La nube en el suelo. Capítulo 1. 6

Nos pasamos la mañana del sábado trasladando todos los útiles desde la vivienda hasta la azotea. El equipo de música, una mesa donde ubicarlo, vasos de tubo, unas neveras de playa para poner los refrescos a enfriar, diez litros de cerveza Cruzcampo, dos botellas de ginebra, una de whisky Dyc y otra de ron Negrita. Alguien aportó una garrafita de vino de Málaga que no se incluiría en el escote posterior. Juan e Isidoro se encargaron de confeccionar unas guirnaldas luminosas para dar un toque de festividad y colorido al ambiente. Se agregó a la tarea la hermana pequeña de Juanlu y José Manuel, los anfitriones, que fue tintando cada una de las bombillas que se integrarían en las tiaras eléctricas.

Juan Roldán se incorporó al grupo de la mano de Alonso. Se conocían por motivos profesionales. No es que pertenecieran a la misma empresa, que trabajaran juntos, pero los negocios en los que se ganaban la vida si mantenían vínculos comerciales entre ellos. Alonso había entrado de aprendiz en un taller de mecánica cuando aún tenía edad escolar. Sus días de estudio habían quedado en la última fase de la educación general básica, la EGB que no había concluido, porque era más hábil con las manos, más diestro en el engarce de tornillos y tuercas, en el ajuste de émbolos y pistones, que en destacar las excelencias del Conde Duque de Olivares o destripar semántica y morfológicamente un texto de Antonio Machado. No es que los confundiera con futbolistas, no era tan bajo su nivel, que les reconocía e incluso admiraba la poesía del poeta sevillano, entiendo que como emblema de la cultura de los nuevos tiempo que se comenzaban a vivir, pero prefería mancharse las manos de grasa  a tener que depender de su retentiva memorística para labrarse un porvenir. Al fin y al cabo, decía, era un empleo digno y con futuro, porque siempre habrá coches para arreglar.

Juan trabajaba a pocos metros del taller donde lo hacía Alonso, en una empresa de neumáticos, donde los recambiaban y recauchutaban, principalmente a camiones, vehículos comerciales y furgonetas, aunque también realizaban estas mismas tareas para vehículos particulares y le servía las cámaras a los talleres aledaños cuando les eran solicitados, y bien Alonso se desplazaba a recogerlas o era Juan quién se encargaba de llevarlas al taller. Así comenzaron una amistad que se fue ampliando cuando coincidían, muchas mañanas durante la hora del desayuno, en la cafetería entroncada en la esquina de la Carretera de Carmona con Almadén de la Plata. También abandonó los estudios a muy temprana edad para incorporarse al mercado laboral. Al contrario que Alonso, cuya familia disponía de medios económicos suficientes para subsistencia, al aprendiz de instalador de neumáticos fue la necesidad la que le obligó a incorporarse al mercado laboral para incrementar el paupérrimo nivel económico de la familia, que con muchas dificultades llegaba a final de mes. Nunca le observamos un reproche, ni mostró descontento alguno por aquella situación. Muy al contrario, se mostraba favorecido porque al menos, entregada la paga semanal en la casa, podía disfrutar de una independencia financiera, que le procuraba cierta emancipación, a pesar de tener fijado su domicilio en la vivienda paterna. Tenía nuestra misma edad, aunque su apariencia quisiera mostrarnos otra. Poblaba ya luengo y frondoso mostacho, lo que le dotaba de personalidad. Hablaba con pausa y siempre aportaba razonamientos en los envites dialecticos que proferíamos. Compartimos devoción mariana y durante algunos años salimos de nazareno, juntos en el mismo tramo, en la madrugada del viernes santo.

