La nube en el suelo. Capítulo 1. 5

            En la primavera de aquel año, poco antes de iniciar el periodo de exámenes, habíamos acudido al estreno de la primera película, la que catapultó a la fama de John Travolta, al menos como principal protagonista de un film, Fiebre del Sábado Noche. Un hito en el cine musical. La figura de Tony Manero se convirtió en  paradigma y modelo a imitar y las primeras discotecas de la época se llenaron de émulos del inmigrante italiano que se convierte en el danzarín heroico de los fines de semana de la noche neoyorquina. Bailongos danzando estrepitosamente coreografías extraídas de las escenas de la película para abajo las luces circundantes, redondeces luminosas que se proyectaban en las pistas de estos locales y que provenían de unas bolas cuajadas de espejos coloreados, colgadas en el techo del local, recorriendo los espacios sicodélicamente, alterando la natural oscuridad, merodeando los rincones donde se situaban las románticas parejas y dejar sus deseos al socaire y la vista de los mirones.

            Los añorados guateques comenzaron a intentar reproducir los escenarios, los lugares y la decoración de la discoteca Odisea 2001, que así se llamaba el salón de bailes del barrio latino de Nueva York, que por cierto existe de verdad y sigue siendo centro de atención y peregrinación de los nostálgicos de la década prodigiosa, en la que se recuperaron musicales esplendorosos y que habitan todavía en nuestra memoria.

            En las siestas del verano, en aquel mes de julio insufrible, cuando la paz y el sosiego se apoderan de las horas centrales del día, coincidiendo con el esplendor del reinado del calor y el canto monocorde y atosigante de las chicharras perforando la serenidad, certificando que el sopor es dueño del ambiente, y los lugares sombríos de las casas se convierten en remansos y refugios donde se habilita el descanso, donde se reposa y se aparta la pesadez de la incandescencia que es vertida sobre los solares y las calles, poníamos el viejo picú y oíamos las novedades que fueron en la juventud de nuestros padres. Todavía recuerdo los viejos éxitos de los Brincos, o las amorosos y bellos boleros de los Panchos o los dramas melosos de don Antonio Machín, que vivía en mi misma calle, en una casa que hacía esquina con la Avenida y que en nuestra niñez, apenas unos años antes, veíamos cruzar la carretera altivo y radiante para entrar en aquel fabuloso coche que le llevaría a otra ciudad, tal vez, para ofrecer un recital, y nosotros perseguíamos calle arriba hasta que la inercia y la velocidad del vehículo sonando trémulos en el altavoz del viejo equipo de música. Las horas vespertinas transcurrían entre Madrecita, del cantante cubano, y Si yo tuviera una escoba, de los Brincos e incluso, como paradigma de modernidad, Lolita del Dúo Dinámico.

            En aquel verano oí toda la música de los años sesenta, las canciones con las que bailaban mis primas en sus guateques, en las que conocieron el amor y el deseo con canciones de intérpretes italianos. Aquel legado discográfico de mis primas me fue introduciendo en las artes de la música y un día advertí que emocionaba oyendo la sinfonía del nuevo mundo, con la ópera Carmen o con el Requiem de Mozart; que el Carbonerillo erizaba mis vellos con sus fandangos, que las coplas de  Pepe Pinto, a las que solía acompañar un recitado, elevaban mi emoción a límites insospechados o que Dª Juana Reina o Marifé de Triana exultaban mis emociones con aquellas canciones de Quintero, León y Quiroga, que eran como operetas, extraídas vivencias de la misma vida. Así lo mismo escuchaba los éxitos del momento como oía a José Guardiola melando mi sangre. Esto último intentaba ocultarlo ante mis amigos no fuera ser que me vieran como un ser extraño, inapropiado y retrógrado cuando lo primaba era la canción protesta, el moderno ondear de banderas que reclamaban libertad y justicia. Clara que a mí también me gustaban Joan Manuel Serrat, Carlos Cano o Víctor Manuel, cuando todavía no había sido vencido por sus ansias mercantilistas y por su denodada e interesada lucha en favor de los derechos de los autores, que siempre han beneficiado, principalmente a los mismos.

