La bandera verde y blanca

            Hace treinta años que venimos padeciendo lo que llamo el desbarajuste de los ajustes. Hace treinta años cogieron una bandera –verde blanca y verde- y comenzaron a  pregonar las semblanzas de la identidad andaluza. La alegría con la que se pronunciaban logró atraer la atención de cientos de miles de incautos andaluces que creyeron, a piés juntillas, que efectivamente teníamos una identidad, con singulares características, algunos hablaban incluso de privativas condiciones idiomáticas –creo que es la única aseveración acorde a toda aquella verborrea sobre la identidad andaluza, pues hay estudios semiológicos y gramaticales que así lo demuestran-, con similitudes históricas a otra comunidades de la nación, que podíamos mantenernos con nuestros propios recursos en caso de la oportuna emancipación, que esto lo escuché yo en un mitin del Partido Comunista Andaluz, una tarde de finales de enero en el Colegio Nacional Padre Manjón, entonces no había consejerías de educación, ni comisarios políticos que impusieran los fracasos que han supuesto los diferentes planes de estudios alentados en estos tres decenios.

            Seis lustros llevamos aguantando este enarbolar las ilusiones de los andaluces, este maltrato de la hipotética identidad andaluza que vienen realizando los regentes de la dictadura. Cuarenta años decían que llevaba implantada la injusticia y la violación de los derechos de los ciudadanos. Treinta años llevan los actuales en los que se han encargado de pudrir la ideología que les hizo llegar a este poder. Tres decenios descomponiendo la convivencia, trastocando la historia y tergiversándola a su conveniencia este grupo de cumplidos y diligentes oportunistas que han politizado la vida cotidiana para utilizarla con fines lucrativos propios.

            Los cortijos, esos que decían que había que desamortizar, están ahora en opulentos edificios, en su mayoría palacios y casas principales que ha costado un fortuna restaurar, pagados con fondos públicos evidentemente, para uso y disfrute de unos pocos. Escasamente han socializado nada porque se han preocupado tan sólo cubrir huecos, conforme se deshacía la tierra a sus pies, con recursos propios, anatemizando a quienes se han enfrentado a ellos o defenestrando cualquier intento oposición en sus propias filas.

            Tras treinta años de bagaje continuamos el periplo por el desierto sin más perspectiva económica que la continua sucesión de subvenciones, este maná que se han inventado para poder sostenerse en el poder. Las industrias, que iban a florecer como setas, no han llegado; es más, el escaso tejido industrial, excepto tres o cuatro excepciones que vienen a confirmar la regla, ha desaparecido del panorama. Los hospitales siguen colapsados –económica y socialmente-, los parados siguen creciendo porque no se ha potenciado la especialización, aquí sólo quedan camareros o albañiles, bueno ya tampoco, porque esta dignísima profesión, a la que acudía uno como última posibilidad de llevarse un jornal a la boca, ha caído en desgracia tras la explosión de la burbuja inmobiliaria. Las autopistas -solo se han construido dos- que iban a cruzar de parte a parte el territorio andaluz, y que nos iban a poner en contacto con el resto de las comunidades autónomas como propulsoras del plan de desarrollo, que al final terminó en valiente plan- se han quedado pequeñas y en las que no es raro ver gigantescos atascos que invalidan su natural condición de comunicación.

            Aquellas banderas, aquellos cánticos, aquellas ilusiones, no han sido más que falsa moneda con las que nos han saqueado los sueños de la juventud, los ímpetus que manteníamos para construir una Andalucía por sí, para España y la Humanidad. La enseña verdiblanca no es ya más que un reducto en las quimeras de unos pocos, a las que también le han sustraído su propia y manifiesta identidad histórica. La única bandera verdiblanca con historia que conozco, con identidad propia, capaz de aunar sentimientos y procurar satisfacciones y gloria a gran parte de los andaluces, es la del Real Betis balompié, que sí nos da muestras de retener una taxativa y particular manera de entender la vida.

            Y a pesar de todo, a pesar de los sinvergüenzas, aprovechados y asesinos de ilusiones que nos gobiernan, yo sigo sintiéndome orgulloso de ser andaluz.

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