Carta a Fernando

No, no me voy a retractar, ni siquiera contigo querido Fernando, por el artículo que escribí ayer. No voy a dar un paso atrás en mi posición, eso me lo enseñaron en la mili, porque tu padre y yo hicimos la mili juntos y compartimos tantos momentos, vivimos tantas experiencias y pasamos tan buenos ratos juntos que seguimos hoy en día manteniendo fidelidad a aquella amistad que iniciamos entre cetmes y trajes de faena, y quitando la mala hierba, en aquellas tardes de mayor que parecían no iban a acabar nunca, que crecía en los campos de girasoles que circundaba la Base Aérea de Morón.

            No voy a desdecirme en mis palabras, por más que te aprecie, por más que te haya visto nacer y crecer. No es falta de respeto lo que emerge de mí. Es lógica, pura y dura. Por más que me duela, me mantengo en mis treces. Ni la coacción de todos esos email que han llegado a mi correo particular, y que sospecho les has facilitado a esa plebe con la que compartes demasiados momentos, a la que dedicas un tiempo que restas a tu formación universitaria. Y mantengo mi posición porque estoy seguro y convencido de mis creencias, de mis convicciones morales y sociales. He andado ya mucho trecho de mi camino y visto cómo se iban diluyendo mis ideales juveniles en la vorágine insaciable de unos delincuentes, de traje y corbata, de verborrea facinerosa y aranera, que han jugado con mis ilusiones y sueños. He visto como gente de tu generación, que es la misma que la de mi hija, se han matado estudiando, preparándose para conseguir vivir con decencia, sacrificando ese tiempo que otros dedicáis a otros menesteres, a vivir diferente tal vez, pero sin dar un palo al agua, subsistiendo con subvenciones que debieran ir dedicadas a cubrir otros tipo de necesidades sociales, mucho más urgentes que vuestras ponencias y extravagancias culturales, utilizando como sedes espacios que pertenecen a otras personas que  si acaso tratan de especular con sus propiedades tendrá que ser la justicia y los ayuntamientos quienes se pronuncien sobre la posibilidad de reubicar y dotar a la ciudad de esos inmuebles, bien como espacios culturales, reglamentados y dirigidos por personas cualificadas en estos menesteres, bien como nuevos núcleos residenciales dirigidos a clases menos pudientes. Pero eso debe dirimirse por los conductos reglamentarios, por lo establecidos en las normas judiciales y sociales, que deben regir y permitir la convivencia de todos en un trato de igualdad. Y ustedes utilizáis la famosa ley del embudo. “Ésto para mí y que se joda el resto del mundo”, recordarás esta frase que un día nos dijiste.

            ¿Miento, querido Fernando, si he puesto en duda vuestros sistemas de actuación? ¿Es necesaria la utilización de la violencia ante hechos tan diáfanos, ante esa vulneración de la libertad con la que os mostráis ante conciudadanos que cumplen con todos sus obligaciones fiscales, nacionales o autonómicos?¿Seríais capaz de rebatir mis palabras cuando me refiero al estado insalubre en el que convivís, en lugares que carecen de agua, luz –que obtenéis de forma irregular- y saneamiento público? Supongo que una mínima dedicación personal mantendréis, que algún cuidado sanitario utilizaréis, sobre todo por salvaguardaros de adquirir alguna enfermedad.

Obstaste por este tipo de vida, succionado por ese amor que luego se deshizo de ti, y nunca vi reproches desaforados en tu entorno familiar más inmediato. Tomaste este camino y era tu opción. Jamás se ejercieron derechos paternales con los que prohibirte tus actos de solidaridad, tu compromiso, y eso sí que es encomiable, con los que menos tienen. Tu bondad está fuera de toda duda. Pero sé también que tu madre vive en permanente vigilia pensando en dónde y con quién dormirás, si tendrás algo que llevarte a la boca o estás a cubierto en las noches de frío y agua. Que alguna vez, con torpe disimulo, aparta una lágrima de su mejilla cuando el recuerdo, en forma de fotografía sobre el aparador del comedor, la asalta y le martillea la memoria con los abrazos que ha perdido, con los besos que se han quedado en su alma purgando la amargura por no haber podido salir al encuentro de tu rostro.

No Fernando, no voy a cambiar ni pedir perdón por cuanto dije ayer. Y sabes que no me importa cuando me equivoco. Suelo asumir mis errores porque además me enseñan e intento aprender. Pero por lo ayer no. Porque creo que me exprese en la verdad de mi condición, en la que me dictan los valores que he ido auto inculcándome. Y tampoco voy a impedir, si lo creen conveniente los editores, que se publique en algunos medios de comunicación. Ni voy a sucumbir a las veladas amenazas de tus compañeros, hace mucho tiempo que perdí el miedo que intentan infringir los cobardes, los que no dan nunca la cara y vierten sus miserias parapetados tras el subterfugio de un anonimato o la prepotencia. Y mucho menos por la falta de respeto hacia la libertad de expresión con la que os dirigís, siempre y cuando no se libele o mienta. Y yo ni he mentido –¿acaso no es verdad el estado en el que dejasteis la plaza tras la “liberación” de vuestro colega?- ni he libelado. ¡Qué lástima, Fernando, que los árboles no te dejen ver la belleza del bosque!

Un beso.

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