La venganza de Fu Manchú y otros desastres

            La intrascendencia que tiene hoy en día en ir al cine, esas pequeñísimas salas idénticas, sin personalidad, que confieren tan poca privacidad para desatar los sentimientos que se transfiguran en las pantallas, se revuelve en la memoria de muchos que aprendimos a amar el séptimo arte en los cines de verano, tan prolíficos en tiempos pasadas y hoy una especie en peligro de desaparición –cuando no extinta en nuestra ciudad-, pues aún se mantienen en algunos pueblos, por el romanticismos de algunos locos amantes de esta tradición que les hemos sustraído impunemente a las nuestros hijos, a las nuevas generaciones.

            Hubo un tiempo en el todos los barrios tenían uno. Eran salas hermosas y grandes, con una gran pantalla que permitía el disfrute de las imágenes, donde los héroes se erigían en vencedores, donde la magia se reflejaba y nos infectaba con la emoción. No importaba ver reiteradamente Fort Apache para que una atronadora ovación recorriese el espacio cuando el séptimo de caballería acudía al rescate y terminaba con el asedio de los indios, casi siempre maléficos seres, con las ideas de un cable. Curiosamente siempre morían los mismos. O regocijarnos, hasta la extenuación, con las peripecias de aquellos locos y dispares personajes que se lanzaban a la imprevista aventura persiguiendo, y enfrentados entre sí, el tesoro escondido, producto de un atraco, por un mafioso en las playas de Malibú, en aquella desternillante película, con un elenco de actores extraordinario, como es “El mundo está loco, loco, loco”.  Pero aún así, pese a la reiteración de la cartelera cada año –yo creo que esperábamos algunos títulos hasta con impaciencia- disfrutábamos del cine, de la cultura del séptimo arte y que posibilitaba la convivencia y la participación de todos los miembros de la familia.

            Hace unos días mi padre, octogenario ya pero con vitalidad y una memoria extraordinaria, cuando él quiere, hacía referencia a aquellos cines de su juventud, especialmente a aquellas salas que se situaban en la zona de la Alameda, el ámbito donde discurrió su infancia y juventud, dónde descubrió la vida y la vida se le echó encima precipitadamente. He decir que mi padre, como todos los progenitores, es un ser especial, digno de un profundo estudio antropológico, en el que descubriríamos facetas interesantísimas sobre las conductas y comportamientos de los seres humanos ante el interés particular y su influencia entre quienes le rodean.

            Como digo, la reunión familiar derivó en recuerdos y nostalgias, en tiempos que no hacían faltas ocasiones especiales para estar todos juntos porque la cotidianidad y la rotundidad de la rutina familiar nos conciliaba en torno a la mesa. Surgió, de pronto el título de varias películas recientes y algo se removió en su mente, algún botoncillo nigromántico impulso su memoria. Y fluyeron las palabras en un relato tan entrañable como apasionado. “Ustedes no habéis visto Fu Manchú, eso sí que eran películas”. Un gesto de extrañeza se reflejó en todos nuestros rostros, hecho que no pasó inadvertido en él, que enseguida se hizo con la situación y empezó a narrarnos las desventuras –más adelante lo comprenderán- sobre esta saga de películas que debió embelesar al muchacherío de la época.

             Ante todo hay que poner en situación a quienes ignoren, como lo desconocía yo hasta hace unos días, quién era ese personaje exótico y excéntrico, que con tanto énfasis y vehemencia nos presentaba mi padre. Pues este señor, Fu Manchú, es un personaje ficticio creado por el escritor de misterio y novelas policíacas Sax Rohmer, haciendo su primera aparición en 1913. Es un villano chino que odia la civilización occidental y a la raza blanca. En todas las novelas en las que aparece es perseguido, derrotado y sus planes son desbaratados por el investigador inglés Sir Denis Nayland Smith junto a su acompañante, el doctor Petrie. Esto no lo contó mi padre, lo he buscado en internet.

            En sus tiempos mozos, y a falta de una ocupación profesional mejor que llegaría con el trascurso de los años, durante el verano trabajaba de ayudante de cabina de proyección en los cines cuya propiedad correspondía a don Ildefonso Cuesta, entre los que se encontraban el Capitol, en la Alameda, el Capuchinos y el Trinidad –ambos en la Ronda, dándose la peculiaridad, nada extrañan en aquellos años, de programarse la misma película en las tres salas, el mismo día pero en diferente horario,  y ello le posibilitaba presenciar todos los reestrenos que se proyectaban en la referida cadena de cines de verano. “Fu Manchú”, “La venganza de Fu Manchú”, “Los tambores de Fu Manchú” y “Fu Manchú ataca”. Estas son las versiones que protagonizó Boris Karloff, según el relato de mi padre, y que conmovían el espíritu patrio de los jóvenes de la época. Nos detalló, les aseguro que pormenorizadamente, cada una de ellas como si hubiera participado en la elaboración de sus guiones, y lo hacía con tanto ímpetu que nos arrastro a la magia y vimos sus aventuras proyectadas en nuestras mentes. Emocionado le referí que nos hubiera gustado a nosotros poder haber disfrutado de aquellas películas y fue entonces cuando, una serenidad pasmosa y sorprendente tranquilidad, poniendo cara de ingenuo, nos respondió que iba a ser una empresa imposible porque las copias se destruyeron en un incendio en las que él tuvo algo ver. (continuará)

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