La venganza de Fu Manchú y otros desastres (y II)

            Los hechos fortuitos a veces vienen precedidos por una negligencia, por la pereza en el quehacer encomendado o por desinterés -que no le gusta a uno la labor que viene desarrollando, asunto éste muy estudiado en los tratados de conductas laborales. Ninguna de estas tres acciones fueron las que incitaron al destino a jugar una mala pasada y sí el desconocimiento en la manipulación de elementos que a uno le son extraños, aunque a él, a mi padre que era más lanzado que el tirachinas de Guillermo, el travieso, fue motivo de orgullo que le encomendaran una tarea por digna de un hombre comprometido, como él lo estaba, en aquella tarea mágica y prodigiosa de aunar los sentimientos de los espectadores que se asentaban en el solar para contemplar las malas artes de Fu Manchú y sus inevitables derrotas de la mano de su oponente, el privilegiado investigador inglés Sir Denis Nayland Smith.

            Los aplausos, la inmensa alegría sobrevolando aquel espacio cuando las tropas inglesas desasían el asedio de las huestes del maldito chino a una fortificación defendida heroicamente por tropas occidentales, y hasta la recuperación del resuello contagiaban su ánimo, la exaltación del patriotismo y la exultación de los valores se manifestaban en él erizando todos los poros capilares de su cuerpo y, hasta alguna vez, una lágrima henchida de emoción recorriendo esa estepa blanquecina que eran sus mejillas. Escapaba a su entendimiento aquella apatía del operador, aquel frío y maquinal comportamiento ante el júbilo que se colaba a tropel, atenuadas por la distancia, por las cuadriculadas aperturas por las que se hilvanaban los haces luminotécnicos en los que caminaba la ilusión y la magia hasta tomar cuerpo, hasta densificar las imágenes y convertirlas en seres que desafiaban las leyes físicas en el blancor de la pantalla. El hombre se limitaba a ejercer su ocupación sin el más mínimo interés por cuánto sucedía a su alrededor. Quitaba y ponía los rollos, encuadraba la imagen y solo mostraba alguna inquietud cuando claqueaba la señal sonora que le avisaba del final del rollo y tenía que poner en marcha el segundo proyector.

            Por eso cuando le encomendó aquella tarea, que tantas veces había visto concretar con pericia por aquel hombre que siempre estaba en camisetas de tirantas, sintió como el orgullo le corría por las venas alimentando su ego, depositando en su cerebro una sobredosis . Manolito, voy a fumarme un cigarro, cuando oigas el cartón chocar con este saliente, pulsas este interruptor y se conecta el segundo proyector. Nada más.

            Je je, nada más, vamos hombre, pensó Manolito. Esto lo cambio yo, vamos ni que tuviera que estudiar ingeniería para quitar un rollo, rebobinarlo y ponerlo en su estuche para protegerlo de cualquier eventualidad. Y efectivamente, cuando aquel sonido, que le recordaba el soniquete del rodar de su bicicleta, pues había colocado una carta en los radios de la rueda trasera para hacer notar su presencia entre los transeúntes, comenzó su graznido, oprimió el botoncito del segundo proyector y enseguida, y casi sin intervalos, las huestes del flemático antihéroe chino siguieron hostigando a las tropas inglesas y henchido de satisfacción mi padre, se dispuso a rebobinar el segundo rollo de la película. Todo perfecto, pensó. Y en aquel momento llegó la tragedia. Tal vez fuera el roce excesivo del tamiz de la película con las varillas metálicas, o simplemente que los duendes de las desdichas se confabulaban contra él para hundirle en la miseria. Saltó la chispa y enseguida se prendió el inflamable rollo. Mi padre, en un último intento por deshacer aquella fatalidad del destino, tiró de la efervescente rueda, se quemó las manos y, en un acto reflejo de natural protección, y tras lanzar un grito de dolor que hizo revolverse en sus asientos a los espectadores de la zona de los veladores de la nevería, tiró el rollo al aire, el cual tras describir una parábola inverosímil –asegura y perjura mi padre que lo lanzó hacia arriba- fue a caer sobre los otros rollos que reposaban en la mesa auxiliar en espera a ser empaquetados para su devolución a la distribuidora cinematográfica, prendiéndose de inmediato dado el alto grado de combustión del material y ocasionando una pequeña explosión. Los resplandores se avistaban desde el patio de butacas, por lo que al grito de fuego, se originó una estampida. Insistió el hombre en intentar en deshacer este lamentable entuerto y, asiendo y vadeando la camisa del operador, entabló una feroz batalla contra el fuego no ocurriéndosele otra cosa, ya que comenzaba a notar síntomas de asfixia, en abrir de par en par, y de golpe, la puerta de acceso a la cabina. La ínfula de oxigeno alimenta a la fiera, que enseguida amplió, y de qué forma, sus hambrientas fauces consumiendo cuanto se encontraba a su alrededor. No conforme con ello, y en sus desaforados intentos por reducir las llamas, quiso abrir las dos ventanas –tal vez si entra aire, lo reduzca, pensó- contrapuestas, hecho evitado por el operador que apareció, como las tropas inglesas de refresco, y evitó con su actuación una catástrofe mayor, gritando: ¡¡¡¡No hagas nada más, Manolito, que quemas la Alameda!!!!! Y por fin obedeció. Salió corriendo y no paró hasta casa Silva, donde se tomó dos tintos para recuperar el resuello.

            Por supuesto que a partir de aquel día perdió cualquier oportunidad de ingresar en el fabuloso mundo del cine, con lo que a mí me gustaba, dijo terminando su relato.

Así fue como mi padre nos dejó a las generaciones futuras sin poder gozar de las maldades y desventuras del pobre de Fu Manchú, al menos en esta versión, pues se perdió esta cinta original, única copia que existía en Andalucía, y me temo que en España.

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