El cartel de la Hermandad de la Macarena

Como hace casi cien años, asomándose al pretil del dolor por la muerte del torero, del hijo que se propuso lucirla en los mayores esplendores y La llevó del brazo en su último paseíllo. Como La vieron aquellos que nos antecedieron en la dicha de la contemplación gozosa cuando se presentaron ante Ella, deslumbrándose con la excelsitud de su belleza. Como La recuerdan nuestros padres en aquellas madrugadas de su juventud, asidos al estupor de la grandeza ascética que se concentra en ese entrecejo, que es capaz de aglutinar la profundidad teológica que proviene del rezo almibarado de una lágrima, despeñándose a la abrupta cuenca de la emoción por verla acercándose, y la oración sentida y profunda de aquellas vecinas que se recogían el pelo en un moño y lo atravesaban con una retahíla de jazmines, mientras musitaban, con el temblor en sus labios, el nombre que las glorificaba. Como La guardaban, en las alforjas del alma, aquellos que marchaban lejos para poder procurar el sustento de los suyos y abrían la capilla que habían elevado en el centro de sus carteras, cuando los recuerdos y la nostalgia intentaban sumirlos en el desasosiego y la pesadumbre. Como nos La transmite nuestra propia memoria cuando nos acucian las dificultades y presuponemos que no hay salidas ante los problemas que se nos presentan en el devenir diario de la existencia y nos basta proyectarla en el inconsciente para que los horizontes se despejen y luzca el sol de la alegría donde querían imponerse las sombras de la desesperación. Como fue, como es y como será. Como la recordaron, como la vieron y como seguirá presentándose en los días en los que invoquemos su nombre.

Así nos la trajo Antonio Gracia Pérez, este sevillano de provincias que nació, en 1949, en Navarredonda, una aldea de El Saucejo, que estudió y se licenció en Bellas Artes por la facultad de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, y que tras la conclusión de su formación académica ejerció de profesor en lugares tan dispares como Ágora, en Málaga, en Valladolid -en donde recibe mención honorífica por sus trabajos pedagógicos-, trasladando su actividad docente, más tarde a Córdoba y culminando su carrera profesional como Catedrático en Sevilla. Sus obras cuelgan en las paredes de las mejores exposiciones y colecciones particulares. Podemos reseñar algunas de sus más importantes muestras, actividad que inicia en 1975 en la Galería Gorka de Sevilla, en la Galería época de Barcelona, en 1976, en la sala Jabazeul de Jaén en 1982, dos años después compone una serie de obras para exponerlas en la Universitá Degli Studi del Aquilla, en Italia, bajo el título “Encuentro con el Arte Español, en la ciudad de Aquilla”. En el año 1986 en Córdoba realiza varias exposiciones, destacando la que se organiza en el Patio Barroco de la Excma. Diputación de Córdoba. Atraviesa nuevamente las fronteras nacionales para participar en varios certámenes, de las que podemos mencionar la realizada en el año 1989 en Mustassare, en Helsinki, Finlandia. En 1993, y bajo el auspicio de la Fundación Cajamadrid, sus obras son expuestas en la Galería Blasco de Garay, de la capital de España. La excelencia de su incesante obra pictórica le lleva a exponer en numerosísimas localidades del país, destacando la que efectúa en la Casa de la Cultura de El Saucejo y en la Casa Museo de Colón en Gran Canarias, ambas en 1997, la de la Galería Peironcelli, en Madrid en 1999, en la Galería Art Novell de Barcelona, en el año 2000, la de la Casa de la Cultura Fernando Villalón en Morón de la Frontera o ya en este mismo año de 2012 en el Excmo. Ayuntamiento de Estepa.

La obra de Antonio Gracia Pérez ha sido reconocida, en numerosísimas ocasiones, con importantes galardones y premios que han venido a hacer justicia a su inmensa y cualificada labor artística. Un ejercicio de excelencia y maestría pictórica que ayer se puso a la observancia de la familia macarena, que en absoluto pudo salir desilusionada tras la contemplación de esta obra que Antonio ha creado. Una apuesta valiente y de vanguardia, donde el abstractismo figurativo nos va a mostrar toda la universalidad de la Virgen que colma el Universo. La intuición prevalece sobre lo concreto porque las evidencias de la materia se diluyen cuando se aproximan al rostro que Dios ha creado para la idealización de la Madre del Hijo. Todo se esparce y disgrega, todo se atomiza en torno a Ella. Nada queda excepto su egregia figura, ahí es donde ha centrado toda la atención Antonio Gracia, en La que vieron los nuestros, los que nos antecedieron en la dicha y tanto La amaron, La que soñaron nuestros padres y La que seguirá sorprendiendo a nuestros hijos. Sóla y simple, sin oropeles, sin deslumbrantes oros ciñéndose a sus sienes, sin más lujos que su rostro. Solo Ella se basta para llenar este universo de la Macarena. Sola Ella para inundarnos con su Esperanza.

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