¿Democracia en España?

            Es cuestión de plantearse nuevas formas de gobierno. O restablecer los valores filosóficos que van intrínsecos con la firmeza de la democracia. Porque lo que estamos viviendo en estos tiempos nada tiene que ver con la ontología con la que la impregnaron los sabios griegos. Pero todos sabemos que el hombre, en vez de generar y dotar de grandeza los fines que logra conquistar, los degrada conforme el tiempo se impone y le aplica relevos que le restan poder y es capaz de viciar sus más nobles sentimientos y hasta desposeerse de la honestidad con tal de preservar las dotes que le fueron delegadas. Porque en este principio se esencian las providencias que dicta la democracia, que sin efectuar su disección etimológica y ni un estudio profuso de la semántica y la semiótica del término, es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los componentes del grupo. En sentido estricto la democracia es una forma de organización del Estado, en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que le confieren legitimidad a los representantes. En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que los ciudadanos son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales. Un mojón para nosotros. En nada se parece el régimen que creímos conquistar con lo que se nos está presentando día a día. Esto cada vez se parece más a los feudos medievales cuando el señor dictaba las normas y proyectaba las consecuencias en los súbditos en forma pobreza y miseria mientras en la corte no escaseaban ni lujos no prebendas. Antes de perder sus dignidades hundían en el fango a los vasallos.

            Esta farsa de democracia nos hace creer que el poder mana del pueblo, que las normas que regulan el devenir diario se fragua en la voluntad popular, en la delegación de intereses comunes que hemos puesto en manos de quienes creímos iban a conseguir transformar la situación, es el nuevo conglomerado político que nos ha devuelto al vasallaje y a las cadenas. No es democracia esta intromisión al bienestar de las personas, que ha devorado, con inusitado apetito, la buena voluntad de los ciudadanos y las normas esenciales del sufragio universal, porque creímos a quienes nos prometían una salida digna, con el espíritu del sentimiento nacional, de esta situación de recesión y lo que nos hemos encontrado ha sido un progresivo hundimiento en las ciénagas movedizas, que no son ni siquiera tierras, de las consecuciones de las últimas décadas. Cierto es, muy cierto, que todo ésto tiene una procedencia anterior, una ascendencia en la ineptitud y la cobardía para afrontar lo que se nos venía encima, en la que nos mintieron con el mayor de los descaros, ilusionándonos con esperanzas que disfrazaron con discursos araneros y vergonzosos en los que nos desubicaban de los efectos de la crisis que asolaba a medio mundo, porque nuestro país tenía muy bien consolidada su red económica y que no nos afectaría en absoluto porque habíamos sabido administrar los fondos y sus efectos pasarían de largo. Nos ocultaron los verdaderos motivos y ascendencias, engañándonos  con actuaciones fraudulentas, ignorando que el huracán económico asolaría la nación y no previeron las consecuencias de las constantes ocultaciones. Cuando constataron que el buque se hundía nos lanzaron al mar para que llegáramos por nuestros propios medios a la orilla, prometiéndonos firmes y consolidados salvavidas y cuando vieron que nos ahogábamos, pusilánimes ante el fragor de las olas, nos dejaron a la deriva y así seguimos. La historia de siempre.

            Así empezó nuestra desgracia, la de los sufridos contribuyentes, la de quienes dicen tenemos la capacidad de elegir a nuestros dirigentes, de quienes deben ofrecernos soluciones a los problemas. No creo que exista un pueblo con mayor voluntad de sacrificio que el nuestro, ni capaz de soportar el flagelo actual de la constante desamortización de sus bienes. Mentiría si no fuera así. Pero la abnegación no debe confundirse con la sumisión, con el vasallaje. Porque a esa condición nos encaminan.

            Si hay que tomar medidas como las que se tomaron, y refrendadas el pasado viernes trece –¡qué fatídica fecha!- por el Consejo de Ministros, pues se toman porque pueden contribuir a la reposición, en el futuro, del bienestar de la generalidad. Con una salvedad. Que debieron haber prendido las antorchas para iluminar el camino proponiendo un drástico recorte en sus sueldos, la supresión del cuerpo político, de todas las formaciones, nombrado a dedo y de aquellas instituciones públicas quintuplicadas, en el organismo administrativo, que no tienen mayor utilidad que la de mantener favores de servidores y aduladores, de cargos políticos sin funciones, porque se desempeñan por la administración central. ¿Son necesarios 445.000 cargos políticos para el funcionamiento de una nación? ¿Somos más torpes, ineptos y lerdos que ingleses, alemanes y franceses que con una población mayor son capaces de gobernar con un tercio de políticos de los que aquí ejercen?

            No nos quieren oír. Ignoran estas propuestas. TODOS. Porque todos tienen interés en mantenerse en esa posición de privilegio en la que están y por seguir exprimiendo la ubres de la vaca patria. Y por ello tengo que reafirmarme en mis posturas. No vivimos en democracia porque hacen oídos sordos a la voluntad del pueblo, que según los dictámenes de un régimen liberal y de los fundamentos que los rigen, son los que delegan el soberano poder en representantes que luchen y peleen por los derechos que les corresponden como ciudadanos y no como a la caterva de siervos a la que nos quieren dirigir.

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