La nube en el suelo. Capítulo 1. 3

            Llegó el primero. Solía hacerlo casi siempre. Prefería esperar a ser esperado. Jamás se molestaba con la tardanza del prójimo, incluso mostraba la suficiente consideración oyendo las excusas banales que le mostrábamos los tardos, una deferencia en el trato que nos desubicaba y que venía impregnado en el carácter de su procedencia salmantina. Nunca sospechamos por qué José María mantenía aquel duelo con su propio ser, que sus intrigas y disquisiciones tenían el origen en su propia condición, en la bondad que siempre se oculta tras una apariencia recia y que apenas se va mostrando en su verdadera dimensión sale a relucir con una fuerza inaudita. Nunca supimos qué le llevaba a comportarse de aquella manera, a desprenderse de cualquier pudor ante la menor adversidad, ante cualquier situación que no fuera la cotidianidad. O tal vez se rebelaba contra ella constantemente. Una batalla librada sin pausa, sin tregua para deshacerse de la imagen intelectual que le precedía donde quiera que fuera. Le atosigaba verse auscultado, estudiado cada uno de sus movimientos, como si no perteneciera a este mundo. El recelo de los demás ante sus inherentes aptitudes para la consagración del estudio le aturdía y había construido una barbacana para erigirse en sus almenas y mostrar al mundo su verdadera razón de ser; le mortificaba la constante vigilancia de quienes le conocían sus dotes de empollón, personas de obtusas mentes, de seseras estrechas y cerradas al entendimiento, al deseo de aglutinar conocimiento como único hábito para enriquecer su alma. Era capaz de guardar en su memoria cualquier texto con solo leerlo, interpretarlo correctamente y exponerlo con una claridad extrema en el papel o disertar sobre el mismo con la locuacidad propia de un académico de número. No le perturbaba la inquisitorial y escrutadora mirada del profesor tomándole la lección, si amilanaba ante las cuestiones a resolver. El aula era su hábitat natural. Dominaba todas las artes y lo mismo resolvía una ecuación que destripaba el más complejo texto literario para construir su comentario. Le engrandecía su espíritu de entrega, su denodado compromiso con los demás, a los que procuraba ayudar siempre que no se alejaran de él porque lo consideraban un ser extraño. O simplemente porque lo envidiaban.

            Nos conocíamos desde la primera infancia. Y congeniamos de inmediato. Desde el primer día en el que entramos en el aula, en aquella estancia fría y desolada, sin ningún mobiliario, con la pizarra inmaculada, desprovista de los miles de borrones que vendrían con el tiempo a deslustrar su ahora pulcra apariencia, conformar espesos nubarrones en su amplitud perimetral, y la luz mortecina y cálida, de las primeras horas de una tarde febrero, colándose por los grandes ventanales que nos ofrecían la visión del viejo caserío de San Julián, de San Marcos, de Santa Lucía a nuestros pies, y la torre de la ciudad como fondo, la Giganta que parecía enhebrar el cielo para bordar el paisaje. Uno junto al otro, amparándonos y protegiéndonos aún sin conocernos, pertrechados contra la pared, menudos y enjutos, observando a quienes nos observaban en medio del silencio, hasta que apareció don Patricio, el director supimos un instante después, que irrumpió con grandes zancadas y tras ofrecernos la primera explicación de aquel desinusual paraje, disponiéndonos en fila de uno, bajamos al patio donde nos esperaba un enorme camión conteniendo la totalidad del material mobiliario y didáctico de la nueva escuela. Íbamos a ser los portadores, repartidores e instaladores de todos aquellos pesados enseres. Un privilegio, nos decía el director, poder ser los primeros en ocupar el centro. Menudo honor, me contó José María. Desde aquel momento, aunados por el esfuerzo y el trabajo compartido, firmamos un pacto de amistad.

            Cuando doblé presuroso la esquina, para dirigirme a la puerta de salida del cine Delicias, le ví inmóvil, echado sobre una de las columnas, con el aire desgarbado que le hacía inconfundible, reconocible en medio de una multitud, cansado tal vez de esperar. Miró su Citizent y al alzar la vista descubrió mi presencia acercándosele apresuradamente. Volvió a mirar su reloj y antes que  pudiera saludarle me preguntó la hora. Sin darme opción a una respuesta, me recriminó la tardanza, la excesiva demora. Me extraño aquel exabrupto, aquella desmedida protesta. Harto, estaba harto de esperar siempre, de ser el primero en llegar y que nadie cumpliese con la hora de la cita. Debí contraer demasiado mi gesto. No puedo evitar mostrar mis alegrías o mis penas. Aun hoy, con medio siglo a mis espaldas, me encuentro incapacitado para disimular mis emociones. Debe ser un gen inherente a mis conductas.

            Tras un breve silencio, tras la pequeña conmoción por el desaforado acto, centré mi atención en mi muñeca y ví, con sorpresa y alegría, que todavía quedaba algo más de diez minutos para la ocho de la tarde, hora en la que habíamos fijado nuestro encuentro diario, una cita recurrente y que no hacía falta recordar de un día para otro y a la que alguien siempre, al despedirnos, solía aplicar una sonora coletilla: a partir de las ocho. Ese “a partir” podía significar media hora de retraso, hecho que aumentaba el enojo de José María, que medía el tiempo y la presencia con puntualidad exquisita.

            Cuando le confirmé la hora, el adelanto de su reloj, se ruborizó, ratificado su lapsus por un repentino frescor, que alivió nuestras espaldas, procedente de la sala de cine. Acaban de abrir las puertas para desalojar al público que acaba de contemplar la sesión de la seis de tarde. Ricardo, el acomodador nos sonrió. Los escasos espectadores fueron desapareciendo por  las esquinas. Volvió a mirar a mi amigo. Me pidió perdón, de nuevo. Llegaron Juanlu, Alonso y José Manuel. Uno tras otro, como si hubieran esperado a que la calle se desalojara. A José María le retornó el color. La temperatura parecía no querer menguar. La luz de la tarde aún coronaba los altos edificios. Aquel día terminamos en el Burladero oyendo los delirantes historias de Juan, el camarero, que se llevaba toda la jornada alternando con la clientela y a ciertas horas, al principio de la noche, ya no era dueño de su cordura.

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