La nube en el suelo. Capítulo 1. 10

            Cuando llegó a Sevilla todo le pareció magnífico y extraordinario, no era como aquella adusta tierra que vió desaparecer tras un montículo una fría mañana del mes de febrero camino de otra ciudad mayor, donde ubicarían su nueva residencia, con mucho más ruido, con una mayor afluencia de tráfico, que haría imposible disfrutar de los territorios de su infancia, donde quedaron sus amigos, sus juegos y algunas ilusiones.

La única noción que tenía de esta nueva urbe, desconociendo que le serviría de hospedaje eterno, de túmulo para recoger su vida y sus sueños, eran las fiestas de la primavera, la semana santa y la feria, que trascendían las fronteras nacionales, de las regiones, y que reconocía porque las había estudiado en su vieja enciclopedia Álvarez. Aquel libro fue la única puerta al conocimiento en aquella época para él, aún huérfana de la EGB, método educativo que extrañamente fue implantada en Andalucía antes que las tierras donde Antonio de Nebrija concibiera la gramática fundamental de nuestro idioma, donde Fray Luis de León dictara los mejores momento de la poesía hispánica y donde Miguel de Unamuno defendiera la esencia de la vida ante los cantos épicos y de efímeras glorias y salves a la muerte del general Millán Astráin. Era como descubrir el nuevo mundo que imaginaba allá en su Salamanca natal, una secuencia de oportunidades que se le presentaban de improviso y gracias a la nueva coyuntura de trabajo con la que había sido favorecido su padre, recio castellano, intuitivo y menesteroso obrero de la construcción que recurría a su sapiencia natural para reconstruir su vida, para ofrecer unas condiciones mejores su prolífica familia. Los recios campos castellanos, los fríos secos del invierno, los racheados vientos que asolaban los cristales de las ventanas de su habitación, que aullaban por sus resquicios, convirtiendo su descanso en un suplicio, pues llegaban hasta su mente, las palabras convertidas en imágenes, de los cuentos de la tía Delfina, sobre lobos que bajaban de los montes para aniquilar rebaños enteros de ovejas y al pastor que se enfrentaba a las fieras en defensa de los pobres animales.

            De pequeño soñó con ser pastor, pero bastaron algunas truculentas historias sobre perros salvajes y su inhumana condición para el exterminio, de la insaciable ferocidad de los míticos canes, depredadores que mantenían su reino en las montañas que le rodeaban, que desistió de inmediato aterrorizado y se dedicó, con especial fruición, a estudiar para ser un hombre de provecho en el futuro, como querían sus padres, con la formación, que ellos no tuvieron, para no verse en los duros trances que ellos asumieron con la resignación de quién se sabe dueño de la escasez, en las calamidades que tuvieron que sortear, en las carencias que les hizo broncos y fornidos trabajadores con apenas doce años, subiendo espuertas de ladrillos hasta lo más alto de los edificios, cubos de mezcla que sirvieron para fortalecer músculos de piernas y brazos cuando tenían que hacerlo llegar a los oficiales, dejando la sangre en obras que solo ofrecían pan y escaso salario. Dueños de sus miserias y esclavos de las migajas que repartían, con graciosa arbitrariedad, los jefes y señores a los que debían servir decidieron cambiar la situación alejándose del hogar de sus mayores y buscaron la tierra prometida donde poder abastecer y dotarse de una mejor existencia. Por eso aprovechó las facultades con las que fue premiado por la divina Providencia y se centró en los estudios, en acaparar todo el saber posible, en adquirir todo el conocimiento que pudieran acumular sus neuronas.

José María poseía un especial don para el estudio, que sumaba a su responsabilidad y a su sencillez. Aquella primera mañana, el día del encuentro, con las aulas vacías, oliendo a paredes nuevas, estrenado sus espacios, descubriendo el mundo donde nos aposentaríamos en los años siguientes, encajamos como dos piezas de puzle. Éramos como dos imanes con sus polos opuestos y enfrentados. Algo tuvo que ver también el destino y nuestra apariencia física. D. Patricio, el director del colegio, nos unió en un grupo en el que también se encontraban Pepe Rubalcaba, Manolo Cruz y Francisco Carreras. Nos encomendó una tarea especial, al ser los de mayor edad, nos dijo como excusando por la selección, pero creo recordar que allí solo había otro grupo que se encargaría de aprovisionar el módulo siguiente. Subiríamos, a las últimas plantas, el mobiliario y todo el material didáctico que se apilaba en el enorme camión que se había apostado en las zonas del recreo y que la poca pericia, o su despreocupación ante un espacio tan grande, del conductor ocasionó el primer percance del todavía no inaugurado centro escolar. Se llevó por delante árboles que parecían recién plantados.

