Sangre morada, sangre macarena*

Corre por las venas con la misma celeridad que transitan las emociones por el corazón. Tal vez por ello, porque tienen origen idéntico y comparten destino final, se confundan por el entramado circulatorio, por las estrecheces compensatorias de una marcha y una meta. La una nos procura la esencia de la vida y alimenta el organismo de la sustancia necesaria para ello, riega los recovecos más escondidos del espacio donde yace la razón para proyectárnosla en la cotidianidad diaria. La otra, ¡ay la otra!, es la excepcionalidad, la virtud convertida en inconsciencia, que nos tantea el alma, la exacerba y altera, la transmuta apenas empieza a desplegar su poder discurriendo por vasos y arterias que no tienen ubicación fija, que trashuman por el cosmos del cuerpo, que a veces son figuraciones y otras imágenes tan concretas que nos confunden la realidad, que nos muestran la esencia fantástica que subyace en el más profundo sial de la conciencia hasta presentarse de improviso, impulsada por la catapulta del gozo, axiomática y genuina, para destruir nuestra serenidad y convertirla en una convulsión inhóspita que increíblemente nos colma de felicidad.


Son unas sensaciones estrambóticas y contradictorias, tan enfrentadas que no sostienen explicación lógica, si acaso la lógica tuviera un lugar dentro del sentir en macareno, para el extraño que observe el universo que se va desplegando frente a él y que no es capaz de discernir y separar, porque todo es contradicción, sin verse atrapado por la locura, absorbido en el torbellino de la sinrazón. No hay raciocinio, ni tesis que pueda dilucidar los sentimientos que brotan de esta filosofía, de este entender el mundo desde el alfeizar de la alegría, de este asomarse al precipicio del gozo sin sentir vértigo, sin experimentar la desazón de la altura del amor reencontrado que viene a satisfacernos y a reconfortarnos el espíritu, a serenarnos tras el desasosiego de la espera. Es la eclosión eufórica del encuentro entre el despechado por el abandono momentáneo y el furor de los recuerdos que vienen reflejados en la serenidad de su mirada. Es el conglomerado de expresiones intercambiadas entre le presente y el pasado, en la nostalgia que nos asalta hasta la lágrima cuando de improviso comprobamos que nos falta el calor de la mano que años antes nos guió hasta aquel mismo espacio para descubrirnos toda la grandeza legada por los antepasados y averiguar de improviso que sólo podemos asirnos a nuestra soledad y que la coincidencia emocional de la muchedumbre que nos rodea no es más que un canto coral que viene certificar que no somos dueños del presente, que hemos sido abatidos por la misericordia y la grandeza de la entrega primera, del Hombre que nos recuerda que nuestra pequeñez y el desaire de nuestra voluntad que ha huido para resarcirnos de la edad y recuperar nuestra infancia, el tiempo del que solo somos conscientes cuando surca el campo de nuestro pudor una lágrima.

Y entonces recuperamos la conciencia, el instante de lucidez que agiganta nuestra alegría, que sale irradiada del cuerpo por cada poro de la piel hasta fundirse con la del hermano que tienes al lado y formalizar la cadena que enhebra y engarza las mismas emociones, que injerta en el espacio del templo el aparato circulatorio que provee de vida a tantos corazones. Y va fluyendo esa sangre que viene a rejuvenecernos, adentrándose tumultuosamente en las vísceras emocionales que creíamos disueltas, enterradas en los campos del olvido. Va recorriendo el ambiente hasta embriagarnos y trastornar nuestros sentidos. Los sonidos recuperan su grandeza, se adueña del aire un suspiro, resarce el corazón su vigor, queda vencido el cansancio y el tiempo es ya un sinsentido. Sangre que pierde el oxígeno, que ahuyenta el dolor y aposenta nuestro destino. Sangre morada que vierte el corazón compungido porque va llegando el Señor de la Sentencia a su casa, donde esperan sus hijos. Sangra morada asaltada por la redención de este Cristo, que es sentir del macareno, que es provisión de vida y alimento para sus corazones ahítos de Esperanza.

Foto Fran Narbona

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