El tiempo de los cobardes

              En un ejercicio por la más absoluta tolerancia, ejemplarizando con el sentido democrático por el que van rigiendo sus vidas, del que presumen hasta la saciedad cuando se postulan en plazoletas y viarios diversos, asidos a su manual de conducta y educación, un envase de cerveza, han atentado contra la fachada, otra vez, de la Basílica de la Macarena, con el lanzamiento de botes de pintura roja, como no podía ser de otra manera. Los autores de este nuevo atropello, como digo, han de ser unos próceres de los valores democráticos, unos adelantados en los idearios sobre el nuevo entendimiento de la convivencia pacífica entre las personas pues de otra manera no se entiende un comportamiento “tan correcto”, con una demostración tan denodada de urbanidad.

            Volvemos a lo de siempre, a reiterarnos en las conductas violentas que desacreditan a los idearios tras los que se esconden. Estos miserables no entienden el lenguaje de la convivencia, son incapaces de mostrar un ápice de educación y respeto para quienes no piensan como ellos. La legitimidad del pensamiento es un bien patrimonial del hombre y las conclusiones que se saquen de ellos son cuestiones particulares que deben salvaguardarse en las conciencias y por tanto, ser respetadas sin mostrar coacción ni violencia contraria. No hay razón de menos fundamento que tratar de imponer doctrinas ejerciendo la fuerza o intentar implantarlas con métodos terroríficos, es decir atemorizar a los débiles.

            En estos tiempos donde las tecnologías propagan casi al instante cualquier pensamiento parece increíble que unos desalmados, unos trasnochados en sus doctrinas, a las que hacen un flaco favor, sigan progando sus ideas de una manera tan absurda, tan faltas de coherencia e intentando esconder sus procedimientos con actuaciones durante la noche. Estos cobardes que son incapaces de maniobrar a la luz del día, presumo que en manadas pues así el amparo es mayor para la realización de sus gestas, se emboscan en la oscuridad para actuar, con premeditación y alevosía, contra el templo que guarda el bello mensaje de la Esperanza.

            Si lo que pretendían era llamar la atención sobre la celebración de la conmemoración de la implantación de II República, hace ochenta y cinco años, podían realizar otro tipo de actividades que no perturbaran la paz urbana. Pero es mejor engendrar violencia y buscar razonamientos trasnochados para justificar la salvajada de sus acciones. Es imposible conciliar a un pueblo mientras haya energúmenos –y que cada uno aplique el color que crea oportuno- que vivan en el pasado, que sean capaces de rectificar sus conductas en vista de lo sucedido en el pasado. Corregir errores no significa tener que estar pidiendo cuentas constantemente, ni reinventar la historia con cosas que no sucedieron porque entonces estaremos manipulando unos hechos concretos adecuándolos a los intereses particulares de cada uno.

            Estos analfabetos que atentan contra la Hermandad de la Macarena están desequilibrando los fieles de una balanza e ignoran el gran sentimiento popular que atesoran estos muros, la historia de gente sencilla que han compartido desgracias y alegrías en el pasado que tanto se obstinan en querer repetir. Habría que reflexionar sobre estas conductas que por lo general suelen ejecutar jóvenes a los que les han desvirtuado la realidad, a los que les presentan una historia estereotipada, apátridas con desórdenes en la estructura familiar, cobardes que son incapaces de consensuar sus ideas con sus congéneres y buscan un protagonismo en sus círculos y vanagloriarse con su momento gloria, atentando contra un templo. Gran proeza, si señor.

            A los que nos faltan al respeto, a los que nos insultan con sus actos, a los que soportamos sus ínfulas fascistas –no olvidemos que los peores regímenes totalitarios se sirvieron de los poderes democráticos para instaurarse en el poder Hitler o Stalin- no nos queda más que continuar con nuestra vocación pacífica e intentar transmitir a nuestros hijos unas conductas diferentes y unos tratamientos sociales que fomenten la concordia de los pueblos, no la segregación absolutista que pretenden estos cavernícolas.

Hay que ser valientes, vestirse por los pies e instruir con razones y palabras no con actos violentos. A ver si actúan alguna vez contra los edificios de otras confesiones religiosas más expeditas en sus manifestaciones cuando son atacadas. Tal vez porque sus dichos y acciones son más contundentes y saben de más que a quien hierro mata, a hierro muere.

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