Pasado el mediodía, José Manuel y yo, fuimos al por las barras de hielo. Lo hicimos en su coche, un Seat 133, de segunda mano, que le había comprado su padre para que le fuera menos penoso desplazarse hasta el cuartel, como si tuviera que ir a Irún. Porque la distancia entre su domicilio y el lugar donde realizaba el servicio militar distaba a apenas unos cientos de metros, el recorrido entre la Trinidad y la puerta de la Carne. Llegamos a la fábrica de Hielos de Sor Ángela de la Cruz cuando las cigarras entonaban su primera sinfonía, un aviso del calor que se cernía inmisericorde sobre la ciudad, una urbe en calma donde los comercios permanecían abiertos a la desolación, vacíos porque la clientela comenzaba a refugiarse en sus casas, en las sombras que proporcionaban las estancias acotadas  por persianas y celosías. Compramos tres barras que situamos, sobre un jergón de plástico, en el asiento trasero del vehículo, no sin dificultad porque el coche no tenía más que dos puertas. En una de las maniobras, una falta de entendimiento y coordinación, motivado por el paso de una atractiva mujer, una de los trozos de hielo salió despedido de nuestros brazos y fue deslizándose hasta la misma esquina de la calle Gerona, con la mala fortuna que un camión de reparto de la Casera lo convirtió en minúsculas partículas acuosas y uno de los trozos mayores salió despedido, con la fuerza de un proyectil, impactando contra una de los cuarterones de una ventana destrozando el cristal. Miramos a ambos lados de la calle, y sin decir palabra, nos introdujimos en el coche y salimos como alma que lleva al diablo. Apenas recorrimos unos metros nos percatamos de no haber recogido el cambio ni la factura y decidimos unánimemente dejar las monedas sobrantes del billete de cien  pesetas para el bote.

El tema de las chicas quedó resuelto la noche anterior. Teníamos hermanas que conocerían a otras niñas. Ellas se encargarían de contactar con sus amigas. Se pasaron toda la mañana del sábado intentado localizarlas. Unas se excusaron porque tenían otros planes; otras porque no querían participar de una fiesta; en la mayoría de los casos ni siquiera pudieron tomar comunicar con ellas. No todo el mundo tenía teléfono, ni podían mantener un lujo como aquel. Al final, entre mi hermana, la de Alonso y una amiga de José Manuel, lograron conformar un grupo de niñas para participar en la fiesta. Un solo motivo enturbiaba aquella vinculación festiva. La mayoría tenía que volver a sus domicilios a las once y con el compromiso de tener que acompañarlas. Valiente fastidio.

Cuando regresamos ya estaba todo el escenario de la fiesta dispuesto, preparado para iniciar el gran acontecimiento y un halo de satisfacción se perfilaba en cada uno de los rostros que nos recibieron. No hay nada mejor y más gratificante que la realización de una obra por uno mismo, saber que cuanto vamos a disfrutar ha sido manufacturado e ideado por nosotros, Habíamos decidido eliminar de nuestro léxico la palabra guateque, ya decadente, de otro tiempo paupérrimo y paternalista, y sustituirla por la de fiesta, más actual, más cercano a nuestra idiosincrasia. Si queríamos mostrarnos como jóvenes modernos, de esos tiempos de constantes y vertiginosos cambios, parecernos a los que se mostraban en las últimas películas americanas, teníamos que reconvertirnos y empezar a utilizar un vocabulario acorde al nuevo modus vivendis al que aspirábamos. Sin embargo, aquel escenario distaba mucho de las pretensiones modernistas de las que ya presumíamos. Las guirnaldas, con las bombillas coloreadas, atravesando la azotea de vértice a vértice, sobre las guías de los cordeles donde se tienden las coladas, el equipo de música con sus dos grandiosos bafles sobre la misma mesa donde se disponía antes el picú, las neveras con las barras de hielo, incrustados en los vidrios de las botellas, y en un rincón, al cobijo y salvaguardia de la luz solar, incluso el propio espacio, la azotea, seguían manteniendo la figuración de las viejas reuniones con las que disfrutaban nuestros padres, nosotros mismos como herederos de los placeres decimonónicos. Aquello no se parecía en nada a la sala Odisea 2001, donde Tony Manero embelesaba a las jóvenes con sus increíbles danzas. Solo en nuestra imaginación, y por el denodado esfuerzo en transformar la cubierta del edificio en eventual discoteca, podía concebirse el cambio, solo en nuestra mente, febril e inocente en demasiadas ocasiones, éramos capaces de construir un nuevo mundo para el esparcimiento y el ocio, solo desde nuestra imaginación podían proyectarse las ansias por ir descubriendo nuevos conceptos, nuevas metas con las que ir mejorando la existencia, aumentando el conocimiento con la experiencia, conociendo a nueva gente que nos ayudara a expandir nuestros pensamientos. Todavía no manteníamos conciencia de nuestras aptitudes y actitudes, porque la juventud latente en el corazón nos empujaba a actuar por impulsos, en demasiadas ocasiones por la pasión descontrolada, nos dejábamos arrastrar por la fortaleza de la mocedad que rezumaba en nuestros espíritu y nos convocaba a la revolución personal y univocaba, a inmiscuir a otros en aquel tránsito por el tiempo que nos iría imprimiendo el carácter y mostrándonos diferente en cada momento. La transición sentimental, el paso de la frontera para iniciarnos en la condición sentimental, para convertirnos, sin darnos cuenta, en hombre y mujeres.