            Era viernes y la canícula se había cebado cruelmente con esta ciudad. Las calles aun rezumaban vapores que se elevaban al cielo cuando los vecinos y comerciantes regaban las puertas de sus casas y establecimientos, en un intento por repeler y desprenderse de aquella sensación de ahogo que les mortificaba. Comenzaba a recuperarse la vida y el desierto paraje que unas horas antes tamizaba la visión tomaba un cariz humanizado por la presencia de los vecinos. En las aceras se incrementaba el tránsito con los primeros paseantes, con quienes huían de sus hogares, hartos de ventiladores que removían el calor y convertían las estancias en hornos al centrifugar el viciado aire, para buscar un alivio en la terraza de Baturrones o en la Pastora. Éstos eran los lugares de veraneo para quienes no podíamos concertar un mes de vacaciones en la playa de Chipiona o la Higuerita, vulgo Matalascañas, donde sí acudíamos en las excursiones dominicales que organizaba Emilio Pozuelos, y que servían para amortiguar la pesadumbre que los poseía cuando veían las nuevas tendencias vacacionales en los tráilers del NODO o en los reportajes que se emitían en la televisión. Veraneantes de un día con sombrillas, tortillas y filetes empanados.

            Resurgía la vida conforme las calles iban anegándose de sombras, desprendiéndolas del vértigo del calor, desmembrando las retículas dilatadas de los terrizos de las aceras. Una sinfonía vertebrada de persianas recogiéndose ponía banda sonora a la escena del atardecer. Los más viejos residentes aún mantenían la costumbre de sacar una silla a la puerta y reconfortar sus maltrechos cuerpos, ahítos del descanso necesario, con las escasas brisas que descendían desde el promontorio donde se ubicaba el colegio del Moro, recorriendo la avenida, y comentaban el fresquito que corría y qué alivio para el cuerpo. Y siempre guardando la esperanza de poder conciliar el sueño aquella noche.

            En la puerta del cine Delicias ya estaban todos cuando llegué. Exculpé mi demora con un subterfugio insignificante e insulso. Ni yo mismo me convencí, pero nadie solía enfadarse por los atrasos, excepto José María, que ceñía el entrecejo advirtiendo con aquel gesto su constante disconformidad con la impuntualidad. Antonio e Isidoro –que eran hermanos- Alonso, Luismi, Juanlu y José Manuel –que también eran hermanos-, Octavio, José María y yo. El elenco completo. Todos camino del Burladero. Nunca supimos de aquel paso previo al abordaje del bar. Podíamos quedar directamente en el local pero tal vez sentíamos la necesidad de conjugar nuestros propósitos antes de dirigirnos a él, de mantener unos momentos de confidencialidad y posponer al arbitrio público algunas cuestiones que sólo debíamos conocer nosotros. En aquel vestíbulo columnado, atrium senatus para nosotros, que servía de vía de evacuación del local cinematográfico dirimíamos cuestiones de la importancia sobre dónde acudir en la tarde del sábado, si al centro o nos desperdigábamos por la ambrosía urbanística de Triana, que siempre hay un bar que descubrir, que disfrutar, mientras practicábamos el noble ejercicio del paseo. Pero aquella tarde nos deparaba un sorpresa, algo nuevo. José Manuel había convencido a su padre para que les dejara organizar una fiesta en la azotea de su casa. Una fiesta que debíamos nosotros preparar y después recoger y dejar la estancia al aire libre, tal y como la encontráramos. La alegría con la que presentó la propuesta José Manuel fue inmediatamente frustrada por la inmediatez y la contundencia con la que Alonso respondió. La verdad es que fundamentos y razones no le faltaban. Había que buscar niñas, porque un guateque sin la presencia de féminas carecía de gracia, le faltaría esencia. Había que buscar, como si fuera hubiera sido tan fácil y estuvieran dispuestas y esperándonos en un saco de legumbres de la tienda de comestibles de Lorenzo para que las cogiéramos cuando las necesitáramos. Así, aquella tarde de viernes, en la terraza del Burladero, empezamos a preparar la primera fiesta con esa denominación, apartando el término guateque, porque dejábamos a un lado el tiempo de las melifluas interpretaciones de los grupos españoles e internacionalizamos la celebración, con la introducción de un pincha discos, el propio José Manuel, que había conseguido el Lp de los Bee Gees “Saturday Night Fever” banda sonora de la película del mismo nombre, en inglés, con el tema principal Stayin Alive. Ya nos veíamos todos como Tony Manero y encandilando a las niñas con nuestros sinuosos movimientos. Acabábamos de entrar en la era disco y el hito se desarrollaría en una azotea de la Trinidad.

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