La nube en el suelo. Capítulo 1. 3

            Dice un proverbio chino que todos los seres humanos estamos vinculados, los unos con los otros, por no más de ocho personas. Esta cadena que nos federa a todos en el conocimiento mutuo, en la participación de las emociones, debiera servir para la unificación del sentimiento de la paz, para dosificar las ansias de poder y la envidia, hacer de este mundo un lugar mucho más habitable, donde la tensión entre los pueblos debiera suspenderse en beneficio de la obtención y reparto de los bienes entre quienes más lo necesitan. Pero sobre todo para saber que nuestras opiniones, nuestra forma de actuar, trasciende mucha más allá de lo que creemos, que nuestros actos pueden ser considerados por quiénes menos pensamos, por muy insignificantes que creamos.

            Pero claro, ésta es la teoría que fluctúa por el cosmos, un hálito vanidoso y  vaporoso bamboleándose entre las estrellas, haciendo guiños a la verdad y a la vergüenza de los hombres y que pocas, muy pocas veces, se concreta en realidades. Si ya de por sí es difícil ocultar una actuación en los límites universales, imaginar que se puede encubrir un hecho al reducido grupo en el que nos desenvolvemos viene a ser como hito en la certidumbre de la razón, como querer engañar a Dios.

            Jesús María Madeira apareció con aquel aire de suficiencia y modernidad impuesto por las nuevas tendencias políticas, con una melena que comenzaba a desmembrarse por las sienes y enseñaba unas incipientes entradas, como advenimiento de una calvicie inmediata, con la apariencia de nuevo progre y refregándonos su inherente y recién adquirida intelectualidad y con un ejemplar de El País bajo el brazo que formaba parte de aquella uniformidad delatora. Jesús presumía de haber entrado ya en combate para poner fin, de una vez por todas, al nuevo régimen, que no era más que una consecuencia y prolongación del anterior y se jactaba, acodado en la barra del bar, de preconizar el derrumbamiento definitivo del fascismo que regía los designios de la nación. Poco menos que todos al paredón en pocos días. Alguna vez que otra fue reprendido por Juan, el encargado del Burladero, por aquellas manifestaciones políticas, por aquellos sofismas que lanzaba sin tener en cuenta quién le escuchaba, quién podía estar a su lado y Jesús le replicaba que hacía uso al derecho de su libertad, a poder expresar sus ideas como mejor le viniera en gana y el tabernero que le contradecía, intentando hacerle ver que allí los derechos y obligaciones los imponía su condición de propietario, y señalaba al cartel sobre el derecho de admisión que le amparaba y el otro, que se pasaba los derechos de los opresores por su arco del triunfo y que se anduviera con cuidado no fuera a ser que le pidiera el libro de reclamaciones y entonces Juan, advirtiéndole del uso de sus derechos, se agachaba, hurgaba bajo la barra y aparecía ante el obstinado replicante con un garrote al que había hecho grabar, en la amplitud de su loma, la leyenda “recoja aquí sus reclamaciones”. Y ahí, con aquella muestra del poder del fascismo, exclamaba el progre atemorizado y con temblores en la voz que hacía difícil entenderle, se acababa la confrontación. Porque Jesús era de echarse para adelante, de invocar la pendencia y la confrontación para solventar los problemas políticos que acuciaban nuestro país e iban a destruirlo de no provocar el inicio de un nuevo régimen social y político, por supuesto una república. Unas actuaciones que debían promoverse desde las bases obreras que eran las fuerzas que debían iniciar la revolución, tomando como ejemplo la de la patria soviética, el paraíso donde todos terminaríamos imitando. Pero tenía la misma valentía y agallas, llegado el  momento de la verdad, que el pato Lucas, con el podía rivalizar en irresponsabilidad. Era de los que tiraba la piedra y escondía la mano, que decía mi madre, cuando alguna tarde se pasaba por casa antes de acudir a nuestra cita en la puerta del cine Delicias y aprovechaba para merendar.

            No sé como lo consiguió, ni como logró involucrarnos a todos en aquel despropósito. No sé si hizo alusión, en aquellas peroratas políticas que nos largaba a la menor oportunidad, a nuestra falta de virilidad, a esa hombría que se nos debía suponer, o en sus arengas insinuación la falta de motivación de nuestra juventud para luchar por lo que queríamos conseguir.

            A la tarde siguiente, ataviados con camisetas blancas, con calzado deportivo y pantalones vaqueros, enfatizadas recomendaciones que nos hizo nuestro revolucionario amigo y compañero de pendencias, nos dirigimos a la explanada donde se situaba el colegio del Moro. El atosigante calor del verano secaba nuestras gargantas. O tal vez era el miedo que comenzaba a apoderarse de nuestros espíritus. José María amagó una retirada que a tiempo, apostilló, es una victoria. Pero hicimos alusión a nuestro compromiso, a nuestra obligación de cambiar el estatus de una sociedad que creíamos trasnochada y con más  miedo que vergüenza permanecimos, en medio de aquél solano que mortificaba y delataba la inusual presencia de tantos jóvenes y vestidos con camisetas claras.

