La verdad de la emoción

           ¡Qué razón tienes, tocayo, cuando delimitas y descubres las inmoralidades de esa manada de aduladores que siempre rodean a los tiranos y que al menor contratiempo, casi siempre al pairo de sus desgracias y son descubiertos por las tropelías que cometen, huyen despavoridos a refugiarse en sus cuarteles de invierno y reniegan de él, no tres, sino cientos de veces, las que sean precisas y propias de su iniquidad, siquiera de conocerlo cuando son prendidos por la dignidad y comparecen ante el estrado de la vergüenza! Cuánta verdad subyace en el fondo y en la esencia de tus palabras, esas damas a las que tú cortejas como nadie y por eso se te tiran a los brazos nada más les guiñas el ojo, cuando asaltas la memoria y nos traes aquellos días en los que se nos presentaba el ególatra lanzando sofismas, la demagogia en cada vocablo, transformista que mancillaba la euforia y la verdad de parte de un beticismo que lo elevó a los altares. Algunos presentíamos el inicio del desastre, el hundimiento del sentimiento que se nos anudó al alma apenas abrimos los ojos a la luz, que se nos presentó en verdiblanco, porque no concebimos que se nos manejen las pasiones, que represalien la honorabilidad y la nobleza por el mero hecho de mantener opiniones diferentes. El tiempo, Cangui, nos pone a todos en nuestro lugar.

            Me duele, no por ellos sino por tí, que desgastes la bondad que place en tu espíritu, el sosiego de tus conductas, y distraigas tus sentimientos cebándote en unos pobres hombres que no supieron, no quisieron o no pudieron deshacerse de la condición  unívoca de humanos, que se cegaron con los propósitos mercantilista que se les ponían delante, anteponiendo la vileza de las monedas al encanto y la fantasía de la emoción, que supusieron, como aquéllos que se arriman a los autócratas y al señorío feudal, que adquirían la condición de la inmortalidad. Ellos mismos se delataron.

            Me duele, tocayo, que desperdicies tu preciado tiempo con quienes no lo merecen, en aquéllos que se mostraron indelebles en sus comportamientos intentando embaucar con sus mentiras, de apropiarse de la honorabilidad de un escudo, y manosearlo hasta la mancilla, para lucrarse, para beneficiar y engordar sus propios bolsillos mientras pregonaban, tergiversando los hechos, la grandeza recuperada, eso sí, vanagloriándose con esfuerzos que ni siquiera realizaron. No merece la pena derramar la tinta, con la que embelleces y perfumas el  blancor papel cada día, menospreciándolos porque además les das un sitio que no merecen y máxime cuando las cuitas se debaten y baten en la casa de tu vecino.

            Me gusta mucho más, querido amigo, planear por los campos donde tú ves y se presenta Dios continuamente, el Todopoderoso acariciando las copas de los pinos, oír su misteriosa voz, un susurro que se adentra en nuestros sentidos, en las brisas que llegan con la caída de la tarde mientras la línea del horizonte formaliza, con sus cárdenas texturas, la ventura del ocaso, horas que no son más que la preñez de la vida que llega con el amanecer. Me gusta mucho más descubrir, en la hermosura de tus escritos, la verdad que se esconde en un prado que se riza, hasta el paroxismo, con los vientos que nacen de los suspiros de Dios en la placidez de una tarde otoñal, que refrescan el ambiente y son el advenimiento de las primeras lluvias, un sencillo motivo que nos mueve a indagar en lo profundo del espíritu sobre la verdad de la Verdad y ver como se nos desvela, de improviso, el mayor de lo secretos: que Dios vive y habita en las cosas más pequeñas y minúscula, en los lugares más remotos, en los más insospechados, en el caudal de un río o en el idilio entre una loma y una nube blanqueada que figura y asemeja a la panza de Platero .

            Me gusta mucho más, admirado maestro, alcanzar el esplendor de la emoción oyendo la gravedad de tu voz taladrando el aire hasta enredarse en el corazón, acariciando los valles donde yace el sentimiento y extrayendo, desde sus espacios más recónditos, la lágrima que conlleva el engrandecimiento de un espíritu ahíto de emociones.

            Me duele porque no eres tú, porque no te reconozco, porque quienes te admiramos sabemos que estás muy por encima de recelos, que en tu conciencia no hay lugar para otorgar residencia al ensañamiento, incluso con éstos que sólo merecen la desconsideración ante sus oprobios. Ignoro la razón y el por qué de tus palabras hoy, de tus voces desairadas –repito, que en el fondo no hay más que razón porque le hemos padecido e incluso nos han avergonzado sus acciones- desde el alfeizar al que te asomas cada día para provocarnos la emoción más hermosa, como la de aquella noche de una cuaresma, en la que advertí tu voz, buscando por dial de la radio del coche, y me encandilaste, me arrastres con tu recuerdos, con tus vivencias infantiles, con tus deseos no cumplidos de poder ver un partido de fútbol que enfrentaban a Campanal y a Die Stefano, casi ná hermano, con anhelos por revivir los grandes momentos en la historia de tu equipo. Palabras, tocayo, que me hicieron estremecer, inmovilizándome en el interior de mi coche hasta el final de tu pregón. Un mérito. Porque como he dicho, y quise decirte en la presentación que debía realizar, en cumplimiento a mi condición de secretario de mi hermandad de la Macarena, antes de que intervinieras en una convivencia de las Hermandades de la Madrugada, provocar esta emoción en quienes comparte escudo y colores deportivos no es más que una consecuencia lógica de pasiones análogas. Pero conmover a un rival futbolístico, es cosa de gran envergadura.

            Por todo esto me duele, Cangui, que te pronuncies contra quienes no tienen nada que ver con tus sentimientos y pasiones, que esas cosas no debieran importarte, y porque tu bondad, generosidad y capacidad de sojuzgar, me consta, están muy por encima de tus desaforadas palabras de hoy.

*A Antonio García Barbeito, escritor y periodista.

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