Dios, el esplendor y la humildad

Ahí se encuentra toda la grandeza, toda la magnificencia teologal que mana de la sabiduría popular, de la sentimentalidad y la humildad que se preconiza en el viejo testamento, en los versículos de ese evangelio que van escribiendo con trazos a veces indescifrables, con grafismos irreconciliables con la razón, quienes se manifiestan creyentes y se proyectan al mundo gestionando sus pensamientos y oraciones con usos y hábitos cotidianos, tan mundanos que para los ortodoxos excretas, para aquellos que no ven posible la comunicación con la deidad si no es más que con los extremos litúrgicos, y que pudiera significar solo banalización de lo sacro, la profanación de las prácticas y los conocimientos de los que se creen poseedores únicos.

            Ahí está, mostrándose tal como es, tal como lo vieron los primeros que se arrodillaron en el taller del imaginero cordobés, vencidos por la suntuosidad del rostro  del Hijo del Hombre, sometidos a la incomprensión de aquella visión del Todopoderoso frente a ellos, tal como lo vieron los descendientes de aquéllos, tal como lo contemplaron nuestros abuelos, tal como nos lo legaron en una vinculación sentimental desasida de palabras, ungidos de los silencios y las miradas, y rubricado a base de besos, de caricias al talón donde se apoya el mundo, donde se sostiene cualquier razón y donde descansa la bondad de Dios, la misericordia que nos hace grandes y libres, que nos confiere la posibilidad de encontrar la luz cuando las tinieblas amenazan con cubrirnos, donde gravita la esperanza y el consuelo a las lágrimas que fluyen cuando el dolor nos aprieta el alma.

            Ahí está, reposando en una esquina, guardando el equilibrio para no verse vencido por la fuerza gravitatoria que nos hace caer y que nos provoca la herida que llega envainada en la miseria de la que quieren desprendernos, sosteniéndose en el aire y gritando con sus vaivenes, al compás de las salmodias que llegan desde un claustro perfumado con violetas, que no hay poder más inmenso ni mayor gloria que la de Dios, oscilando y venciendo a las fuerzas telúricas que emergen de la profundidad del alma y que amenazan con resquebrajar los cimientos, con derribar la consistencia de la verdad que se advierte y se enuncia en cada cuenta, mostrándonos esa sencillez que es signo de la existencia y que con ella se alcanza la felicidad, haciéndonos ver que la pobreza nos es un síntoma de debilidad sino que es el vestigio, la indicación concisa y extraordinaria de ser elegido de Dios, un invitado a la gran dicha y a la fiesta eterna.

            Ahí está, sabiéndose privilegiada, porque descansa sobre el hombro del Hombre que la escuchaba en la intimidad de aquella capilla de San Lorenzo, en la inmensidad de la gran basílica o al socaire del retablo que siempre está de guardia para quienes necesitan el auxilio con inminencia, que trasmutaba sus penas en un inmensa seguridad apenas cruzaba el umbral y se le aceleraba el pulso conforme ella empequeñecía y Él parecía agigantarse, sujeta al lugar donde quiere permanecer, donde la puso la mujer que lleva su sangre, la misma que galopa por mis venas y que nos surte de amor y alegría, de dicha y felicidad, que alimenta la memoria y nutre la existencia. Ahí está, con la tímida sonrisa con la que era capaz de socorrer cualquier necesidad, con los años deshechos por la entrega y la dedicación a los suyos y a cuántos se le acercaban, sin importarle compartir lo poco, el gesto donde radica la verdadera caridad, la esencia del mandato evangélico que nos hace verdaderamente buenos. Ahí está mi abuela, arropada por las oraciones que cada noche salen de los labios de mi madre, homenaje y recuerdo a quién tanto dio y tan poco esperó, pues su recompensa era la misma entrega a sus hijos, a sus nietos en una espiral que siempre terminaba en un beso, resguarda por el Gran Poder de Dios y la humilde dádiva de las hijas de Santa Ángela. Y toda la historia, todos los pensamientos, todos los afectos que prodigó hasta la partida, se recogen en la sencillez de este retablo de madera y que cuelga en una de las  paredes del dormitorio de mi madre.

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