¡Qué Dios nos libre!

Hay siempre que tener en cuenta las circunstancias que rodean los hechos, aquellas que pudieran dotar de sentido los execrables sucesos. Circunscribirse a las impresiones sin ahondar en ellas, sin bucear en las cuestiones por las que se acometen acciones punibles, puede desembocar en la equivocación más rotunda. Evaluar las pruebas sin constatar los fundamentos ascendentes del móvil -legítima defensa, ofuscación por enfrentamiento, causalidad de  la obra cometida, pérdida de razón, enajenación mental- puede llevar a conclusiones erróneas, a la ejecución de una verdad a medias cuando no a la terrible concisión de la mentira con el fin de penalizar algunos de los sucesos más notorios acaecidos en los últimos tiempos. En el caso contrario basta con ojear cualquier ejemplar de la prensa diaria para constatar los más sanguinarios y bárbaros acontecimientos y mostrar la repulsa hacia quienes cometen asesinatos, ultrajan la libertad con la violencia o arremeten contra personas indefensas o acobardadas por su condición en el género.

            Todavía mantengo en mi mente, retenida en esa cueva donde se alojan los más tristes recuerdos, donde se quedó impregnada para siempre porque fue absorbida por el papel secante que es la infancia, la figura de aquel joven esposado, custodiado por la guardia civil, con la mirada perdida y el rostro demudado por la vergüenza tras la inconsciencia de un hecho que le llevó al tormento del homicidio y Manuela, mi vecina exclamando “Dios nos libre”. Nadie halló explicación a su comportamiento. Un hombre sencillo, bueno como el pan recién salido de la tahona que regentaba por la reciente jubilación de su padre, siempre en la casa junto a su mujer y su hija, dedicándoles todo el tiempo libre del que disponía, no se le conocía más hábito que la de derramar miel para su familia y su Betis, ni momentos de mala bebida porque siempre fue muy comedido con los vicios. Pero un mal momento lo tiene cualquiera o cae de improviso la última gota que provoca el desbordamiento del agua en el vaso de la paciencia.

            Fueron muchos los años de silencio, de morderse el labio, de intentar huir de la realidad tapándose la cabeza con la almohada para ahogar los gemidos de dolor de la madre cuando era forzada y amortiguaba su voz para que no trascendiera el suplicio por los golpes que recibía, por el maltrato a que era sometida por el hombre de su vida, por la persona a la que se había entregado con la esperanza de ser correspondida en el amor y la dulzura que ofrecía. Los alegatos a un mal momento, a una situación que no se volvería a repetir, porque se había juramentado en reconvertir su condición, incluso con lágrimas, no bastaban para excusar ni las justificar los signos de la violencia que se le mostraban.

Fueron congregándose en el arca de la paciencia los fragmentos dolorosos de un puzle que se conformó aquella mañana cuando, sin miramientos por la presencia del hijo, la emprendió a golpes por la simpleza de un café frío, y el niño hasta entonces se convirtió en el lobo que actúa para proteger al ser que le dio la vida, y en un momento, en un segundo, desató la furia que había intentado mantener aislada en el fondo de su alma. Un certero movimiento de muñeca y la afilada hoja de un cuchillo -¡ay el destino que lo manejó hasta aquel lugar!- que secciona la arteria principal. El espanto y el dolor debieron concitarse en el pequeño comedor y aún mantuvo en su retina la sorprendida mirada del progenitor escapándose de la vida con cada brote que surgía de la fontana de su corazón. Decían, quienes acudieron al auxilio por los gritos, que el hijo sólo, desolado y mustio, solo pronunciaba el nombre el nombre del padre y que había perdido la mirada, que en las cuencas de sus ojos orbitaban dos piedras negras que cercenaban los brillos de una vida.

            Recuerdo aquellos infaustos momentos de un verano de mi infancia, el revoloteo curioso de niños en rededor de la vivienda de los hechos, cuando leo lo acaecido en un pueblo de la sierra sevillana, donde un padre, harto soportar años de maltrato, de hacerle la vida imposible con sus adicciones y vicios ha matado y descuartizado a su hijo. ¡Qué tormenta de sufrimientos habrá desatado el desalojo de su ira! ¡Cuánta desesperación habrá hecho presa en su corazón para apuñalar el propio velo de sus sentimientos, para desasirse de parte del alma que prendió en el propio ser que alguna vez acariciara! ¿Donde vencerán sus miradas, donde podrá huir del dolor? Como mi recordada Manuela enunciara al paso de la comitiva de la contrición y el desconsuelo, “Dios nos libre, Dios nos libre”.

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