Así que pasen las palabras

          

  

En la mañana del domingo de pasión, como cada año, volvió a repetirse el rito en el que la palabra se convierte en heraldo de los acontecimientos que sucederán así que pasen siete días. Es la solemnidad de las emociones la que se adueña del espacio, la que va perforando el alma para trasladarnos al infinito universo donde permanecen las emociones más sinceras, donde subyacen aletargadas las vivencias esperando el momento preciso para izarse, asaltarnos y vencernos en nuestras. Es un hito que renueva la ilusión, que nos trae la nostalgia por lo que no hemos vivido aún, una paradoja solo posible en esta ciudad, una rareza sentimental, sin parangón alguno, que en ningún otro lugar del mundo se da. ¿Cómo se puede mantener y sostener añoranza sobre el tiempo que ha de venir? ¿Cómo llorar las presencias que todavía no se han materializado, que no han tomado cuerpo más que en la febril imaginación del sevillano? ¿Es acaso esta locura la concreción de la inmaterialidad, la substancia que nos reafirma en la sinrazón del juicio, de la razón de la relatividad?        

    La palabra, siempre la palabra, que nos enfrenta a la realidad, que hace posible la materialización de la fantasía y que reafirma los mayores propósitos de Dios para la salvación del hombre. Es la belleza de la expresión, la realeza de su pronunciación que nos enajena las emociones y las convierte en sensaciones físicas, que nos seducen por la hermosura que proyectan y nos retraen a la cognición, al principio del mensaje sobre la idoneidad de la deidad como fin para alcanzar la bondad.         

            Así, introvertidos en las secuencias que nos fueron presentadas, llegará a nosotros el día. El sol abatirá la penumbras y poblará de resplandores lo sacrosantos retablos que se nos mostrarán públicamente, enunciación popular de la proclamación de la Palabra, de la protestación pública de la fe que recorrerá el aire de la ciudad advirtiendo que no hay mayor dicha, ni mejor ventura, ni contento más excepcional, que esta promesa de la ausencia de la tristeza, del apartar el dolor para dar paso a la exultación y al júbilo, para acrecentar la convivencia y demostrar la grandeza espiritual que subyace en la contemplación del Cristo del Amor o en la inquietud mística que se descubre en el perímetro de ese triángulo amoroso que conforman las lágrimas surcando las mejillas de la Virgen del Valle.Ayer se dio el aldabonazo, la primera llamada que entreabre el portón de la alegría, de las sensaciones que comienzan a desplazarse para anegar de luz el tiempo del principio aunque empiece a confundirse con el fin. Ayer se cumplió el rito de la palabra, el vínculo del Verbo con la ciudad. Ayer se abrieron los cielos que muestran el tapiz inmaculado y puro de las esencias que nos fueron predestinadas desde el origen, desde el mismo inicio de los tiempos, la sofisticación de la memoria que nos anticipa el tiempo que hemos de vivir porque reside en ella otra época que nos solivianta el alma. Hasta allí, hasta los mismos confines del alma nos transportó el bello texto que se pronunció como anuncio de la dicha, de la ventura que correrá presurosa por las venas de la ciudad hasta exaltar las emociones, hasta reinventar las vivencias que tienen sede en nuestro ser, que son como parte de nosotros,, como entes autónomos que recuperan el aliento y toman vida momentáneamente para aclamar el ánimo y hacernos vibrar hasta la última música que huya por la flecha mudéjar que apunta al cenit celeste como hito que se aventura en proclamar la Resurrección.

            Ayer un hombre, un cristiano que se vincula con Dios mediante la conversación con las Imágenes Titulares de su Hermandad, que es capaz de reconocer las grandezas del Espíritu Santo en el rostro aniñado de la Virgen de Guadalupe, un sevillano que es fiel reflejo de identificación del resto de sus conciudadanos, nos arrancó de la nostalgia para incrustarnos en el ansia de estas jornadas para que expiren y nos precipiten al edén de los días grandes.

            Así que pasen siete días, con el eco de las palabras del pregón, con la satisfacción por haber oído este prefacio literario de Ignacio Pérez Franco, una zapatillas volverán a resonar en la madera de la una rampa que retiene las vivencias y los recuerdos de pequeños zapatos de charol y las voces menudas gritando a la rosa de los vientos de Sevilla que habrá comenzado su Semana Santa.

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