Los nuevos vándalos

        


En la inmensidad de la locura, en ese espacio donde la razón ha huido para desasirse de las monstruosidades que  se empeña el género humano por generar, prevalece una isla que siempre mantiene izada la bandera de la bondad. Sé, de buena tinta, que estos locos que se han construido un mundo para ser habitado por ellos mismo, donde restringen la entrada a los prevaricadores de la verdad, para mantener la ingenuidad como premisa de sus comportamientos, son incapaces de efectuar los desmanes que ejecutan, en contra de sus propios intereses, los vándalos que nos asolan con sus comportamientos y devastan el patrimonio cultural y social de la ciudad con sus “heroicas y valerosas” acciones.

            Son tan intrépidos y menesterosos estos nuevos atilas de la sociedad que ejecutan sus acciones al amparo de la oscuridad, con alevosía y nocturnidad, evocando a los bárbaros que se jactaban de haber destruido Roma mientras caminaban por los escombros y ruinas de los principales edificios, enarbolando como trofeos de caza, como reconocimiento a tan grande mérito, las piezas destrozadas de hermosas escultura, de magníficos mosaícos o los ajados y trillados lienzos de los mejores pintores.

            Son tan valientes estas nuevas generaciones de bárbaros, tan menesterosas en sus acciones que las centran sobre los más nobles edificios, mancillando los muros centenarios de las iglesias o denigrando los viejos caseríos con sus lustrosas y artísticas pintadas, que ya podían hacerlas en el salón de sus viviendas y así sus padres verían a los artistas que tienen en sus casas y a lo mejor ellos sin tener constancia de ello, de los virtuosos pinceles que pueden sacarlos de pobres.

            No les importa destruir el valor ancestral de los monumentos, ni destrozar la maravillosa arquitectura civil que nos legaron nuestros antepasados, ni ultrajar la memoria de sus abuelos porque carecen de los básicos valores de coexistencia mínimos que requiere y exige la sociedad, porque son tan viles en sus maneras de entender la convivencia que se dejan seducir por los modos salvajes. Y ahora vendrán algunos psicólogos, y perdón por los que son amigos míos, a decirnos que son unos inadaptados, que los hemos excluidos de nuestros ámbitos de vida porque no hemos llegado a comprender los comportamientos aparejados a sus hábitos y por eso muestran esta agresividad con lo material, para llamar nuestra atención, que seamos comprensivos por sus actos e intentemos atraerlos a nuestro lado… y un mojón para los humanos. Aquí lo que hace falta es castigar duramente a quienes sólo se preocupan de destrozar lo que tanto trabajo y dinero cuesta. Intentar motivar a la sociedad con explicaciones técnicas y soluciones en las que el perjudicado encima tiene que verse abocado a la aceptación de un dictamen freudiano, es como querer que los pingüinos trasladen sus hábitos de vida al trópico.

            Los vándalos que han arrasado el portento arquitectónico del parque de María Luisa, donde se situaba –y la conjugación verbal que utilizo es la correcta- la plazoleta dedicada al Bachiller de Osuna, Francisco Rodríguez Marín, uno de los grandes estudiosos cervantistas de nuestra literatura, ubicado en la plaza de América, frente al Pabellón Real –cualquier lo demuelen para pasar una tarde de asueto o calmar sus frustraciones, sin que nadie competente haga nada-, es la demostración de la inutilidad de las actuaciones banales que se acometen contra ellos. Unos energúmenos que quedarán impunes, si los logran apresar, y que serán castigados con una mención jurídica sobre una falta. Total si lo que hacen es lo aprendieron, la educación que recibieron en sus hogares, donde se les aplica el tratamiento freudiano que culpabiliza a la sociedad de cuantos males realizan, unos angelitos incomprendidos. Una vergüenza que dejemos que estos nuevos vándalos puedan denigrar el paisaje urbano de forma tan lamentable. Realizar esta “hazaña” requiere de dos cosas: la primera de herramientas, lo que presupone premeditación y alevosía y lo segundo ser unos hijos de puta.

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