La nube en el suelo. Capítulo 1. 4

            Aquel era nuestro mundo. El universo el resto de la ciudad. Nos parecía todo lejano y extraordinario. Las distancias se magnificaban cuando decidíamos ir a la playa, a pasar el domingo. Excursiones a la Higuerita que parecían viajes transatlánticos. El autobús aparecía en la explanada, premioso con las primeras luces del día, y se removían las inquietudes, se serenaban las ansias. Familias enteras con sus atavíos playeros ansiosos por acceder a su habitáculo, con tomar posesión de aquel espacio que le proporcionaba un billete a la ilusión. Y entonces, acoplado los utensilios y menajes en el compartimento para equipajes, en este caso repleto de neveras, sombrillas, bolsos que difícilmente podían mantener el equilibrio, dimensionados sus espacios por fiambreras con tortilla, filetes empanados y aliños diversos, rugía el motor y el vehículo pesadamente iniciaba la ruta que nos llevaría a las orillas del mar. Antes, por supuesto, se paraba en una venta de carretera donde se desayunaba. Siempre era la misma, por los menos en aquellas excursiones que organizaba Emilio Pozuelos. Apenas una hora de camino, de trasiego, de postes de teléfono y luz pasando velozmente por las ventanillas, y de alguna que otra copla o fandango, que siempre había alguien que se lanzaba con la intención de amenizar el viaje, y el autobús se desviaba, en la travesía del pueblo, bufando mientras aminoraba desproporcionadamente la velocidad, para situarse en el amplio acceso, preparado para aquellos menesteres del avituallamiento viajero, que recibía a los fatigados excursionistas.

            Habíamos quedado en la misma explanada donde recibimos nuestro bautizo como ávidos y valientes defensores de las libertades, apenas unos días antes y que terminó como el rosario de la aurora. Decidimos repartirnos la preparación de las viandas con el firme propósito de no tener que engolliparnos con bocadillos de tortilla o de filetes empanados. Bien que lo dispusimos en las jornadas anteriores al viaje. José Manuel Vázquez, que era algo mayor que nosotros, y se encontraba realizando el servicio militar en el acuartelamiento de Intendencia en la Puerta de la Carne, gracias a los tejemanejes que había realizado su padre para la obtención de un destino tan cercano como beneficioso, propuso reunir entre todos una cantidad, comprar los alimentos y bebidas y así no había pábulo para la reiterancia alimenticia, para el error. Incluso Alonso llegó a plantear, como efectiva solución al dilema, comer en uno de los chiringuitos que se situaban casi a pie de playa. Ambos podían permitirse aquellos lujos porque trabajaban y podían disponer de una retribución económica fija que les posicionaba en situación de privilegio frente a los que estudiábamos y no teníamos más ingresos que la asignación semanal de nuestros padres. Sus propuestas quedaron desestimadas de inmediato pues no disponíamos de efectivo suficiente para sufragar el viaje, llevar alguna cantidad para imprevistos, siempre escasa y que en caso de contingencia, se suplementaba con la solidaridad del resto de  grupo. Así decidimos que si cada uno llevaba unas viandas distintas podríamos compartirlas y regalarnos un menú variado. La cerveza a discreción pues llevaríamos tres neveras, cuyo hielo en barra adquirimos aquella misma mañana, en la fábrica de hielo de la calle Sor Ángela de la Cruz, número suficiente para poder refrescarnos el gaznate con sobrada hartura.

            Siete tortilla de papas, eso sí de calibres distintos y algunas aderezadas con cebollas, siete fiambreras de pimientos fritos y dos tabletas de chocolate, que aportaba yo como refuerzo edulcorante al menú. Variedad gastronómica. Tal vez todos llegamos a pensar lo mismo, a elucubrar con razonamientos egoístas, y dejamos en manos de nuestras respectivas madres la composición de la dieta para la jornada playera, decisión en la que por supuesto no iban a complicarse demasiado. Luego vinieron las alusiones al yo pensé que tú… yo iba  a traer gazpacho pero creí que nadie iba a proporcionar tortilla… esto ya lo sabía yo, terminó diciendo José Manuel. Pero lo peor vendría cuando nos percatamos, en el apeadero de la venta, cuando descendimos del autobús para desayunar, que no habíamos reparado en traernos una sombrilla, ni una mesita de esas que se pliegan, ni unas sillas donde poder sentarnos a tomar el refrigerio. En fin, la intendencia que dejó mucho que desear. Nos habíamos propuesto pasar un buen día de playa y no nos íbamos a fastidiar la jornada por pequeñeces. Hasta nos reímos, cuando aludiendo a nuestros olvidos, una de las pasajeras nos advirtió sobre la posibilidad de achicharrarnos vivos. ¡Vamos hombre! Con nuestra edad lo aguantamos todo.

