La nube en el suelo

Hay una frecuencia en la memoria que es capaz de proyectar todas las imágenes que van situándose en el sial del recuerdo, de transportarla desde lo más profundo del alma hasta la consciencia menos intuitiva, un lugar que albergó los pensamientos y las emociones, los olores y los sonidos, los primeros amores y los primeros desengaños, las voces que nos aconsejaban y los oídos que se cerraban a las sugerencias, porque nos sentíamos dueños de nuestro destino, del futuro que esperábamos ansiosos en los andenes de la inocencia porque desconocíamos entonces, y creo que aún seguimos ignorando las fuerzas que guían los hilos de nuestros actos, que existen fuerzas sobrenaturales y humanas que nos tienen preparado un fin distinto al que soñamos.. No son recuerdos fútiles, ni aislados es un guión elaborado donde todos sus capítulos tienen aparejados testimonios y  evidencias argumentados, un por qué y una explicación a las conductas de las emociones. Vienen conformando una secuencia casi cinematográfica para revelarnos la existencia de la juventud, de aquellos días en los que empezamos a descubrir al mundo como personas mayores, creyéndonos seres independientes y libres porque una incipiente pelusa comenzaban a ennegrecer el labio superior y nos la habíamos quitado por vez primera, casi furtivamente y con la vieja maquinilla de afeitar de nuestro padre, arrastrando y arañando la piel con la torpeza que procura la inexperiencia.

Aparecen de improviso porque les gustan sorprendernos, resquemar la memoria para demostrar que son fuertes y que pueden manejar las emociones a su mejor albedrío, que nuestros sentimientos residen, se desarrollan y tienen su origen en el pasado, intentando engañarnos alojando situaciones que sucedieron ayer pero que se obstinan reiteradamente en presentarlas como actuales. Es la reciedumbre de los instantes que creíamos perdidos, el retorno macilento y taciturno de los amigos, la recuperación de sus sonrisas, de los gestos y aptitudes que ahora aparecen manipulados por la vehemencia y la excitación de su inesperada aparición; los amigos con los que fuimos acicalando y ahormando una forma de vida en consecuencia al tiempo que nos tocó vivir.

Es aquella época que resurge con insospechada fuerza para reconstruir las historias y los pasajes de los mejores instantes, de las situaciones que vinieron a provocarnos el dolor, o a rebelarnos contra la tristeza con el resurgimiento de las anécdotas que fueron marcando un impasse, que fueron limando las conductas hasta moldear la personalidad.

No hay árbol recio ni consistente sino aquel que el viento azota con frecuencia, decía Séneca. Y los recuerdos son ahora huracanes manejando los elementos que se conmueven por ellos. Aprendimos, claro que aprendimos, y logramos hacernos fuerte frente al dolor, consolidando nuestros espíritus enfrentándonos a las primeras adversidades, a los primeros reveses, a los anuncios que proferían desdichas y calamidades, como también nos fortalecieron las alegrías y las experiencias compartidas, los momentos de júbilo y satisfacción. No era difícil ser feliz. Lo intentábamos, en aquel verano del setenta y ocho, porque aceptábamos, con naturalidad y sencillez, nuestras limitaciones, que vencíamos con la solidaridad, con la aportación individual que posibilitaba el disfruto del conjunto.

Hoy vuelvo a ser vencido por la nostalgia, que se presenta ataviada de luminosidad estival, con la presunción inequívoca y sustancial de provocar mis recuerdos, de alterar el estadio de los tiempos con estos silencios del mediodía, que aturden al desasosiego e instala en el espíritu una colosal serenidad, capaz de trastornar la monotonía. Viene con esta sensación de calor a solapar la realidad, a restituir sus  voces con esta misma e idéntica luz que nos saludó en aquel verano de nuestra mocedad, con la misma vehemencia calorífica, con idéntica efervescencia. Son los recuerdos de una edad en la que aún mantenía la ilusión por el futuro, un tiempo en el que soñábamos con un mundo mejor, más justo y equitativo.

Transitan desaforada y atropelladamente por mi memoria. Galopan libres por los campos donde buscó sosiego y reposo el pasado, donde invernó en espera de la floración de los años, lamiando las horas, los días y los meses, tamizando la paciencia para la recuperación de la vorágine luminosa del estío, para abrir de sopetón las ventanas por donde se cuela, con entusiasmo y denodado poder, con el fin de guiarnos por la senda del evocación, convocándonos a la emoción y al sentimiento, al camino que nos guía a los instantes que creímos disueltos en el tiempo y que ahora se presentan para alterar nuestros sentidos. Intento ordenarlos, concatenarlos en sus espacios, pero saltan con brío de un lado a otro y reconozco rostros que no soy capaz de asociar a los sonidos, y voces que huyen presurosas porque se sienten felices con estas transmutaciones de la temporalidad que me confunden. Siento sus risas y sus argucias para complicar el asentamiento de mi realidad. Se alejan. El sopor tira sus cuitas para vencer mi resistencia. Recuerdo que hemos quedado a las siete en la puerta del cine Delicias. Demasiado temprano, todavía hará calor. Nos van a presentar a unas niñas y el presentimiento de esta ampliación de pandilla vendrá a condicionar el discurrir de este verano. Soy poco atrevido y poco dado a los cambios. Prefiero la certeza de lo conseguido, la comodidad de lo alcanzado. Veremos si mis recelos no se materializan.

Continuará.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en CULTURA, ESPAÑA, SEVILLA. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s