De no ser por Margarita, de no ser por ella

            De no haber sido por ella, la vida no habría sido la misma. Al menos la mía. Es difícil comprender lo que significa la llegada de un hijo, cómo altera la existencia y cómo engrandece el alma. La tienes en los brazos, tan frágil, tan indefensa, tan delicada, con los ojos abiertos y mirándote, y ya encuentras una razón para seguir viviendo. Quieres detener el tiempo cuando día llegas del trabajo y la ves gateando por el pasillo, presurosa porque ha descubierto que puede acercar su cariño sin tener que esperar a que llegues, ondeando la pequeñez de su cuerpo y parándose en el lugar exacto, no hay física ni matemática más efectiva, donde se conjuga su mirada buscando la mía, sus manos alzándose al cielo y las mías taladrando el aire, muro que se derriba de inmediato, para alzarla y posar en su mejilla un beso que sabe a canela mientras sus brazos se aferran a mi cuello.

            De no haber sido por ella no habríamos descubierto unas emociones que se encuentran latentes, en todo ser humano, en el poso de las misma entrañas, que se levan de improviso y súbitamente hasta la garganta donde provoca una convulsión y un estremecimiento y una congoja que hace estallar el muro que contiene el caudal de las lágrimas, y habría pasado tristemente inadvertida aquel primer sonido, ecos de de  una voz soñada, que parece deletrear, primera deleitación y certidumbre básica de la comunicación, para recrearse en los fonemas que conforman la palabra que descubre la esencia de la paternidad, una exclamación de dificultad que abrirá las puertas al entendimiento, que servirá para expresar sus sentimientos, para descubrirnos sus emociones.

            De no haber sido por ella, la monotonía habría abatido nuestra existencia, no habríamos descubierto los extremos de los sentidos, ni habríamos participado de sus ilusiones, ni recuperado el ancestral estremecimiento de una sonrisa que nos es tuya pero revoca el presente y nos traslada a la infancia, reconociéndonos en aquella misma alegría que nos perforó los sentidos hasta vencernos en la nostalgia y asentar el espíritu en la inmensidad de la ternura.

            De no haber sido por ella habríamos sido abatidos por el desconocimiento de la luz que proviene de las miradas de esos ojos que son el ámbito sobre el que se nuclea el universo, donde se anclan nuestras aspiraciones terrenales y de donde proviene la claridad que nos despeja el horizonte.  Es en el azabache de sus ojos, en la profundidad oceánica de su mirada, donde descubrimos el dulzor de las cosas, donde recala y se ancla la nave que transporta los solsticios que van regulando el amor y el cariño, donde se regulariza la armonía y nos atrae a la debilidad que va intrínseca con el afecto y la consideración.

            De no haber sido por ella nos hubieran desposeído de la sabiduría que se va adquiriendo con el paso de los años, de la enseñanza natural y esencial que se alcanza en los momentos en los que la nimiedad de una banal enfermedad nos pone en la más exagerada situación de alerta, ni hubiéramos recibido la instrucción en la formación anímica que nos recuerda el instinto sobre protección y la supervivencia.

            De no haber sido por ella nuestros valores, los nos fueron implantados y los que conseguimos retener con el esfuerzo, hubieran carecido de sentido, se habrían diluido en la espesura cósmica y la eternidad se suplantaría con los excesos de comodidad.

            De no haber sido por Margarita, por su llegada en una mañana de un día tal como la de hoy, hace veintiséis años, con el trasfondo musical del trino de una bandada de vencejos celebrando su nacimiento, mi vida, nuestra vida, la de todos los que la queremos, hubiera sido distinta, algo vacía y desheredada de todos estos sentimientos que nos han ido haciendo mejor, que nos han marcado un  camino fundamentado en la dicha  y en la alegría.

            Como Rubén Darío, hoy siento en mi alma una alondra cantar, y advierto en mi ser el aliento de una voz que sigue reclamándome poderte escribir un cuento. Margarita, princesa, el mundo esperándote está.   

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