La Feria de Abril. La mujer de flamenca*

                No es una fiesta para la elucubración y el retiro del alma, aunque el alma sostenga las emociones que se vierten por sus calles, aunque signifique su nutriente más vigoroso. No es la fiesta elitista de unos pocos que guarden sus condiciones sociales entre el entramado de lonas y pañoletas, de paredes albirrayadas perecederas donde se cuelgan grabados antiguos y cornucopias doradas, recoletas mesas y sillas de enea que conforman y dan vida a los habitáculos donde reinan la amistad y la alegría, donde se entroniza la sencilla belleza que se recoge, a modo de media verónica, en los toldos que son portones abiertos a los postigos de la hospitalidad, aunque se impregne de elitismo con los usos y modos, con la elegancia innata que se adquiere con la condición ancestral del sentir sevillano.

            No es una fiesta cerrada a la participación, ni son necesarios rúbricas de visados para traspasar las fronteras, sin balizas ni barreras, que marcan sus lindes, el acceso barroco con remembranzas de colegiata y algarabía infantil, venero que alcanza y anuncia al orto de la celebración, que señalan los demarques de estas tierras alteradas para acoger la gallardía, para retener la festividad en sus calles, el sostén que posibilita la construcción de un paraíso para enaltecer la dicha y subyugar a la cansina cotidianidad, a la amalgama diaria que arrastra la indiferencia. Es la ciudad que acoge y refrenda al solitario y lo engulle y transforme en mundano y complaciente, en sonrisa abierta que provoca suspiros y rompe monotonías.

            Es la ciudad que engalana lo más íntimo de su ser, que cubre de belleza a la mujer y colma los cánones que se establecieron para poder entroncarla con las diosas, que se dibuja en la filigrana de unas manos jugando con el aire, el porte garboso que prenden de las caderas y convierte en natural sensualidad la cadencia del baile por sevillanas. Es la consumación de la mujer como eje de la hermosura que prima, en los requiebros que crean las risas y las palabras, en el andar pausado de estas diosas, transmutadas por el tiempo en las que fueron creadas por los tartessos, perfeccionadas en sus formas por la escrupulosidad de los maestros griegos y concretadas por las manos de los escultores romanos que ya preconizaban, en el origen de sus sueños, la hermosura de una sevillana vestida flamenca.

            Complicidad de faralaes que pugnan por un resquicio de la locura que las porta, que convierte los movimientos en esculturas efímeras y dotan al aire de la singularidad de la que carece, que enamoran con sus revuelos y el tintineo de lunares que parece querer huir con cada vuelta, a cada retoque de caricia que proviene del silbido del aire, admonición de las miradas que taladran el espacio para enamorar, que se confabulan con la luz del día, la que baña y dora las entrañas de la tierra, firme de alfombrado albero que descubre sueños y marca las sendas por las que han de  transcurrir las ilusiones enjutadas en las armonías de sus perfiles, hasta hacer sucumbir a la razón.

            Viene marcando su juventud en cada paso que va restando tiempo a la inmortalidad, con el porte de la nobleza que le fue ya otorgada en las entrañas de la madre, en esa configuración universal en la que Dios provee de singularidad y belleza a cada mujer y las distingue en sus particularidades. Viene alterando sentidos y trastocando ritmos por las calles del Real, creando sueños y profetizando el esplendor de un presente que va diluyéndose en el futuro que apenas le antecede unos pasos porque quiere perderse esta visión de la ninfa elevándose sobre las aguas de la alegría. Viene revestida con los hábitos y ropajes reales propios de esta Sevilla en fiestas, de esta Feria que es incapaz de retener la belleza que discurre por sus calles. La veo llegar desde el otero privilegiado que es el barandal de la caseta. Reluce en mi mano el cristal que contiene el oro de la manzanilla. Ha caído la tarde de improviso, se ha perdido el azul por la balaustrada del horizonte y el pragmático pensamiento de los hombres suponen que es el ritmo natural, la rutina del día e ignoran que son los ojos de la niña que han vencido al sol, como vencen al enamorado, que la luna se ha asomado al balcón de los sueños sólo por contemplarla. Llega ataviada de hermosura. Nos complace y enorgullece ser testigos de este triunfo de la hermosa de la mujer ataviada de flamenca. Ha llegado mi hija a la Feria.

*Homenaje a la mujer sevillana vestida de flamenca

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