Antonio Santiago, capataz.

Es un pasaje en el tiempo, una secuencia que ha quedado cogida al cordel de los sueños, un capricho de los años que llegan emborronando estas imágenes de hoy con aquéllas del pasado que comienzan a prenderse en al álbunes donde resguardamos nuestros recuerdos. Es la expoliación de los sentimientos por ojos que han huido de la realidad para figurarse y presentarse en el universo de lo imposible, en el asentamiento pasional que busca refugio en la nostalgia y corrobora que el tiempo es una mentira, que no hay presente capaz de soportar el tránsito de las horas, tan fugaz que parecemos sucumbir siempre al pasado y la mañana, tan cercana y próxima, es una estación vacía y perdida en la lejanía.

Es su vigorosa presencia, figura que emerge entre la multitud, si es que ésta es capaz de apartar la visión de la tez que muestra el verdadero rostro de Dios, que se presenta en forma de Mujer, al frente del paso, ordenando con el corazón porque la voz ha quedado secuestrada en el alma por los rancios bandoleros que cabalgan sobre las emociones que prenden del corazón. Es imposible, dijo vez, ordenar sin que se quiebre la voz cuando la mirada se pierde por el canal cerúleo que lleva al mismo cielo, allí donde quedan establecidos sus ojos. Por eso se recuesta en el perfil de la manigueta cuando los cuatro zancos posan sobre el suelo que se convierte en universo con sólo esta pose, por eso huye de la mirada que lo escruta todo y todo lo ve, porque está seguro que será vencido por su corazón si acaso se asoma al pretil por donde aflora la imperturbable, serena, dolorida y alegre presencia de la Madre de Dios.

No esconde su satisfacción, que procura no confundir con la arrogancia hiriente ni la prepotencia, porque se siente escogido, porque sabe que esta concesión celestial procede de una virtud gloriosa, adquirida por la gracia heredada, por la transmisión consanguínea de quién fuera padre, tutor y exigente profesor. Es custodio de este legado de sabiduría que recorría el pequeño cuerpo que retenía el más grande corazón. Es celoso guardián de bien y la dicha, carcelero de palabras que se sujetan con alfileres de oro en la memoria de muchos y en el recuerdo del aire de una mañana de viernes santo cuando la responsabilidad de llevar al Dios de los Macarenos por las angosturas de la calle Fería, cuando era sólo un niño.

Es la voz que entroniza el arte y la sensibilidad de quiénes tienen la suerte de haber sido elegidos para Portarla, para caminar sobre los límpidos cielos en los que habita esta Mujer que es dueña universal de la devoción que proclaman e irradian sus ojos, de esa Mujer que altera los pulsos conforme tiembla las esmeraldas que luce en su pecherín, cuando abandona su casa y traspasa los límites de la muralla para derramar sus gracias, para expandir los dones que todos buscan y ansían.

Es la voz que clama a las alturas para el recuerdo de los que no están, de los que sufren, de los que anclan sus vidas en las miserias humanas, de las personas mayores que se asoman a las ventanas y conversan con la Virgen, de los que olvidan al padre y a la madre que les dieron la vida y que sólo esperan ese beso de cariño que les hará recuperar la alegría de su infancia. Es la voz que ordena y manda para que la Virgen pase y vaya prendiendo en las almas de los que La esperan horas y horas, de los que soportan el tránsito de la madrugada arrobados al anhelo de adivinarle la cara, entre las velas y flores que la guardan.

Es la voz y la mirada conjuntadas en la gracia concedida, en la experiencia que vence, que termina, que concluye apenas alza el dragón de plata, que espera ver atravesado su corazón por la lanza del arcángel, lo sostiene en ese limbo intemporal, apenas unas palabras que brotan del surtidor de su alma, y lo deja caer para que se eleve al cielo de la Macarena la Reina de nuestras vidas, La que dio luz al mundo cuando la sombras reinaban.

Es la voz que infringe el mando para que paso traspase los espacios imposibles, para que navegue esta nave sorteando las escuadras que se fijan en el aire, que se estrechan y constriñen para asomarse al perfil de su rostro. Es Antonio Santiago, capataz de la Esperanza.

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