La Feria de Abril. El retorno del copago

         El recinto ferial no es más que la ciudad traslada, en su expresión más correcta, en su faceta más exacta, pues en ella se concentra la actividad de los sevillanos. Basta darse un paseo por el casco antiguo, por su calles más comerciales y en horas puntas, para darse cuenta que la actividad se concentra en la zona de los Remedios. Es  una ciudad funcional, un espacio donde todo cabida y donde se realizan las tareas sin que nada falle. Por eso me atrevo a decir que esta la verdad de la ciudad, la de siempre, la que sobrevive gracias a la constancia de su efímera supervivencia. Una ciudad que es capaz de realizar sus funciones sin que nada falle, sin que se atisbe el menor descontrol, donde tiene cabida todo el mundo y donde se sintetizan los valores de la excelencia. Un lugar que mantiene su primacía de la excelencia sobre la vulgaridad, entendiendo que la excelencia nos es un don privativo ni representativo de clases sociales sino que va inherente a la condición del sevillano, de su apertura al mundo y de la necesidad de complacer su importante ego. Un lugar donde todos tenemos el placer y la dicha de significarnos en  los mejores valores de la amistad. Un territorio que se adapta a los tiempos, que se ha ido configurando conforme los años van imponiendo sus modos y modelos de vida.

            En los años de bonanza económica no había caseta, privada o pública, por donde corrieran las raciones jamón ibérico y la manzanilla, los surtidos de pescao frito y la cerveza y donde no se pendenciera por pagar la ronda. “Eso lo apuntas a mi cuenta que para éso soy yo el anfitrión”. Y que siga la fiesta, que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada, o mejor dicho, se culminaba en la plaza de las buñoleras tomando un chocolate, que hervía el esófago, y un buen plato de la suculenta masa frita que realizan las gitanas con maestría extrema.

            Pero ay amigo. Se derrumbó la torre de la abundancia, sus ficticios cimientos hicieron desplomar esta falsa estructura de la sociedad del bienestar que nos vendieron con tan alegría, y nos arrebató el mundo artificial en el que nos habíamos instaurado, devolviéndonos a la dura realidad. Una situación que conocíamos y nos ha hecho, a algunos que ya peinamos canas –abundantes canas pero seguimos peinándonos-, retrotraernos en el tiempo, a aquellos años en los que disfrutábamos, de verdad sin los fingimientos sobre posiciones sociales que nos son ajenas, de la Feria. Años de solventar la tarde –sí hija mía, las horas vespertinas y las de la noche, no las madrugada ni los amaneceres- con una ronda de cervezas y una tortillita de patatas, pimientos fritos y tomates aliñados, pagado todo a medias. Y cantando mucho, y bailando donde nos dejaban, recorriendo las calles del Real a ritmo de sevillanas de los Hermanos Reyes, de los Romeros de la Puebla o Amigos de Gines, disfrutando y compartiendo la alegría.

            Y mira por dónde ha tenido que llegar esta crisis para devolvernos la identidad perdida, para poner a muchos en el lugar de donde nunca debieron salir, a devolvernos las tardes de paseo de caballos sin masificaciones, de carruajes que no producen atasco en la calle Joselito el Gallo o Pascual Márquez como si aquello fuera la Castellana en hora punta. No devuelto esta crisis la alegría de poder sentirnos como hace treinta años, que nos recupera sensaciones de las que habíamos desdeñado, a provocarnos la necesidad de encontrar el disfrute en las cosas sencillas que son las que han engrandecido esta fiesta del clasismo sevillano, que fijaos si es grande, que nos hace ver el lado positivo de las cosas, las venturas de su idiosincrasia. Hemos vuelto a la ración de pimientos, a los ricos tomates aliñados y a la media botellita de manzanilla. El jamón solo se otea en la añoranza o cuando en la caseta suenan las sevillanas que en su homenaje realizara el recordado y querido Pepe Peregil. Toda una filosofía del sentir sencillo que avala la tradición, su carácter más endémicamente popular y entrañable. Cada cual a lo suyo y a vivir de sus posibilidades. Y las rondas las pagamos a escote, o como promulgan en la actualidad nuestros político, por medio del copago.

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