La jornada fue extenuante. Pero sirvió para mantener un primer contacto, que con el paso inmediato de los días se convirtió en lazos de confraternidad para siempre, vínculos que traspasaron los años y las décadas. Allí se cimentó nuestra amistad. Allí se gestó la hermandad que nos unió para siempre. Aún hoy, cuando ya no está entre nosotros, sigue recordando aquel primer día, la sonrisa y la predisposición a realizar cualquier misión, a la elevación de su figura y su naturaleza fraternal por la que siempre se distinguió, por su espíritu de superación constante y sobre todo por su perenne animadversión por el enfrentamiento entre las personas, entre los pueblos, por su disposición a encontrar una solución dialogada aún el sacrificio de la pérdida de sus propios derechos.

Los restos de la batalla aún podían contemplarse en la porticada desembocadura del cine Delicias. En los escalones, pequeñas gotas de sangre que marcaban el sendero por el que desplazó su agonía Antonio, y que una obesa limpiadora se obstinaba en limpiar con lejía, mientras maldecía al desgraciado que había vertido sus esencias sobre aquellas baldosas. Disimulamos la situación, incluso Alonso hizo algunas pequeñas alusiones a la falta de respeto y consideración de los miserables que habían dirimido sus cuitas en aquel espacio privado, indicando lo que les hubiera hecho de haberlos sorprendidos, porque después podían culpabilizarnos por nuestra constante presencia en aquel lugar. La mujer escuchó, con cierta reticencia y con algo de recelo, los comentarios del joven y hasta lanzó una mirada de desafío intuyendo que las palabras guardaban algo de sorna y mofa.

Continuaba el calor asfixiante. Ni la caída de la tarde, ni la llegada de la noche, aminoraban la sensación opresiva e irrespirable del ambiente. Juan llegó quejándose de estas circunstancias climáticas y enseguida se ofreció para invitarnos, pues había cobrado la paga del dieciocho de julio y se la quedaba por completo, un acuerdo familiar que le permitía asumir algunos caprichos.

Tras aplacar, con serenidad y sosiego, el primer calor con algunos tanques de cerveza en el Burladero, continuó con su rumboso proceder agasajándonos con una sesión de cine de verano y un helado que nos tomaríamos mientras visionábamos la película. Tal vez aquella generosidad se debió a que aquella tarde solo acudimos a nuestra cita diario Alonso, Isidoro –Antonio no apareció pues se encontraba convaleciente y ¡en cama! por su aparatosa herida-, José María y yo, amén de nuestro prócer.

Tuvimos que esperar a la segunda sesión, porque el portero nos advirtió que ya hacía tiempo que habían iniciado la proyección, e hicimos tiempo paseando por los alrededores del cine, recordando las peripecias del día de la batalla, riendo las ocurrencias y los hechos posteriores, especialmente la atropellada entrada en el tanatorio y el repelús de enfrentarnos a la visión de la muerte proyectada sobre aquel pobre hombre, tendido sobre el lapidario de mármol, con la tez cerúlea y un pañuelo atado sobre el cráneo para mantener cerrada la quijada y evitar el rictus de la parca reflejado en él, perfectamente ataviado, con un elegante traje, una inmaculada camisa y una corbata negra, como guardando luto por su propia desgracia, con unos zapatos relucientes, recién lustrados, que jamás volverían a pisar el suelo y sus manitas cruzadas sobre el pecho, a las que habían encajado una pequeña cruz de madera y un rosario.

 Isidoro, nos contó con encomiable aplomo y sentido del humor, que tuvo aplacar a su hermano, ya en su casa, de un ataque de angustia por lo que creía una premonición sobre su propio destino, aludiendo a la tragedia familiar que les asoló hacía tan solo unos pocos años, cuando su abuelo participaba en el duelo de un amigo y se abrió de improviso el féretro, ante una torpe maniobra de los empleados de la funeraria, y quedó al descubierto el cadáver, que mantenía los ojos abiertos y la boca entornada, en perfecta disposición de pronunciar un nombre, que él oyó y creyó el suyo, para que le acompañara en aquel tránsito a la vida eterna, y que la fatalidad de una casualidad quiso que falleciese a los pocos días. Una maldición que se vertió sobre la familia, farfulló Antonio a su Isidoro, que se dio media vuelta en la cama y obviar los comentarios de su hipocondriaco y fatalista hermano.

