Manuel Chaves Nogales visitó la feria del libro

            Han vuelto, como cada año, a constreñir las voluntades y los impulsos, a renovar la sensación imperiosa del tacto, la complicidad con el papel y la tinta, a recuperar los aromas de imprenta, a instaurar los momentos sublimes en los que esclavizamos nuestra voluntad y nos aferramos a las galeras de la imaginación para trasladarnos al cosmos del goce de la lectura.

            Son estas barracas modernistas, donde se apilan las ideas y las cuitas literarias que nacieron de febriles mentes, las naves en la que embarcamos nuestros anhelos de fantasía, donde nos convertimos en grumetes ansiosos por vislumbrar el horizonte de  nuestros sueño que tal vez se encuentren, perfectamente organizados y esperándonos a que nos reconozcamos en sus personajes, entre un tropel de líneas, entre las páginas de un volumen que quedará huérfano y desvalido, víctima de anaqueles y de la erosión del polvo y el desgaste de la luz, si no lo tomamos y nos confabulamos con sus historias. Es esta feria del libro de Sevilla, el lugar idóneo para resarcirnos del vacío que nos inocula la situación por la que atravesamos, por esta magnitud de intolerante vehemencia económica que está mortificando a los de siempre. Tal vez encontremos soluciones entre los folios que conforman un tomo, o podremos evadirnos del  desasosiego que nos provoca el conocimiento del trance que aun nos queda por pasar.

            La feria del libro nos trae la ilusión a quienes sabemos del valor que entraña la instrucción y la pericia que se despeñan por sus lomos hasta imbuirnos de sabiduría con la savia que resuman sus palabras, sus frases, sus párrafos. Un lugar donde se concentra la imaginación y el poder, la inocencia y la avaricia, la inmortalidad y la muerte, el amor y el dolor. Un lugar donde se convocan a los duendes de la erudición para restituir la memoria o hacérnosla perder, donde se sustrae el tiempo y se invita a la reflexión. Un espacio abierto a todos y a todos ofrecido. Un  recinto mágico y nigromántico capaz de devolvernos las ilustres figuras de las letras españolas, de darnos a conocer a escritores o recuperar la memoria de aquellos otros que fueron vapuleados y desmitificados por sus propios coetáneos por el mero hecho de mantener idearios distintos, o lo que es peor o más triste aún, por ser mejores en el uso de la lengua, de los conceptos y de la redacción.

Ayer paseó su egregia figura por las calles del pensamiento y el papel, en la evocación de Carlos Colón, Eva Díez, Francisco Robles y Rogelio Reyes, Manuel Chaves Nogales, el periodista, cronista y polifacético escritor sevillano, que decidió deshacerse de los lazos que los aferraban a los surcos de esta tierra cargada de estereotipos y que hacen suyos sus ciudadanos, los habitantes de la vieja Híspalis a los que ya definió de forma rotunda en una aseveración sicodélica para la sociedad de su época, cuando sin titubeos la definió “como tierra de hombres despreocupados  que de su despreocupación hicieron norma”. Ésta es la valentía aferrada a la voluntad que venció a la devoción y la querencia y que le permitió no ser devorado por la insaciabilidad de corresponder al absorbente amor de la ciudad, una amor que succiona las fuerzas y debilita la razón. ¡Pero quién puede vivir sin esta luz que abrillanta los asfaltos y lustra los adoquines!

La relación de Chaves Nogales con la ciudad fue de una enorme complejidad, un maridaje casi traumático, de efervescente contrariedad, con una correspondencia y claridad sentimental que lindaba entre el territorio del amor y el desafecto y que vencía por su absoluta carencia de prejuicios que lo posibilitaba, en sus ponencias y escritos, para visionar la ciudad, título de una de su magnificas obras sobre Sevilla, con total imparcialidad, desimpermeabilizándola de sus más vanos tópicos y localizando la verdadera sensibilidad de la misma en su génesis, en las conductas más humildes y nobles del corazón y la verdad de las fiestas, que tienen sus raíces en estas premisas.

Manuel Chaves Nogales fue un visionario, un adelantado a su tiempo, que fue siempre un paso por delante de sus contemporáneos, un hombre de valores extraordinarios que se enfrentó a los poderes facticos de la época amparándose en sus convicciones –no dudó en calificar, en un reportaje a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, de «ridículo e impresentable» y en advertir de los campos de trabajo del nuevo fascismo alemán-, que narró como nadie y desde la más absoluta imparcialidad los tristísimos hechos convulsionaron la vida de España en el último tercio de la década de los años treinta, del siglo pasado, y que este compromiso por la verdad le sirvió para ser represaliado por ambos bandos, abandonando el país a la conclusión del conflicto militar. Por aquella crítica, al líder nazi, Chaves Nogales se ganó un puesto en las listas de la Gestapo alemana y, en 1940, cuando las tropas germanas se acercaban a París, marchó a Londres donde no tardó en retomar su actividad periodística. Dirigió The Atlantic Pacific Press Agency, escribía su propia columna en el Evening Standard y colaboró con la BBC en sus servicios extranjeros. Su mujer, su hijo y sus tres hijas regresaron a España en 1940, huyendo de la invasión de Francia por parte de las tropas alemanas. Chaves Nogales vivió solo en Londres cuatro años luchando contra los extremos de la derecha y de la izquierda. Murió, en la capital británica, en mayo de 1944 de peritonitis, con sólo cuarenta y seis años de edad y allí reposan sus restos mortales.

Ayer en la feria del libro de su ciudad, aunque fuera solo por unos minutos, Chaves Nogales volvió a pasear por esta plaza que vió y sintió el compromiso de su legado. Y todos nos sentimos un poco más libres.


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