La nube en el suelo. Capítulo 1. 7

            La luz comenzó a descender. Las sombras caían de improviso cegando las claridades, transformando el espacio en un lugar sombrío donde las guirnaldas de luces apenas podían con aquella noche que se venía encima, dotándonos a nuestras figuras de un aspecto siniestro, desfallecidos rostros donde habitaba la alegría. Desde el pretil de la azotea podía contemplarse la línea del atardecer deshaciéndose por el Aljarafe. Lo que hasta unos momentos antes era densidad cromática, juego de colores que se fundían para diseñar la paradoja de la evolución de la vida. Algo es necesario que acabe para que empiecen otras. Una franja cárdena pendenciaba con los campos que se incrustaban en los perfiles de la lejanía y alzaba su poder hasta convertir el azul en un manto agujerado por el azogue de las estrellas, la quietud imperecedera por el temblor de los astros que se confabulan para deshacer las quietudes y anclar las inquietudes en el mismo centro del universo y solo bastaba alzar la mirada para mantener la certeza de la pequeñez humana. No había descenso más hermoso que el del sol horadando el horizonte, aniquilando los extremos del cielo por donde huía, con sus haces flamígeros inyectando calor,  para mostrarse a otros ojos, para dorar otros campos, para iluminar otros rostros y desbancar al deseo. ¿Tendría la misma densidad este astro en otras latitudes? Ahora se agigantaba en la estría del confín del mundo. ¿O acaso no era aquello el final de una etapa? El sol se deja vencer  por el crepúsculo y la luna aparece radiante para desatar el furor del deseo, la sed de la vida que solo se calma bebiendo de la fuente donde se concentra el cariño, el eterno caudal del amor. En unos instantes todo cambia. Basta con un sortilegio del destino, con la confabulación de las fuerzas naturales, de las que no poseemos su control, que desatan sus advenedizos comportamientos según su particular y libre albedrío, configurando aptitudes y comportamientos que residían en nuestro interior, de los que no teníamos más constancia que los impulsos que surgen con la ira y la devoción. La voluntad viene luego para preservar los derechos y las emociones que se adquieren, los que prenden de la hermosura de una silueta que se adivina emergiendo de la oscuridad, huyendo de la clandestinidad y el anonimato, de la manifestación de la sensualidad y la sexualidad nueva que nace a la nueva visión y al sentimiento que tiene la convicción, de que en algún lugar del cosmos existe la realidad que traspasa el sueño.

            Los instintos hibernan, se asientan la sima donde pervive la paciencia, laten, sienten y duermen hasta que los alertan las convulsiones sensoriales. Vienen acompañados por una tremendo e inquietante sensación de desasosiego, turbado por la inseguridad, de la duda por no verse correspondido. Hay alertas que nos avisan y descubren signos que nos conmueven. Una sonrisa es una tesis de acepción; una mirada es capaz de torpedear la línea de flotación de la nave donde reposa la seguridad. Hay motivos que nos devuelven la ilusión y situaciones que parecen provocar el caos.

            Uno se vuelve a las palabras que invocan tu nombre, que requieren de tu presencia y tu atención. Entonces emana una fuerza que radia la rebeldía, que se indisciplina y se rebela en contra de tu propio ser, de la conducta que antes estimulabas y ahora se despeña ante aquellos ojos que brillan en la semipenumbra. Un gesto, una  leve inclinación hacia el rostro en el que no creías, aquella fisonomía que cuida los campos del Olimpo, que se presenta y altera los pulsos, que hace alarde de su fortaleza y  destrona la quietud y serenidad, que invoca la perdición. No valen disimulos ni esquives porque ya eras la presa, un trofeo que cuelga en las paredes de tu propio ego. Una sensación que extraña y perturba.

            La música de los Bee Gees va perforando la noche y nos trae la reminiscencia de otras noches en los confines del mundo. Hay unas vecinas, en los bloques de enfrente, que se acodan en las barandillas de las terrazas y nos observan. Están sorprendidas y hablan entre ellas, aún separadas por la ranura que se precipita al vacío, mantienen una complicidad extraordinaria. Bisbisean frases que no logro entender o es el ruido, el cascabeleo de aquellas composiciones y voces chirriantes y la distancia que amortiguan e inhabilitan la comprensión. Ríen estrepitosamente. Tal vez porque observan los bruscos y violentos movimientos que efectúa José María. Parece excitado pero no es más que los efluvios del alcohol, que engaña con la coca cola y unos trozos de hielo. Gira sobre su inestable eje, se desplaza a la izquierda, luego a la derecha, ha creado un hábitat en torno a sus estrambóticos movimientos que él se obstina en hacernos creer que es danza, baile de discoteca. Alonso le ha llamado la atención cariñosamente porque ha estado a punto de atropellar a chica que está con él.

