La nube en el suelo. Capítulo 1. 9

            Opá, ¿por qué los moros tienen tanto petróleo y nosotros tanto vino? El niño mortificaba al padre con esta pregunta mientras echaba veinte duros de gasolina al Seat ochocientos cincuenta, en la gasolinera de la calle Torneo, cargado hasta las trancas y la mujer y la suegra, para poder emprender el camino a la playa. El padre era Paco Gandía y aquello formaba parte de una escena de la genial y desternillante película “Se acabó el petróleo”, film en el que compartía protagonismo con Pepe Da Rosa y Josele. Veinte duros de gasolina, un dispendio para tirarlo en la carretera. El padre, tras mirar al niño, con solemnidad y condescendencia, le respondía con marcada resignación en el tono de su voz, “porque va a ser miarma, porque Dios nos dio a elegir a nosotros primeros”. Y el abarrotado patio de butacas del cine Cruz Rosa se venía debajo de risa. Incluso había quién llegaba a aplaudir con entusiasmo. Y como no había techo que retuviera el jolgorio, las risotadas llegaban al extremo más alejado de Ronda de Capuchinos, atravesando el hilarante sonido la candidez y transparencia de la noche, que servía para amortiguar el sopor de la alta temperatura.

            Recuerdo aquel día y aquel instante preciso porque va unido a uno de los momentos más ingratos de mi juventud. Reír es la mejor forma de calmar el dolor, de desasistir las pausas que marca el tránsito de las alegrías a las penas, la manera más efectiva de aplacar las punzadas que producen las dentelladas de la frustración, al menos momentáneamente. Ese lapsus analgésico que perdura mientras se abstrae la mente, mientras se intenta engañar al corazón con sensaciones alegres, viene a ser el tratamiento sobre la concreción de la conversión del estado puro al contaminado. Una experiencia que pierde todo su poder sedante cuando la razón comienza la búsqueda del origen de los males, intentando recuperar las imágenes y el detalle para descubrir los errores, los comportamientos que motivan el desengaño, las explicaciones casi imposibles, resoluciones casi inviables, como extrañas y dificultosas ecuaciones sentimentales, donde todo carece de igualdad final ante la naturaleza espiritual que la sostiene.

            Las puertas del cine Delicias se abrieron de par en par y exhaló aquel suspiro refrescante, como si fuera un ser vivo aliviado de males y extraños, con fragancias reconocidas de aquel ambientador comercial que nos acogía y abrazaba en el vestíbulo antes de que nos engullera la puerta abatible para aislarnos del exterior en el patio de butacas, un exabrupto de oscuridad por donde salían los espectadores a deslumbrarse con la claridad de la tarde, a embriagarse con el sopor del calor, del que habían estado protegidos en el interior gracia al aire acondicionado, resguardados de la mordiente y extenuante calima que nos había mortificado, al resto de los humanos, durante las horas de la siesta mientras ellos disfrutaban de la comodidad de las butacas para echar la cabezada, que a eso iban la mayoría de los espectadores en las sesiones de la primeras horas de la tarde. Ahora volvían a la cruda realidad de la ciudad pero repuestos por el reconfortante sueño. Nosotros preferíamos el cine de verano. Arremolinarnos sobre las espesuras, recién regadas, de las plateas de albero, poder comer pipas mientras nos emocionábamos o nos aburríamos como ostras, hasta el extremo de quedar dormidos. Como le sucedió a Jesús María una noche, en la segunda sesión, viendo Ford Apache, que ya es mérito con el ruido de los tiros y los indios dando vueltas alrededor del fuerte, los caballos galopando y el cornetín del séptimo de caballería atronando para hacer huir a los malvados, que hasta roncó con estrépito para cachondeo de la concurrencia y regocijo de la pandilla.

            Sabíamos que tenía que aparecer en cualquier momento. Nos unían lazos de amistad de años, el haber compartido momentos de nuestra infancia, los primeros juegos que nos cómplices y las primeras emociones, el tonteo con las niñas del curso e incluso algún que enfrentamiento por cuestiones futbolísticas que enseguida eran resueltas con un abrazo. Era inevitable. Tenía que suceder. Y apareció, con el País debajo del brazo, provocando la hilaridad de todos. Algún recelo sí que mostraba en su caminar. Incluso advertimos un ademán para marcharse por donde había resulto llegar. Una huida a tiempo es una victoria. Pero su orgullo asturiano le empujó a continuar. Alonso le espetó su engaño y cobardía y Jesús María se tragó su orgullo, incapaz de revocar aquella sentencia. Intentó ampararse en su desconocimiento e incluso embraveció razonamientos con cierta virulencia. Respondimos de igual modo y nos alegramos que Alonso no estuviera. Se envalentonó por ello tal vez, por aquella ausencia, y buscó argumentos para atacar bajo la línea de flotación de nuestros sentimientos, cuando le comunicamos que habíamos conocido a unas chicas, con las que ya habíamos quedado. Y entonces embistió contra nuestra hombría y la conversación trasvasó los límites de la razón. El enconamiento fue tal que no advertimos cómo se aproximaban José Manuel y Alonso, que había coincidido en la bifurcación de las calles Albaida con José María Izquierdo.

