La nube en el suelo. Capítulo 1. 8

            Dicen que la infancia es la patria del hombre, que no hay días ni años más felices que los que somos capaces de recordar ataviados con el espíritu de la ingenuidad y la sencillez, el espacio donde reposan sus sueños, donde se descubre la fuerza y el poder de la fantasía para poder sobrevivir a las futuras calamidades, un reino único y maravilloso en cuyos territorios se forjan las ilusiones que luego sirven para apaciguar a los hados de los desmanes que vienen a transgredir la normalidad en otras épocas; son las vivencias sedimentadas que provocan evolucionan y tornan las quimeras en realidades o nos atormentan con las imprevisiones de las fatalidades. Esos años en los que la malicia no es más que el despojo de las acciones que provienen de la inocencia, de la carencia de aspiraciones para derroches inútiles.

            Traspasada la frontera, la delgada línea roja de años que nos delimita y señala los sentimientos, que nos va descubriendo la vida y sus dolores, los primeros trances amorosos que abren heridas y que marcan, con sus cicatrices, el inicio de la adolescencia, nos vemos impotentes la discurrir incontrolados de las emociones, de sentimientos que creímos capaces de controlar porque aún no habíamos tenido constancia de la hermosura de una mirada, porque solo hasta entonces, hasta ese preciso momento, solo habíamos flirteado con el amor, habíamos jugado con el corazón, preparándolo en la inconsciencia para lo que habría de venir. No era preciso involucrarse en las profundidades de la consciencia, porque un beso tímido, posado en la mejilla de la niña a la que acompañábamos a la salida del colegio no era más que la abertura de la puerta por la que queríamos despedir la candidez. Un beso inesperado de la niña con la que cruzábamos risas de complicidad en la clase, era la absolución y el despojo de los traumas infantiles. Un beso para luego huir y soñar, una moneda de afecto inocente que se cambiaba por un sonrojo mientras los compañeros gastaban bromas que llegaban a la impiedad y que a veces provocaban la hilaridad, tal vez porque no tenían noción de la aventura que es enamorarse, porque actuaban desde el desconocimiento absoluto de la locura primera, de esa sensación que va adentrándose por los poros de la piel cuando aparecía por la esquina, como las doncellas de las novelas de amor. Tan fútiles y inocentes aquellas primeras sensaciones que navegaban por las bravías y tormentosas aguas del corazón, tan rápidos los cambios que provenían con el cumplimiento de los años, tan exagerados y rotundos, que igual que llegaban se iban porque pacíamos, todavía y gracias a la divina providencia, en los campos de la amistad, en los páramos donde buscábamos el refugio y la solución a nuestros problemas apoyados en el hombro del amigo, del compañero que siempre estaba allí. Intentábamos ser leales con nuestros principios, todavía firmemente arraigados a la infancia. Sería por la terquedad de no querer desprendernos de lo bueno con que fuimos proveídos, con la intransigencia por deshacernos de las fantasías que habíamos creado en torno a nuestro ser, un conglomerado de actuaciones y situaciones perfectas, que veíamos derrumbarse conforme pasaban las semanas y lo que unos días antes no era más que causa de nuestra despreocupación se tornaba en seria intranquilidad. Nos fustigaba tener que peinarnos cada día y tomar el camino del colegio ataviados con el uniforme nos era indiferente hasta que un día, sin saber por qué, sin entender la causa, nos empezamos a instruir en el decoro, y nos negábamos a ponernos la indumentaria reglamentaria del centro de educación, y nos rebelábamos contra esa norma porque empezaba a florecer en nuestro espíritu el prurito de la presunción. Y nos aseábamos con más contundencia y, disimuladamente cada amanecer, antes que entraran al baño nuestros padres y hermanos, centrábamos toda la atención que éramos capaces de retener, en el labio superior y creíamos adivinar un pequeña línea negruzca, fuerza de la imaginación, ansias de crecer, expectativas para poder destacar como el hombre que todavía no éramos. Ansias por traspasar el tiempo, por derrotar la pulcritud de la razón que nos es congénita para despeñarnos por las laderas de la adolescencia y dejarla atrás con prisas, con precipitación. Un arrebato, que con el transcurso de los años, cuando nos curten los avatares de la vida cotidiana, nos negamos a asumir e invocamos a la añoranza como remedio tardío, sabiendo que ya es irremisible, que no hay vuelta atrás, que los estratos vitales hay que vivirlos en cada momento, disfrutar con honestidad y naturalidad cada fracción de la tarta que nos dan a degustar.

