¡Ay, que me vuelvo a caer!

Somos, casi con toda seguridad, la ciudad del mundo donde sus ciudadanos tropiezan más en la misma piedra, donde los varetazos y las rozaduras deben escocer menos. Siempre volvemos a caer por más que nos avisen y señalen el camino, por más que nos esforcemos en conducirnos por vericuetos llanos, siempre hay un rodar, nos levantamos, nos sacudimos el polvo y emprendemos de nuevo el camino para empecinarnos en rodar y rodar, como entonaba el mexicano Vicente Fernández en sus ranchera, y cuando nos alzamos nos convertimos en reyes de la ilusión desgastada, para imbuirnos en la desfasada realidad con la que nos premian nuestra torpe condición.

Uno empieza a pensar si no es por nuestra torpeza innata, por esa impericia en la premonición sobre las catástrofes y calamidades con las que nos dejamos abrumar, pero lo cierto y verdad es que basta con unas palabras, alegrar el ceño y nos ponemos como unas castañuelas. Ayer publicaban algunos medios, haciendo referencia a la ocupación de los locales que se asientan en los troncos y coronas de las setas de la Encarnación –una monstruosidad inadecuadamente colocada, un diseño instalado en el peor de los lugares-, que a principios de verano ya no quedará ninguno libre, que las empresas de restauración están copando los metros cuadrados de sus espacios y dotan de una excelente vida a un lugar que había decaído, en exceso, durante las últimas décadas. Una buena noticia, porque con ella viene aparejada la creación de nuevos puestos de trabajo, la revitalización comercial de la zona, tan denostada por otras actuaciones mercantiles e intereses del mercado inmobiliario –ese Saturno que comienza a devorar a sus propios hijos- de los gobiernos anteriores, y la integración en la ciudadanía de una zona privilegiada. Y de pronto sonó el despertador.

Los resultados finales de esta inversión de la ciudad, que revertió en las bolsas de empresas particulares, sobrepasan con creces el presupuesto inicial. El secreto mejor guardado fue desenterrado ayer para exponerlo a la opinión pública, a los humildes sevillanitos que no hacen más que pagar impuestos y tasas que se van por el desagüe de la desvergüenza, por el sumidero de la depravación más absoluta, y que no disimulan siquiera sus excesos, de los políticos que nos mandan. 102.043.776 euros, Dios mío de mi alma y de mi corazón. ¡¡El doble de lo presupuestado en el proyecto, que también es una curiosa cantidad!! Ni con la cantidad de esclavos de las bíblicas películas de Cecil B. Demille se puede gastar ese dinero en esa obra. ¿Pero han pensado ustedes las de cosas que se pueden hacer con ese dinero? La de familias que verían resuelto el problema de sus desahucios, los embargos, los créditos a los autónomos y pequeños empresarios, con los que general más empleos. La magnitud del escándalo hubiera cercenado cabezas en otras latitudes. Los responsables hubieran acabado en la trena. Pero aquí no. Aquí hasta los jalean y les ríen estas gracias que acometen con el dinero de otros. En esta ciudad, en este país, lisonjeamos a quienes utilizan nuestros impuestos para acometer obras faraónicas, para construir engendros en los lugares menos convenientes, en entornos donde más desentonan y enfundados en esta mentira de la falsa modernidad y que nos venden como verdaderos prodigios de la arquitectura actual. Una catetada como la pirámide de Keops, por utilizar un símil mastodóntico, esto es lo que nos han implantado en el mismo centro histórico de la ciudad, haciendo caso omiso a las protestas y consejos de quienes entienden de urbanidad y urbanismo, de quienes incluso proponían su construcción en otro lugar más acorde al diseño. Así nos va. Tropezando una y otra vez, destruyendo lo mejor de nuestro pasado, derribando las señas de identidad de la ciudad y destruyendo la memoria comercial.

Por eso seguimos anclados en la incultura. Aquí es mejor elevar a la santidad a ineptos con verborrea seudo demagógicas, vendiendo mentiras con falso modernismos y progresos del siglo XVI, con aspiraciones megalómanas, que atender a la razón, aunque eso suponga no salir de la pobreza y tener que sudar para comer. Más de cien millones de euros para justificar cinco tabernas y el incremento del trasiego por la zona. Una inversión que tardará muchas décadas en ver cumplidos los objetivos de la misma. ¡Ay, que me vuelvo a caer!

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