            Como habíamos salido casi al amanecer, a la Higuerita llegamos muy temprano. Aquella marea baja permitió instalarnos en la zona húmeda, endurecida por las aguas marinas durante la noche y ahora retiradas por la baja mar. Sobre una alfombra de toallas dejamos los enseres y las tortillas. Nos quitamos la camiseta y corrimos hacia la orilla con el fin de lanzarnos a las turbulencias de las pequeñas olas que laminaban la tierra. No debió calcular bien la profundidad ni el retroceso natural del mar. Con toda su energía, con todas las ansias por desprenderse del calor, Alonso emuló a Tarzán y se lanzó al agua. El porrazo fue para haberse matado. Allí quedo, estampado y en silencio, sólo roto por aquel gemido que nos llegó lejano, como de los mismos confines de lo profundo del océano. Gracias a Dios el disgusto quedó en el susto, en unas magulladuras y una hinchazón de la barbilla, que fue creciendo conforme el día avanzaba. Repuestos de la angustia, rompimos a reír en carcajadas, mientras el pobre Alonso, aturdido y sorprendido por el glorioso golpe, no sabía sumarse a nuestras risotadas o asirnos por el cuello ante aquel comportamiento tan inadecuado.

            Al mediodía, el sol comenzó a tomar posición en el cenit del cielo para desatar su poder calorífico, que procurábamos sofocar con constantes baños, sin tener la suficiente  prudencia de secarnos con las toallas. Preferíamos hacerlo de la manera menos adecuada. Tendiéndonos al sol sobre nuestras toallas.

            A media tarde, decidimos enterrar de pié, que ya son ganas de excavar, a Alonso que se había ofrecido voluntario para este curioso menester. Tras casi una hora horadando el terreno, varios niños se habían acercado curiosos para contemplar la abnegada labor que estábamos realizando, y cuando calculamos que parte del cuerpo de nuestro amigo se podía introducir en el hoyo, de rodillas eso sí, le metimos y empezamos a cubrirle. Allí le dejamos.

            José María recordó el miedo que pasó, días antes en aquella manifestación. Y con sus palabras comenzamos un debate sobre la actualidad política y que, derivando y degenerando, terminó con la polémica futbolística sobre los equipos sevillanos. Tan ensalzados comentarios nos llevaron al olvido de nuestro querido amigo, de Alonso al que habíamos dejado sepultado y a merced de las condiciones climatológicas.

            Fue el alboroto y algunos gritos de estupor lo que nos hizo recuperar el tiempo y la noción de la realidad. Unos hombres luchaban denodadamente por extraer la tierra que lo había dejado inmovilizado, solo con la cabeza al aire, con el rostro congestionado por el calor y rojo como un verdadero centollo. Corrimos como posesos y nos sumamos a las tareas para sacar la tierra y liberar a nuestro amigo, que ya comenzaba a escupir agua por la subida natural de la marea, mientras agotaba sus limitadas fuerzas intentado maldecirnos por nuestro olvido. Rescatado al fin, liberado de aquella opresión ingente que al poco le cuesta la vida, Alonso como un endemoniado hacía donde teníamos las neveras, se abalanzó sobre ellas y de un tirón de bebió dos botellines casi sin respirar. Luego nos miró y soltó una carcajada que no supimos muy bien cómo interpretar, dada la brusquedad de sus acciones.

            En el autobús, ya de regreso, achicharrados como brasas, molestos con las quemaduras que esparcían por nuestras espaldas, principalmente, tuvimos que soportar los mordaces comentarios de la señora que nos advirtió sobre la posibilidad de quemarnos. No paramos en ningún sitio y la noche comenzaba a tender sus oscuridades, sorteando el cárdeno horizonte que íbamos dejando atrás, cuando vislumbramos loas luces de la ciudad desde la cuesta de Castilleja. Emilio Pozuelos había realizado una rifa, para complementar sus ganancias supongo, entre los excursionistas. Una paletilla ibérica que le tocó a Alonso. El rigor de las desdichas y las fatalidades de aquel domingo playero se  compensaba con aquella gracia de la suerte.

            Aquella noche casi no pudimos dormir. Los excesos que nos conferíamos al amparo de la juventud y su vitalidad inherente comenzaban recordársenos en forma de quemaduras, aunque yo no dejé de reír hasta bien entrada la madrugada acordándome de las desventuras del pobre Alonso. Y supe, poco después, que a él le sucedió lo mismo.

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