Macondo, el Reino de García Márquez

Tiene perdida la mirada, tan alejada de este mundo como su conciencia del propio cuerpo, arrebatada la memoria y desposeída de la razón y la coordinación. No son los años perdidos en los quehaceres creativos, la entrega en la manutención del espíritu de los otros, sino a injusticia de la naturaleza que se manifestado en él con su más absoluta crueldad. Vencido por la vejez, socavadas sus ideas por la insensatez de la maliciosa enfermedad, ha naufragado en ese mismo mar que se tragó a sus personajes. Sus conversaciones, antes tan hermosas, tan excelsas, tan locuaces y tan bellas, circunscritas a la grandeza de la lengua heredada, se ido difuminando en la espesura del olvido. Esos mundos que ideó, que creó para que lo habitaran la imaginación y la alegría, para que cohabitaran el amor y la venganza en el mismo espacio convirtiendo los sentimientos en algaradas de júbilos, que nos conmovió y convulsionó los cimientos de la razón descubriéndonos unos universos que creíamos inexistentes, que nos abrió las puertas de la fabulación adentrándonos en el realismo mágico, empiezan a orbitar en su cosmos, un lugar donde gravitan sus pensamientos, a donde sólo tiene acceso él y en dónde la sorpresa y la razón pueden presentarse de improviso en una sonrisa a destiempo para el acompañante, un girar la cabeza inexplicable para responder a la pregunta que le llega de los innominados personajes de El Coronel no tiene quién le escriba, que se presentan reclamando su personalidad, apelando a la caridad del escritor, que se ha sublevado y erigido, siguiendo el unamuniano pensamiento, en la niebla que es capaz de tergiversar el sentido de las cosas, en Dios que los crea y los destruye por capricho o por amor, y ahora se soliviantan en el sufrimiento intentado, inútilmente, someter a quien creen hundido en el lodazal del olvido y la incoherencia. Sufren y pierden porque aun mantiene la fuerza impresa en el papel, que no podrán huir más que cuando el lector les promulgue la amnistía después de terminar la obra.

            Explican sus amigos más cercanos que Gabo tiene lapsus en la memoria, en el reconocimiento de las personas, que demora sus respuesta y que a veces lucha contra sí mismo para entablar conversaciones coherentes, que esta alteración, que estos trastornos, le vuelven cascarrabias y apesadumbrado, que cuando el cuelga el teléfono pregunta quién era su interlocutor, incapaz de reconocer la amistad que le hablaba al otro lado del hilo. ¿Quién le ha arrebatado la razón a Gabriel García Márquez? ¿Quién osa con desposeer al universo de su genio? ¿Qué sombras se han confabulado para cubrir de noche y oscuridad la luz de su imaginación? ¿Dónde habitarán ahora los Buendía, dónde procrearán para hacer de su tierra un mundo libre, donde absolverse de su condena?

            Pero hay una gran quimera en todas estas informaciones, porque Gabriel García Márquez ha retomado el libro de su vida, ahora sí, se ha instalado en su Macondo, ha construido una fortificación donde refugiarse, donde habitar en la eternidad, donde desprenderse de las miserias de este mundo, un lugar donde sólo tengan acceso sus seres queridos. Por eso escribió Cien años de Soledad, por eso edificó el mundo donde reposar tras el duro bregar, donde descansar de la batalla y donde poder disfrutar de la compañía de Mercedes. Qué suerte tiene Gabo por haber podido construir su propio mundo, un lugar que nos enseñó para que tuviéramos constancia de su futuro, de presente, de su pasado. Y a lo profetizó en sus comentarios y dijo una vez “la peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener”. Éste es su giño a la vida.

            Ahora, cuando la sublimación de la verdad es presa de la enajenación, es cuando se presenta la realidad fantástica de la mejor locura, de la enajenación de la mentira para convertirla en figura principal de la novela que está escribiendo, una redacción para los ausentes, para los que ya esperan más allá de la línea de la existencia, y aunque no veamos los grafitos ocupando la blancura de los folios, aunque los demás nos seamos consciente de ello, de este trabajo que nos legará lo mejor de él, está terminando la obra cumbre de su prolífica producción, Cien años de soledad

 

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