            Fue un movimiento seco y brusco. Quizás la acción pudo ser inapropiada. La cobardía y el honor no tenían nada que ver con la frustración que sentimos cuando le vimos huir, despavorido, ante la presencia de lo que creían eran dotaciones de la policía preparadas para una contundente intervención, una huida en desbandada que le descubrió ante sus amigos, en una situación extraordinaria, a la que habíamos acudido movidos por la amistad que nos unía. Tocar la dignidad y la honorabilidad de Alonso o de los suyos era como meterse en un campo de minas y correr sin orden por él. Cierto fue que intentamos no prestar importancia a las provocaciones y restamos la consideración que tenían las alusiones a nuestra falta de compromiso político, a la fidelidad que, según él, habíamos adquirido sobre los valores sociales y el compromiso para la defensa de los menos favorecidos, por los oprimidos por el régimen fascista que nos gobernaba. Aludiendo a su condición obrera, dirigiéndose al aprendiz de mecánico, le espetó que más le valdría afiliarse a un sindicato y dejarse de pavonear con niñas, que aquello no era sino amariconarse. Alonso, en uno de sus alardes lingüísticos, le espetó que se pasaba a todas las fuerza obreras por el forro de sus pantalones, que ya tenía bastante con levantarse al amanecer y poder trabajar durante todos el día, concluyendo su perorata con alusiones haragán compartimiento de quién decía defender a las clases populares. Isidoro intentó sujetarle, pero el puño de Jesús María ya buscaba el rostro de su soliviantado oponente, pero el probo comportamiento lo único que consiguió fue desviar la trayectoria y el objetivo, porque toda la fuerza del golpe fue a recibirla el labio superior de Antonio, que al caer hacía atrás, mortificado por el dolor pero aún más impresionado por la mancha de sangre que empapó su camiseta, dio con su frente en la boca de José María, que también empezó a rezumar líquido orgánico. Juan, que llegaba en ese momento al lugar de los hechos, acelerando el paso ante el revuelo que se le presentaba, creyendo que eran chicos de otra pandilla que nos embestían, apartó a Jesús María vigorosamente, creyéndolo rival porque no habían coincidido en la fiesta, tirándolo frente a una de las columnas del recibidor del cine, y con el gesto las gafas de cubo de botella que salieron disparadas, con la mala fortuna que fue a golpear a Alonso en la espalda, que estaba siendo retirado por José Manuel, y al sentir al asturiano avasallando su cuerpo, intuitivamente sacó su brazo, con violencia extraordinaria, y golpeó en la nariz del prócer maoísta, rompiéndole los huesos propios de órgano olfativo.

            La escena, una vez la retahíla de golpes incongruentes inmovilizaron al personal, era dantesca, o mejor dicho esperpéntica, digna de la mejor escenografía de Bardem o Berlanga. Isidoro caído como un ángel en las escaleras de acceso a las viviendas del edificio, inmóvil suspirando lamentos inentendible. Antonio, su hermano, intentando que alguien le ayudara antes que se desangrara,  que se moría. José María, intentando poner calma sin prestar atención a su herida, separando a Juan de su propósito, que no era otro que recuperar sus gafas, y no volver a reavivar el altercado como creía su mediador. José Manuel tirado en el suelo, riéndose por no poder levantarse, y Jesús María recorriendo el espacio, de un lado para otro, repitiendo que se había roto la nariz. Alonso continuaba de pie observando a sus amigos. Juanlu, Octavio y yo no salíamos de nuestro asombro, creo que congratulándonos por no habernos visto envueltos en aquel despropósito, sin saber si reír, correr a auxiliar o llorar. Terminamos riendo mientras intentábamos valorar los daños de la contienda. Suerte que teníamos las urgencias del hospital de la Cruz Roja cerca. Allí corrimos para que atendieran a los magullados. Especial interés y prisa mostraba Antonio que creía morirse y le comentaba a su hermano que le despidiera de sus padres. Así de alegre era y espero que siga siéndolo. Con los apremios y las angustias accedimos al centro sanitario por la puerta equivocada, presentándonos de improviso ante el duelo de un difunto. En nuestro afán por recortar camino, no nos dimos cuenta que nos habíamos metido en el pequeño tanatorio del hospital. Ante la primera visión, ante la sorpresa de quienes entraban y el estupor de los familiares que velaban al cadáver al ver aparecer una grey ensangrentada ante ellos, desorientados por el dolor por la reciente pérdida de algún familiar o amigo, comenzaron a proferir pequeños gritos contra los invasores a su intimidad, a la poca vergüenza de los niñatos y a la falta de educación y consideración ante los momentos de dolor que estaban viviendo. Ninguno de nosotros replicó e intentamos salir lo antes posible. Antonio, que llegaba retrasado aferrado y apoyado en su hermano y con la apariencia de haber participado en la batalla de las Navas de Tolosa, al verse en aquel habitáculo, con un muerto frente a él, confirmó sus sospechas de que se hallaba en el umbral de la misma muerte y desfallecido cayó al suelo. Cuando despertó en la sala de curas de urgencias, preguntó si aquello era el cielo o el infierno, y la enfermera que le atendió sonrió con estrépito.

            Decidimos resarcirnos de tanta estupidez tomándonos una cerveza. Recorrimos el corto trayecto hasta la Bodega de los Modiles, riéndonos de lo que acabábamos de realizar, de la estupidez que nos llevó a enfrentarnos. Todos nos disculpamos con todos. Alonso, que pagó la primera ronda, se abrazó a Jesús María que correspondió con nobleza al gesto de fraternidad, mientras intentaba evitar que su nariz rozara con alguna parte del cuerpo de su amigo. Antonio lanzó un jipío de dolor cuando la cerveza hurgo en la herida de su labio y todos reímos su exagerada hipocondría.

            En la cartelera del cine Cruz Rosa, que colgaba en la entrada del local y por ello tenían acceso gratis a sala los propietarios y su familia, anunciaban para el viernes, “El mundo está loco, loco, loco, loco” y nosotros asentíamos y confirmábamos aquella aseveración cinematográfica.

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