La leyenda de puntillas

Muy pocos pueden presumir de lo que él. Escasísimos seres humanos pueden mantener el talante de leyenda sin haber sido llamado a formar parte de la corte celestial, sin haber traspasado la frontera que universaliza al hombre, un hecho que a todos nos congratula. No le ha hecho falta distinguirse del resto del género humano más que por su nobleza, por su devoción y por su valerosa aportación al sentimiento macareno, por descubrir las esencias populares que transitan en la mañana del Viernes entre el mercado y las angosturas del dédalo de calles del barrio que le vió crecer, que le inoculó toda la sabiduría popular que se contiene en una soleá de Manolo Caracol, y  por donde se derrama toda filosofía que transmite el Dios Sentenciado y permite acercar la divinidad del mensaje a la comprensión de todos. Hay hombres signados por la Providencia para ser recordados y exaltados en cantos populares, para figurar en la mitología que enraíza la sabiduría con lo proverbial sin tergiversar la grandeza que contiene en su origen, esa particular estancia donde lo diminuto puede llegar a transformarse en colosal por el mero hecho de pronunciar unas palabras, la exaltación multitudinaria del gentío cuando el argénteo fulgor de un llamador truena y convierte su sonido en impulso para elevar al Señor al cielo de la memoria.

No ha necesitado este hombre, ahora leyenda viva que pronuncia salmos flamencos cada vez que emite una palabra, que ha procurado paraísos a quienes se alojaban en la desolación y la tristeza con tan solo convocar el poder de cuarenta y ocho macarenos con el grito ahogado en su sentir, más que tener corazón para perturbar las emociones de quienes se acercaban a él cuando comandaba el paso del tribunal más hermoso del orbe católico, mi más motivos para alcanzar la felicidad que un rayo de sol atravesando los repujados de una canastilla dorada, en el amanecer del Viernes Santo, cuando la quilla de la nave se abría paso, majestuoso y elegante, ondeando su presunción de macareno, entre el oleaje de emociones embravecidas en el mar de la devoción.

Los afectos sacudieron los cimientos del templo que había abierto sus puertas a la expectación y la alegría, tras el paso del tiempo que se había obstinado en demudar la realidad de la despedida. La levedad sostenida de una columna de incienso, traslucido velo que separa las certidumbres del exterior, alejándolas del rigor de la autenticidad del momento, se elevaba para conformar el papiro donde se certificaría la última llamada, donde se escribiría, con la tinta enjugada en el pañuelo del alma,  la crónica que leerán las generaciones futuras sobre el hombre que vio y mostró a Dios a través de las cosa sencillas. Como el primer día, alejó la mirada del mundo para centrarse en aquella serenidad que se le presentaba, en aquel rostro que tanto le reclamaba y al que tanto debía. Asió la aldaba que retiene su voz en el eco de un retumbe argénteo, el estrépito de la emoción que propulsa y transmite su propia turbación. Lo alzó, a sabiendas que no lo volvería a hacer, que cuando cayese lo harían treinta y tres años -¡toda una vida!- llevando al Cristo de la Sentencia por las calles de Sevilla. Todo el peso de este tiempo, toda la inmensidad de la espera, todo el amor derrochado fue izado a los cielos de la Macarena, cuando Miguel Loreto llamó a su gente y pronunció la encíclica que resuelve las dudas y procura las emociones, el estremecimiento en su mejor valor. “Lo quiero ver volar”. Obra de arte efímera, obra de arte que se enmarca en la memoria insustancial de quienes tuvimos la suerte de ver su ejecución, obra de arte que ha merecido el reconocimiento taxativo y unánime de la mejor Sevilla, de la eternidad que sigue rigiendo en este escogido espacio. Nunca un galardón ha tenido, ni adquirido tanto prestigio al concedérsele, a Miguel Loreto, capataz del Señor de la Sentencia, el premio Demófilo, a la mejor obra de arte efímera de la Semana Santa de Sevilla.

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