            Jesús llegó escoltando a su hermano, promotor de aquella concentración, y otro joven barbudo que enseguida comenzó a dar órdenes y a organizar el acto. En pocos minutos, allí se estableció una barrera humana, que se parapetó tras una gran pancarta cuyo lema era la solicitud de libertad y justicia y amnistía para los presos políticos, un hecho del que no fuimos advertidos. Detrás se situaron otros carteles de menor tamaño pero con las mismas reclamaciones sociopolíticas. El barbudo levantó el brazo, cerró su puño, lanzó la primera  proclama y la ruidosa comitiva inició su periplo reivindicativo. Le seguimos todos premiosamente, como si fuéramos de excursión. Alguien comenzó a gritar eslóganes con trasfondo políticos, ideas que mostraban cierta armonía y musicalidad y que pronto fuimos coreando todos los participantes o respondiendo a las invocaciones que se nos hacían. Algunos no sabíamos concretamente a qué habíamos acudido, pero la idea de regenerar la sociedad con nuestros esfuerzos y sacrificios personales nos atraía y nos hacía sentir importantes, dados los tiempos que se vivían, ante nuestros amigos, principalmente ante las niñas que advertían en nuestro comportamientos signos de heroicidad.

            La pequeña manifestación, más tarde supimos que fue promovida por una sección del partido maoísta y revolucionario de los trabajadores, que debían componerla, presidirla y administrarla mi amigo Jesús, su hermano y barbudo, avanzaba pletórica por los inicios de la Avenida de la Cruz Roja. En las aceras, los pocos ciudadanos que se atrevían a salir a esas horas a la calle, so pena de caer rendidos a los efectos de una insolación, mostraban su desconcierto y sorpresa. Un cartel del cine Cruz Rosa nos ofertaba una sesión de divertimento con la proyección de “El mundo está loco, loco, loco, loco”. En la puerta trasera del Delicias no había nadie. Un vacío absoluto que me causó desasosiego porque siempre se mantiene una visión retrospectiva que idealiza los momentos. Desde la peluquería, los dos barberos, con unas tijeras en las manos, con sus babis salpicados de pelos, increparon a los manifestantes y que fueron respondidos con soeces gestos por parte de algunos de los participantes e incluso hubo un intento de responder físicamente a las provocaciones. Los dos viejos se quedaron en las puertas del negocio mientras se reían. Con las de veces que me habían pelado. Rogué a Dios porque no me hubieran visto. Noté un sonrojo con aquellos pensamientos. Alonso y José María no hacían más que mirar a sus lados. Hacía tiempo que habían perdido su facultad de protesta. Juan Luis y José Manuel se inmiscuían cada vez más en el fondo de aquella protesta. Y yo resolví entonces que el mundo se acababa. Pronto pasaríamos por la misma puerta de mi casa y allí estarían mis padres. Ya no había forma de huir. Había que seguir. El barbudo, casi en éxtasis, alentaba a los manifestantes a incrementar el nivel de la protesta. Los gritos explotaban en la luminosidad de la tarde. Pronto llegaríamos a mi casa. Y de improviso vino el caos a reinar.  Ví como Jesús corría despavorido hacía atrás y buscaba ansioso una salida, que encontró en la embocadura de la calle Medalla Milagrosa, no sin antes atropellar a dos chicas, empujar a un muchacho que cayó de culo mientras profería “elogios” hacia la ascendencia de la madre, y desprenderse de los panfletos que llevaba en la mano y que debían haberse tirado al acceder a la Ronda. El barbudo y el hermano de mi amigo desaparecieron como por encanto. Las carreras se prodigaron sin sentido ni orden. Lo importante era salir de aquella ratonera porque los grises empezarían a dar de un momento a otro. Aquello se convirtió en un verdadero caos. Entre gritos de auxilio y carreras descontroladas se disolvió la manifestación. En la calle quedaron los restos del estropicio. La pancarta deshecha, los carteles rodando junto algunos zapatos de mujer. Pero ni rastro de los grises. Mi instinto apeló a la proximidad de mi mejor refugio. Mis amigos me siguieron. Cuando la calma retornó nos enteramos de los sucedido.

            Frente a mi casa se hallaba el acuartelamiento de las personas que ejercían voluntariamente en la Cruza Roja. Ante la barahúnda que se aproximaba, atraídos por la curiosidad de un espectáculo inusual, se asomaron a la puerta para contemplar el paso de la manifestación. Lo hicieron con sus uniformes de servicio, un hecho que al ser contemplado por los que encabezaban la marcha, les hizo suponer, en una terrible confusión que les delató ante sus seguidores, que la policía había tomado posiciones para represaliar aquella expedición de justicia y libertad. Con su acto de “valentía” fomentaron y apostaron la histeria colectiva.

            Juan, cuando nos vió entrar su local, nos puso un tanque a cada uno que ingerimos de un solo trago. Alguien echó un duro en la máquina de discos y José Luis Perales sonó como un presagio de futuro. El tema elegido, “Qué pasará mañana”. Jesús no volvió a aparecer hasta dos semanas después y aquella tarde Alonso le rompió la nariz.

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