            No importaba la carencia de luz, ni nos aturdíamos con las distancias. La alegría nos señalaba y descubría el camino. Caminar para desandar las horas, para descubrir la fluidez con la que navegan los minutos cuando la conversación es el motivo que reaviva la alegría, aunque se traten los temas más nimios, un derroche de  fantasía porque crees advertir que sonríe en correspondencia a tus miradas, que la chica que camina junto a mantiene un hálito de fijeza y admiración a cuanto dices, porque crees que se encandila con tus palabras, más aún con tus gestos, y descubres la seguridad y la serenidad aposentándose en los poros de tu piel. Alonso y Mercedes se han desviado del camino que seguimos los demás, porque la casa de la niña está próxima. Hemos cruzado un gesto de complicidad, un ademán para volvernos a ver esa misma noche y certificar, aún sin saberlo nosotros mismos, que habíamos descubierto un sendero nuevo en nuestras existencias.

Había gente aposentada en los escalones de las entradas a las casas, desajustándose camisas y batas para sofocar las altas temperaturas de aquella noche de julio, y que nosotros apenas apreciábamos porque discurríamos por otros mundos, sentadas en los zaguanes, mujeres abanicándose con fruición como si el pertinaz movimiento, reiterado, nervioso casi y mmmmmm, porque creían que podían hacer huir al calor, que la impiedad de aquella noche desparecería con sus acelerados giros de abanico. Si se fijaba uno, en las profundidades de los portales, donde la oscuridad era tiniebla misma, de vez cuando prendía un ascua minúsculo, el cigarro consumiéndose por la inhalación feroz del hombre que inundaba sus pulmones de toxicidad, que descubría un rostro siniestro y deformado, surgido tal vez de las mismas profundidades de la tierra, del mismo infierno, mientras surcaba el aire, tras exhalación voluntaria, una ondulante nube que se diluía casi de inmediato en la penumbra vencedora. Manteníamos la certidumbre que sus ojos se clavaban en las piernas mozas de las niñas que acompañábamos. ¿Qué extraños pensamientos rondarían la mente del solitario fumador, emboscado en la oscuridad? ¿Dónde fenecerían las ideas mientras desaparecíamos de su vista?

Nos despedimos con una sonrisa que mantenía visos de próximos encuentros. Inés y Mari Paz habían quedado en el camino. Mi tocayo, su hermano y yo continuamos unos metros más flanqueando a Carmen. José María nos seguía a cierta distancia, con dificultad. Todavía mantenía ciertos niveles de alcohol en su cuerpo. Llevaba la camisa totalmente abierta, descubriendo la blancura castellana de su piel y su escasa pero fornida musculatura. De vez en cuando se paraba, como para tomar aire, y continuaba intentando darnos alcance, esfuerzo ímprobo que no logró hasta que llegamos la pequeña zona de recreo que antecedía a la casa de Carmen.

Durante un tramo del recorrido de vuelta no intercambiamos más palabras que las incongruentes frases que iba profiriendo José María. Vimos a Alonso y Juan esperando en una esquina. Un patrullero de la policía nacional pasó lentamente junto a nosotros. Nos miraron e intentamos disimular, procurando que aquello era producto de nuestra imaginación, que no se pararían. El mil quinientos aceleró y se perdió por el entramado de calles que rodean a la Barzola. Isidoro exhaló un suspiró con el que bromeamos todos intentando encubrir el repelús que mantuvimos con aquel sondeo visual de los agentes y que sólo él tuvo la valentía de no esconder. Seguimos sin hablar. Cuando llegamos a la esquina donde los dos mecánicos nos esperaban José María espetó un eructo, tan grandilocuente y exagerado, que una pequeña bandada de pájaros, que reposaban en la copa de un árbol, salió disparada hacia el cielo, seguramente asustada por el exabrupto del  joven, que inmediatamente se dejó caer sobre el tronco, aferrándose a él con las dos manos, y devolver sus excesos etílicos al medioambiente sevillano.

Aquella noche tuvimos la certeza de que empezábamos a cruzar la delgada línea roja de la ingenua mocedad para penetrar en los campos de la adolescencia, a cultivar los ejidos de la desazón con la simiente del pasión, a pleitear con la razón y a descubrir que hay accesos emocionales que embriagarían nuestro ser anegándolo con la melancolía, si acaso una mirada nos era esquiva. Pero sumidos en la inminencia de los recuerdos, de la primera visión, de las manos asolando los espacios de su cintura, con la música encantando los instantes, con la memoria fresca de los ojos que eran capaz de iluminar todo el sendero de la ilusión, el futuro no era sino referencia lejana y no nos importaba, solo el presente, si acaso añorar el pasado donde residía la promeso de una cita. Dormir, soñar y encontrar en los sueños una razón de vivir. Aquellos eran nuestros propósitos más inminentes.

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