            Mercedes reclina su cuerpo en el ángulo donde convergen dos balaustradas. A pesar de su envergadura y su apariencia parece tierna y sensible. Se refugia en la esquina mientras mueve sus piés al son de la música. Tiene apenas dieciséis años pero es la que aparenta ser mayor. Mi hermana tiene su misma edad y todavía no se ha desprendido del tamiz juvenil, de un carácter que embriaga con la sonrisa y sostiene la capacidad para compensar su timidez con un halo de introvertida extravagancia. Todo lo contrario de Toñi que enseguida ha presentado su extrovertido carácter acercándose al grupo masculino, haciéndose ver, pavoneando su figura. Es menuda y pizpireta, resultoncilla y esconde en su extremada locuacidad y altivez un pequeño complejo de inferioridad que nunca admitirá. Antonia es la hermana de Alonso. Ha cumplido los veintiuno y ya mantenido una relación sentimental importante. Tiene un hijo al que su tío adora. Su alegría contagia y sobre ella se han situado el resto de chicas. Algunas también se acaban de conocer pero ya se han vinculado, han tendido una red de lazos tal como si compartieran amistad de años. Han congeniado inmediatamente. Inés y Mari Paz comparten la misma sangre y se han apartado un poco del grupo para hablar entre ellas. Miran, auscultan y sondean cuanto ven. Parecen examinarnos. La música todavía no logrado religar a los dos sexos. Su frenética composición ha delimitado fronteras en aquel pequeño territorio. Carmen me atrae. Disimulo cuando siente que la observo y miro hacia otro lado. Sonríe. Luego se vuelve conversa. Juanlu no deja cortejar a Mari Carmen, a la que persigue desde la más tierna infancia, desde que compartían aula y estudios en el colegio. No vive más que para ella. La acompaña, la sigue cuando intenta desasirse de su compañía, un Otelo sonrosado que se hunde en la podredumbre de los celos si intercambia una mirada, si habla o si calla. Solo tiene voz y palabras para ella y elude cualquier conversación con los amigos y se concentra en su figura y en sus desplazamientos. De nada sirven las advertencias ni los consejos. No hay razón para el amor. Se obstina en querer que le quiera. José María sigue bailando, girando frenéticamente, alterando su estabilidad en cada giro, convocando al vértigo.

            Sigue haciendo calor a pesar del advenimiento de la noche. Ahora sí que las guirnaldas dotan de luz a la azotea. Alguien ha abierto la garrafita de vino dulce y lo mezcla con coca cola en una jarra y ofrece a todos aquella combinación. Por fin se ha terminado el disco de los Bee Gees. Un ronroneo en los bafles nos lo delata. José Manuel, que no parado de hablar con Antonia, ha salido como alma que lleva el diablo hacia la mesa donde se ha dispuesto el equipo de música. Busca entre las carpetas discográficas, sondea con la visión el paraje que se ha envenado con el silencio. Juanlu está sometiendo a Mari Carmen a un interrogatorio de tercer grado. Octavio, su hermano, intercede por la joven. Isidoro, atendiendo a un gesto del pincha discos, ha desconectado dos de las guirnaldas. La luz es mínima y hay un receso de las jóvenes hacia las barandillas, amparándose en las paredes, como protegiéndose de las solicitudes que vendrán. Hay dudas en los gestos, dudas en los movimientos. Hay una confusión de miradas que se parapetan en la vergüenza, que buscan cobijo en apocamiento y en el pavor a recibir una negativa. Los altavoces se agitan. Suena la música pausadamente, con una serenidad aplastante. No hay estridencias ni voces chillonas incitando, en inglés además, a moverse hasta la extenuación. Se van soltando vasos y hay pasos que confieren ya intimidad, aunque la formalidad de la compostura no pase más allá unos brazos asidos y rozando la nuca y unas manos posándose con suavidad sobre la cintura de la chica. Hay una introducción de una guitarra acústica que nos trae recuerdos de un concierto de rock sinfónico andaluz, de gente extasiada y repitiendo la letra de la canción, de Jesús de la Rosa dando una calada a un cigarrillo y el público tarareando la melodía de El Lago. Pero ahora es la intimidad y la acepción de la realidad, ahora no hay más espacio donde resguardarse de la timidez. Miro y escruto. La busco. Ya hay varias parejas bailando. Vuelvo a mirar veo como la noche ha perfilado su silueta, como presenta su figura la aire, como la toda la Grecia clásica se posa en su perfil. Dudo. Siempre dudaba porque temía a la negación de mi voluntad, al escaso entendimiento sobre la importancia de la seguridad. Me ha mirado con furtividad y se ha revuelto inmediatamente, acodándose serenamente sobre el quicio de la baranda. José María sigue bailando, ahora muy pausadamente, moviendo su cabeza y mantiene los ojos cerrados. Me acerco, le pido que baile conmigo y acepta. La luna acaba de desprenderse del cielo y yo la tengo asida. Mi torpeza en el arte de la danza se manifiesta inmediatamente y sus palabras me sugieren que la siga en sus pasos. Obedezco y enseguida me veo contoneándome en la exageración. Triana sigue confinando nuestro espíritu en un lago, en ese edén al que se accede desde el mismo deseo. Las dos vecinas siguen observándonos, sonriendo. Mari Carmen y Juanlu continúan con su discusión. Mercedes y Alonso ríen mientras bailan y yo le pregunto a Carmen que cómo se llama.

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