Las horas se volvieron pesadas, lentas como una caravana de tuaregs atravesando el Sahara. El minutero del despertador, mi referencia horaria visual, parecía haberse estancado y apenas avanzaba por la circunferencia de su esfera. El silencio de la siesta traía, dislocado y pausadamente, el sonido de la maquinaria, el tic tac del reloj que nos certificaba la muerte del tiempo, la mudanza del presente al pasado, el juego del tiempo mortificando nuestras ilusiones, demudando el futuro, hasta convertirlo en presente y hacerlo eterno en el pasado, y todo en el transcurso de un segundo. La teoría de la relatividad mostrándose en nosotros mismos. Maldito Einstein. Todo sucedía contrariamente a nuestros deseos. Ansiábamos poder compartir nuestra amistad y el tiempo parecía ralentizarse. Sin embargo, corría como un poseído perseguido por un toro, cuando nos reuníamos, cuando reíamos las bromas y las gracias de Alonso sobre Isidoro, o cuando manteníamos aquellas conversaciones sobre los más diversos temas, desde los más importantes a los más nimios, pero que nos engrandecía en el respeto y la consideración hacia la opinión de los demás.

Lo que todavía no sabíamos, inmiscuidos aún en nuestros juegos de adolescencia, era lo que se nos venía encima con el descubrimiento de nuevas sensaciones, de nuevas emociones de las que no habíamos sido suficientemente informados, en la parquedad sentimental destrozada por el conocimiento de la belleza, de las que no habíamos tenido referencia hasta aquella misma noche y podían venir envueltos en delicado celofán de unos ojos negros capaces de aturdir la razón, de una voz resuelta y pizpireta capaz de hacer desaparecer cualquiera de los sonidos humanos, de la tibieza de una mano que se apega, con delicadeza y suavidad, en torno a la cintura o incluso los silencios producidos por la aniquilación de los sentidos porque se han entreabierto los labios para exhalar un levísimo suspiro que sirve de trasfondo a una canción de amor de Joan Manuel Serrat.

Pero todo andar tiene un camino que necesita espacio para poder ser andado, que necesita tiempo para ser recorrido. Y eso tendría que llegar.

José Manuel se había preocupado de poner música de fondo para ir recibiendo al grupo. Cuando llegamos, habíamos quedado todos los demás en la puerta del cine Delicias, para no perder ni destruir la costumbre de caminar en manada, aún no habían hecho acto de presencia las niñas. No nos importó y comenzamos, con la música del rock sinfónico de Triana como fondo,  a tomar unas cervezas que nos supieron a gloria, porque aunque trayecto había sido corto, el calor seguía atosigándonos. Camisas de mangas cortas, colores pálidos cuando no blancos, y pantalones vaqueros, por lo general Lois, era la indumentaria con lo que acudimos a la cita. Juanlu, en un súbito ataque de romanticismo, tomó un disco de José Luis Perales para embriagar el ambiente con la melancolía, cuando no con un deje de tristeza. Todos disimulamos nuestra satisfacción, porque a todos nos gustaban sus melodías, y elevamos sonoras quejas por el repentino cambio. Aunque instantes después supimos que había jugado con ventaja, porque vio aparecer, apostado en el pretil de la azotea, al grupo de niñas que vendría a llenar de ilusión, colorido y alegría aquella primera celebración de la etapa de modernidad en la que nos introducíamos. Y todos empezamos a soñar que éramos Tony Manero.

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