y negro, como las viejas películas de Charles Chaplin y Buster Keaton, y los rostros de nuestros padres todavía no habían sido surcados por cruel arado del dolor, los esfuerzos y las dolencias, porque brillaban las sonrisas y había inocencia en los actos.

            Cuando se formulaba la frase todo adquiría un color diferente, no sólo las estancias parecían recuperar la cromaticidad que había ido diluyendo con la monotonía subsidiaria de la cadencia del tiempo, sino los substratos que forman las residuales emociones porque aquella palabras significaban un venturoso presagio, la concreción de una gran aventura que estaba por llegar, porque los sonidos podían quebrar la rutina hermosa de la existencia cotidiana. Mañana vamos a Sevilla, te hacen falta unos zapatos, y como si de una nueva e improvisada noche de Reyes se tratara, como si un hecho tan intrascendental pudiera convertirse en sublimación de la ilusión, nos manteníamos casi en vigilia esperando que la claridad nos advirtiera del momento. Todo lo demás vendría vencido por el trámite del tiempo.

            Dábamos una vuelta por las callejuelas de Regina, volvíamos a Feria escrutábamos los escaparates, nos probaban un modelo y otro,  y de allí otra vez al sector de la Encarnación que concentraba el mayor número de establecimientos de calzado. Y siempre terminábamos en aquel reducto donde concluíamos la tournée que tanto nos ilusionaba. En los Pequeños Suizos. Y mi madre sentenciaba, “es que donde estén unos buenos zapatos…”, y las palabras eran el anuncio para la dicha. Porque con nuestra caja bajo los brazos, alegres nos dirigíamos a la calle Puente y Pellón, donde la vida era exultante en torno sus comercios, una marea incesante que subía desde la Plaza del Pan y desembocaba en la vistosidad de la Encarnación, donde todavía resplandecía el azul en el horizonte, para completar la compras en la Siete Puertas o la Innovación si teníamos la dicha de hacernos con unos pantalones vaqueros.

            Los tiempos zarandearon las costumbres e impusieron modas y muchos negocios sucumbieron a ellas. Hoy no son las modas ni la ávida necesidad de concentrar en mayestáticos y monstruosos edificios nuestros nuevos hábitos de consumo. Hoy la vorágine especulativa que ha convulsionado el mundo, que ha estremecido las estructuras de la economía gracias a la famosa globalización, la que se está llevando por delante el escaso comercio tradicional de la ciudad que quedaba, esas reliquias que serían dignas de culto en otras latitudes, de la misma protección que aquí se da a los linces o se tira por los barrancos del despilfarro, y que aquí se dejan pudrir en el más absoluto de los olvidos. Ayer vimos como un hermoso cartel anunciaba el cierre de los Pequeños Suizos, el establecimiento donde me compraban los zapatos en mi niñez. 

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