La Expo del 92

            Hace veinte años y parece que fue ayer mismo. El tiempo que vencido viene en forma de recuerdo para trazar una vereda por la que van transitando todos los hecho importantes que han acaecido en nuestras vidas desde entonces. Casi la mitad de nuestra existencia que se derrumba, de improviso y sin aviso, oyendo las fanfarrias que pregonaban la inminencia de la festividad, el anuncio primoroso del día de la primavera sevillana en la que ciudad adquiría el esplendor y la beca de la universalidad, que acogía en la pequeña isla de la Cartuja, lugar de oraciones y maitines antiguos, de campos de siembra y primor adornado del río que la riega y la fortalece y tonifica, a los pueblos de la tierra, que los aunaba en la fraternidad imposible por la obstinación, el capricho y el egoísmo de los hombres.

            Apenas unos años antes escondíamos aquel vergel tras el muro de la calle Torneo, separando y guardando la intimidad que se vería forzada a desprenderse para acoger el recinto de la fiesta, del encuentro y la diversión. Se aglutinaba todo en la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América. Y Sevilla, blasón y enseña de la colonización de las antiguas indias, lugar de partida de las embarcaciones que llevaron a la nueva tierra cultura y religión, nuevos usos sociales; lugar de destino de las riquezas que otorgaron poder y gloria a la ciudad y al imperio y que se desparramaron en lances y guerras, hasta aquel dramático 1898, en las que se perdieron las últimas colonias de ultramar.

            Fueron casi seis meses de demostraciones y alternancias culturales, de proyecciones en los pabellones, con nuevas técnicas cinematográficas, que provocaron colapsos en sus accesos, una cultura de la cola donde era posible departir con un inglés, un venezolano o un senegalés.

            La ciudad se estuvo  preparando durante los años anteriores. Las grandes obras de infraestructura modificaron la fisonomía de sus calles. El paisaje urbano adquirió nuevas dimensiones y en el horizonte se divisaban los grandes puentes que sorteaban el río, al que se le devolvió la libertad que se le truncara por Chapina. Unas nuevas panorámicas que procuraban sensaciones contrapuestas, pero que con el paso de los años han venido a integrarse en la identidad de la ciudad porque además fueron realizadas en loslugares adecuados y para cumplir funciones muy concretas. Grandes avenidas, apertura de nuevos espacios que ofrecían una dimensión cosmopolita de la vieja urbe. Una transformación que benefició las comunicaciones con el resto del país y que acercó a la capital de España con la implantación del tren de alta velocidad. Un hito de la modernidad y la técnica.

            No puedo dejar pasar el recuerdo de los magníficos momentos que pasamos en el recinto, donde había día que era imposible desplazarse con normalidad y los accesos se veían insuficientes para acoger la riada de visitantes que se acercan. Pero nada como el día de la inauguración, aquel primer día donde todo estaba por descubrir. Tuvimos la suerte de poder departir aquella primera jornada, en sus horas vespertinas, y no dábamos crédito a cuánto se nos mostraba. Las horas fueron diluyéndose entre nuestras propias ansias. Los altavoces nos anunciaban actos a los que no podíamos asistir porque casi se simultaneaban. De pronto apareció por la avenida de los descubrimientos la cabalgata de la magia y el tiempo, que ideara Joan Font y su Comediants y nos vimos desbordados por el asombro. Los pocos visitantes, guiados por la dulce voz femenina que nos advertía de los eventos, nos dirigimos al lago. Comenzaba a declinar la tarde y las luces artificiales comenzaban a teñir la isla de una tonalidad anaranjada y toda ella olía a refrescante azahar. Nos fuimos situando en los márgenes del lago. Como si rememorásemos la bella canción de Triana, como si los tiempos se alterasen en ella, se fueron reflejando los sueños de toda la ciudad sobre una pantalla acuática –un sonoro gesto de asombro y sorpresa fue recorriendo las riberas del gran lago artificial- que nos fue mostrando las exquisiteces.de la gran ciudad y cómo un caballo español bailaba sobre las tranquilas aguas, que salpicaba incluso, en el trote de su danza.

            Fue hace veinte años. Un día tal como el de hoy. Y la nostalgia, por los que ya no están, y el recuerdo de los momentos que vivimos con ellos en aquel recinto lleno de magia, alegría y cultura, aquel espacio que nos situó y nos abrió las puertas del siglo XXI, vienen a hoy para recordarnos aquel tiempo que nos hizo sentirnos deferentes e incluso descubrir que había un mundo repleto de sensaciones y experiencias enriquecedoras.

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