La nube en el suelo Capítulo 1.1

La única percepción de frescor aparecía ya avanzada la madrugada y se colaba a través de la ventana del cuarto de baño, que auxiliaba y refrescaba la sensación de calor de la estancia donde intentábamos dormir. La noche había sido demasiado calurosa y el bochorno conducía a un ahogo que sobredimensionaba la sensación de sofoco. Apenas podíamos conciliar el sueño. Un duermevela constante que nos agotaba, que nos hacía rodar por las sábanas ahuecando la almohada constantemente buscando, con aquellos impulsos mecánicos, recuperar un frescor ya imposible porque en el tejido se había acomodado la pegajosa humedad y no daban fruto nuestros esfuerzos. De vez en cuando, vencidos por el agotamiento, lográbamos dar una cabezada, refrenábamos el calor rendidos por el cansancio. Había leído, unos días antes, en un suplemento dominical, que el sueño llegaba a ser más mortífero que el hambre y la sed y el recuerdo de aquel reportaje me apesadumbraba.

Habíamos retrasado nuestro retiro al descanso en un intento por burlar las altas temperaturas. Ignorábamos entonces la terminología científica sobre los fenómenos atmosféricos pues la única información, siempre muy escueta, general y pragmática, la obteníamos de los informativos radiofónicos que dedicaban escasos segundos a poner en conocimiento de los ciudadanos las condiciones térmicas de las jornadas y las predicciones escasamente llegaban al día siguiente. Como hito en la comunicación meteorológica, en el telediario del mediodía, aparecía aquel señor, con un puntero de madera en la mano, señalando en la pizarra las zonas de la nación en las que las temperaturas alcanzarían sus niveles más altos. Hacía referencia casi siempre a un barco que situado en las Azores y que era el que avisaba de los ascensos y descensos térmicos, supongo que ateniéndose del avance de los frentes, que casi siempre hacían su aparición por las costas atlánticas. Por ello preparábamos la azotea, que era nuestro lugar de esparcimiento y recreo, nuestra particular zona de expansión y refresco en los días primeros de aquel caluroso mes julio. Mi padre se encargaba de baldearla cuando la tarde comenzaba a declinar y las sombras comenzaban implantar sus hábitos en las lindes perimetral de la solana y el calor acumulado sobre el solar se manifestaba ascendiendo, en forma de vaho, desde las baldosas de barro, que protegían el techo de la casa, hasta el universo impregnando el ambiente con una sensación de extrema humedad. A veces, mis hermanos y yo, aprovechábamos la ocasión para refrescarnos, para fantasear que nos encontrábamos en la playa y nos tumbábamos luego al sol para secarnos. Debíamos tener mucha precaución en nuestros movimientos porque una lámina de verdina fomentaba los deslizamientos inesperados y no era la primera vez que pegábamos con nuestros huesos en el suelo, hostigando con la caída, principalmente, la zona lumbar, cuando no un intenso dolor cimbraba todo el cuerpo si el golpe se producía en el hueso cuqui.

Una hilera de bombillas, sostenidas sobre un cordel que atravesaba diametralmente la azotea, proporcionaba la luz suficiente para poder disfrutar de la velada. Al poco subía mi madre con sendas bandejas de aliños de tomate y atún, de filetes empanados y un cuenco con gazpacho que nos sabía a gloria. Si la ocasión lo determinaba o era motivo de alguna celebración, se surtían las bandejas de gambas de Huelva y fiambres de Jabugo. Pero éstas eran las menos. Disfrutábamos igual.

Aquella tarde eludí la cita, el encuentro en la puerta del cine Delicias. Me excuse con aquella celebración cotidiana, con aquel refrigerio que preparábamos en casa, en la azotea, con el propósito de aliviar las altas temperaturas, de combatir el ahogo y el sofoco de una vivienda en la que se concentraba todo el calor posible, que se instalaba como residente de hecho en todas las estancias. Pero no fue más que un pretexto, un subterfugio para evitar el encuentro, una justificación para poder ver los debates, en el pleno del Congreso de los Diputados, sobre el proyecto estatutario y las enmiendas para la conformación de lo que vendría a ser, pocos meses después, la actual Constitución de España.

Aquella cena, aquel calor extremo, fue la principal coartada para no acudir, como cada día, al encuentro vespertino con los amigos, a las risas y chanzas, a los instintos naturales, de nuestros jóvenes cuerpos que comenzaban a vislumbrar el sexo, a nuevas experiencias orgánicas y deseos que brotaban en nuestro ser cuando atravesaba la calle Yolanda, con su minifalda bandeando el aire y dejando entrever la hermosura de sus piernas, a las charlas sobre el recién concluido mundial de Argentina, a la recriminación constante y puntillosa del fallo de Cardeñosa, en aquel partido contra Brasil, cuando solo ante el meta no consiguió materializar lo que hubiera sido fácil, para él muchísimo más, lograr el gol, y que hubiera clasificado a nuestra selección a la siguiente ronda y, quién sabe, si hubiéramos alcanzado la final, y mi a defensa a ultranza de aquel menudo pero grandioso jugador de fútbol que militaba en mi Betis, el mismo que había ganado,  un año antes, la primera copa del Rey, el mismo que ponía un balón, al mismo pié del compañero, desde cuarenta y cinco metros, a ver quién era capaz de mostrar igual precisión, les respondía.

No me atrevía, por entonces incapaz de desprenderme de mi sentido del pudor, de mi extremada timidez, aún con aquellos que eran mis amigos, a mostrar mi interés por aquellos trascendentes momentos, por la importancia histórica que atravesaba el país, por todos aquellos cambios que vendrían para cerciorar un futuro mejor a los españoles, por asegurar la igualdad en las posibilidades y en las condiciones de sus vidas. Me gustaba –me sigue apasionando hoy en día- participar de las tertulias, de transmisiones de televisión, en las que se manifestaban los nuevos políticos, los periodistas que mostraban una visión distinta, y siempre crítica, con el pasado reciente, con aquel tramo de la historia, de oscuras y siniestras actuaciones.

Aquella calurosísima tarde, del principio del verano, se inició una nueva etapa en la convivencia de nuestra pandilla. Lo supe unos días después. Las chicas eran preciosas. Y yo, torpe de mí, esclavo de mis pudores, viendo como se renovaba una nación, cómo se aúnan voluntades y se dejaban atrás viejas rencillas, para conformar un nuevo espíritu nacional, un espíritu de unidad para el bien de todos. Las chicas y la transición española, un hito que para algunos de mis amigos no tenía ningún tipo de discusión. Y fe que optaron por lo mejor. El tiempo les dio la razón.

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