Antonio Ángel Franco, Capitán de los Armaos

General instruido en la academia de la vida donde adquirió los galones dorados del generalato macareno, de arrestos suficientes para el gobierno y mando de la mejor tropa, figura de añeja presencia romana que vislumbraba el éxito de sus batallas acariciando el vidrio que contenía los caldos que se crían en las solariegas bodegas del Aljarafe, tempus vitae que solo era superado por el grácil movimiento de sus manos en los límites de un barreño de loza acopiado de garbanzos en remojo, arcana efigie de emperador que acuñó su perfil en la moneda de la intemporalidad y que la fue cambiando conforme el espíritu de amor iba renovando la marcialidad de la tropa, soñador inapelable del deber y el compromiso adquirido por los voluntarios que forman legión en torno a al Hijo de la Esperanza, supremo mandatario, único hacerle estremecer el ser y con necesaria para hacerle doblegar la rodilla y bajar la altivez de su cabeza cuando le rendía cuentas y pleitesías en el mediodía del Viernes Santo.

Ideólogo de la nueva centuria macarena, innovador de la tradición y las estructuras sobre las que se fueron construyeron los pilares con los que sustentar la coherencia sobre el alistamiento en las huestes del amor al Señor de la Sentencia,  con la argamasa del sentimiento y el candor, con el compromiso de servirle con la mejor veneración, incansables en el ademán. Nada es posible sin la voluntad, sin aferrarse a las creencias, sin afianzar los comportamientos a las doctrinas, a la unción necesaria para pertenecer a las mesnadas que escoltan al bendito Sentenciado, sin esperar más soldada, más premio y recompensa el brillo de los ojos reflejados en la rodela, todo el esplendor del imperio macareno manifestándose en la sensación orgullosa de ser uno de los elegidos.

Turbó a quienes pensaban que la presunción y la vanidad estaba por encima de la servidumbre y a la difusión de la gran verdad que se recoge la apertura de los labios más hermosos del orbe, siempre dispuestos a exhalar un hálito de Esperanza, un aliento que procura el suficiente oxígeno para continuar la lucha, expandir e imponer el imperio de los hijos de Esperanza. No rehuyó la lucha cuando fue designado, no eludió la responsabilidad que ponían en sus manos porque se había curtido en los campos de batallas que enfrentaban a los hombres cara a cara, sin remilgos, sin desprecios pero empuñando verdades que abatían a los incrédulos, ni necesitó aduladores ni charlatanes a la espalda para recordarle que era un hombre porque su alma estaba impregnada de humanidad y no de deidad, porque era consciente de que el único que otorgaba parabienes y colmaba de salud y sabiduría fue juzgado vilmente en un tribunal hacía dos mil años.

Ahora ha tomado el sendero que lleva a la hacienda donde reposan los bravos guerreros del amor tras las cruentas batallas que se disputaban, acodados en las barras de tabernas con aromas de mostos nuevos y manzanillas acarameladas, tan doradas  como el sol que las preñó de sabor, con el único fin de moderar los afanes y concretar los fervores en el dulce rostro del Señor de la Sentencia. Ahora ha tomado el camino de los adalides que se rebelaron contra la dictadura de la incomprensión, del odio y el desamor, de los sublevados que heredaron la gracia juanmanuelina de una coraza plateada como la luna, de veinte plumas que ondean la gallardía de todo el sentir de la gente de la Macarena, el donaire de un machete asido  que iba señalando el camino que conduce a la Esperanza.

Quedó dormido durante años para soñar el mejor de los tránsitos, para aferrarse a la gran verdad que fue grabando en su corazón, al descubrimiento de la realidad que espera al otro lado de las murallas, de ese lugar de huertas y cuarteladas celestiales donde placen los gentiles macarenos, los que guiaron a la fiel tropa por los senderos de la gloria que conducen al hallazgo del amor, este sentimiento que yace en la profundidad serena de los ojos del Señor de la Sentencia

Antonio Ángel Franco, capitán de los Armaos de la Macarena, pero sobre todo un servidor de su Hermandad y gran mensajero de la Esperanza.

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