Aquella narración concluyó con la risotada general de los que formábamos el grupo aquella noche, mientras accedíamos al cine.

La sala no tenía mantenimiento posterior a la finalización de la sesión, que se continuaba casi de inmediato con la proyección del NO&DO, un aviso para acomodarse en las sillas metálicas que se disponían como butacas de contemplación, y el suelo mantenía los desperdicios de la proyección anterior. Una tupida alfombra de cáscaras de pipas, restos de bocadillos y algunos cartuchos de chufas, rechinó a nuestro paso. Los asientos estaban unidos, entre sí, por una barra posterior soldada a los respaldos, supongo que para poder manejarlas con mayor comodidad en sus traslados y ordenación. Nos situamos en el centro de aquel salón al aire libre. En esta segunda sesión escaseaba el público y podíamos elegir, con cierta facilidad, el lugar para visionar el film. Había remitido el calor y una pléyade de estrellas se nos ofrecían en el cenit del universo. Claro y aterciopelado, enhebrando en sus lienzos el parpadeo o el estoicismo plateado de los astros, invitaba su contemplación, a derivar los pensamientos y buscar en ellas las soluciones a los terribles problemas de un afecto adolescente, que maniatábamos en el corazón como anticipo del amor. Observándolas podía siluetear aquel rostro que me había encandilado, como hacían los sabios griegos para localizar un punto con el que orientarse durante las travesías, y conformaban con las estrellas, imágenes de dioses y animales que señalaran el camino. Yo miraba aquella noche el cielo, aquel lienzo zaino y solo podía distinguir las formas de aquella niña que había alterado mis pulsos, que había abierto la puerta de mi corazón a una desconocida dimensión y mantenía la esperanza de que ella misma, en aquel mismo momento, tal vez mirando a través de la ventana de su habitación, también recortaba las estrellas buscando la perfil de mi rostro, y que como yo, que musitaba su nombre, pronunciara las letras que conformaban el mío o recordara aquella canción que hizo estremecer mis sentimientos cuando la así por la cintura.

Alonso me pasó un paquete de pipas de la Estrella, medio vacío porque él se había quedado con el resto, y me recuperó para la visión de aquella película. El mundo está loco, loco, loco. Una desternillante historia, una obra maestra del cine, que reunía a las principales figuras de la comedia americana del momento, que dirigió Stanley Kramer y reparto que encabezaba Spencer TracyMickey Roone y un elenco entre los que destacaban Dorothy ProvineBuster Keaton, y Peter Falk. Todos en busca del botín de un atraco y que le es confesado por el delincuente, momentos antes de morir en un accidente de tráfico, en el que aquéllos intentan auxiliar. Unas tras otras, las delirantes escenas nos motivan a la carcajada. Las disparatadas situaciones, a las que se ven abocados los protagonistas, para poder adueñarse del tesoro, propiciaban las risas de los espectadores, algunas veces hasta el movimiento compulsivo que acompaña a la risotada. Y algo de aquello debió sucedernos. Los astros se aliaban contra nuestra ventura. Al final de la película, cuando unos tras otros, los protagonistas son despedidos por la grúa de bomberos, que intentaba rescatarles de un edificio en ruinas, debíamos aunar aquel impulso, concentrando toda la fuerza centrífuga en la evasión de nuestra alegría, y allá que fuimos los cincos  a dar con nuestras espaldas en el albero, allí que quedamos expuestos a la contemplación  del resto de espectadores, como dispuestos en el módulo de una nave espacial en el momento del lanzamiento. Y sin poder dejar de reírnos, acto que imposibilitaba el uso de nuestras fuerzas para  maniobrar y recuperar la verticalidad perdida. Allí quedamos durante muchos segundos hasta que fuimos auxiliados por el portero del cine y el encargado del ambigú, que también se estaban partiendo de la risa.

Enhiestos, no dando pábulo a cuanto nos estaba sucediendo en aquellos días, en la concomitancia de la resolución del destino, continuamos bromeando hasta que nos despedimos en la esquina del cine delicias y nos perdimos la visión en los caminos de regreso a nuestras casas y recordando que, a pesar del dolor y la vergüenza del accidente cinematográfico, quizás emulando a los protagonista del film, durante unos instantes quedó desplegado ante mí la enormidad del mapa austral y todos los centelleantes astros, todos aquellos argénteos elementos, parecían configurar la imagen de mis deseos, la de la niña que yo soñaba con que pronunciara mi nombre en la oscuridad de su habitación.

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