La nube en el suelo. Capítulo 1. 11

            Acaso, en los primeros días del verano, cuando todavía no teníamos constancia del tiempo ni de su efímero paso por nuestras vidas, cuando las horas mantenían su tránsito imperturbable y marcaban el lento devenir de la cotidianidad, pensábamos en todo lo que nos quedaba por vivir. Ignorábamos que somos seres en manos de los caprichos del destino y que nada nos pertenece excepto cuando manifestamos la ejecución de los mitos con los que nos va asignando la providencia. Y entonces podemos reír con las agradables circunstancias que nos van rodeando, aunque ello suponga caer de espaldas porque nos sentimos felices con la compañía, o nos entristecemos cuando el hálito de las penas nos va envolviendo con las espesuras de sus lamiosos tejidos, y embriaga con sus dolorosas esencias, y nos inviste con el dolor o las tristezas. Son esas sensaciones extrañas y nuevas las que nos mortifican y abren las heridas que durante la vida se ulceran y produce el escozor en el alma. Nunca llegan a sanar porque siempre hay una lanza del destino dispuesta para la reabrir las heridas, para recordarnos que nada en este mundo se sostiene sin la conciencia del dolor, Procuramos protegernos de él, correr despavoridos cuando advertimos que  intenta asediarnos, que dispone las fuerzas de sus ejércitos atormentadores, pero siempre hay una zanja que nos provoca la caída, que nos hunde en la ciénaga de la aflicción, una trampa en la que queda apresada el corazón, y que lanza sus lazos en una mirada, o en un gesto, o en el roce de unos labios que conmueven nuestros instintos para acrecentar el vértigo de los sentimientos. Es el lodo que salpica los ojos hasta convertirnos en ciegos, en seres manipulados, guiados por el despropósito del amor. Nada, entonces, puede salvarnos de las desdichas que irán saltando el muro tras el que aposentamos la primera felicidad, los momentos que disecamos en la memoria, porque les extraemos las vísceras que sostienen la verdad, que podrían delatarnos ante la falsedad de las emociones. Preferimos aniquilarlas y depositar en sus anaqueles nuestros sueños, las ilusiones que se proyectan en la propia mente para hacerlos verídicos ante la realidad que nos viene avisando del fracaso si no tenemos la precaución de ir seleccionando los verdaderos de los que nos engañan con falsedades en las emociones. Si acaso, nos obstinamos en concedernos  una tregua aceptando la situación, el instante mismo sin importarnos el futuro, sin tener más visión ni perspectiva que aquello que acontece delante nuestra. Somos el otero y el ojeador al mismo tiempo, empinándonos en el pretil de la dicha, ignorando que ante nosotros se abre el vacío si no construimos las pasarelas sobre las que poder afianzar, con seguridad y soltura, los pies. Pensamos en la consecución definitiva de la concreción de la felicidad. Y dormimos en las nubes mientras los ojos que nos invitan al candor, los labios se abren a la sensualidad y nos guían a invadir sus terrenos con la pasión. Pero vivíamos enfrascados en un universo idealizado ante las proezas románticas de los referentes literarios y personales. Soñábamos con las vivencias que otros protagonizaron y pudieron convertir en realidad y que a nosotros se  nos presentaban como oníricas narraciones. Transitábamos alucinados por los nuevos horizontes que descubríamos, por esas nuevas perspectivas con las que ampliábamos el paisaje fantástico que se extendía por la imaginación. Vivir para soñar era una premisa principal en nuestra adolescencia porque carecíamos de la superficialidad del materialismo con el que contaminaríamos el espíritu unos pocos años después, vendiéndonos al diablo del consumismo, una hoguera fatídica, que encendimos auspiciados por el falso poder del dinero y a la que nos lanzamos, sin dudar ni valorar las consecuencias por las promesas que oíamos, cantos de sirenas que nos devoraron y nos restaron la libertad por la que tanto luchamos.

            No le reconocí porque el tiempo pasado había idealizado su imagen en mi mente. Era como si me hubiese estancado en la mocedad, como si los años no hubieran pasado sobre mí, y ví mi reflejo en el fondo del escaparate, un fantasma entre  los figurines que enseñaban la última moda femenina, un espectro sonriendo a la desfasada figura que pasó muy cerca de la figuración que se obstinaba en recuperar una edad que ya era historia en la historia en la historia de mi vida. No le reconocí porque había un lastre de recuerdos y emociones sombreando aquella encorvada y trasnochada figura, que arrastraba sus pies por la calzada incapaz de soportar sus muchas vivencias, las experiencias por las que había pasado. Era la inmemorial sentencia del paso ejecutando su inexorable dictamen. Tuve la certeza de la juventud perdida en aquel momento en el que cruzó su vidriosa mirada con la mía, intentando reconocernos, restituir la memoria que permanece invernando en la sima del alma esperando el resorte que la resucite, que la devuelva a la vida, el beso del príncipe que restituye la fantasía de una época en la que no teníamos certidumbre de aquella pereza por la lucha con la que nos había condena la edad. Solo me sonrió. Tal vez ni lograre ubicarme en algún momento de su tiempo, porque se había deshecho de su vida, la había tirado por la ladera de un cerro, despeñándose con el caballo con el cabalgó triunfante durante unos meses hasta que le descabalgó y en lo dejó en la mayor de las desventuras, robándole sus fuerzas, la apostura de una arrogancia natural, del orgullo sobre la naturaleza de la libertad. Venía con el periódico bajo el brazo, con el cabello bandeándose sobre la nuca, ocultando el inicio del cuello y la podredumbre que se escondía bajo la escasísima pelambre, mostrando la hermosura blanquecina de la piel craneal, sin intentar ocultar las entradas que en aquella noche, tras la esperpéntica trifulca, disimulaba con una boina asturiana que había sisado a su padre en algún descuido o tal vez su progenitor le obsequiara para  que no cayera en la desesperación por perder el cabello a tan temprana edad, como le pasara a él antes de embarcarse y dedicar  su vida a la mar.

            No volvió a aparecer más por la esquina, ni tuvimos más conocimiento ni noticias de él y sus avatares el resto del verano, ni en los años siguientes. No supimos más que lo que las malas lenguas voceaban en los corros de amigos con los que se había cruzado, ocasionalmente, y con los que cambiaba algunas esporádicas y cortas palabras. Isidoro, algunos meses después, relató su esporádico encuentro, de lo desmejorado que lo vio, de su macilento aspecto y su degeneración física. Le invitó a que se pasara por los Modiles o el Burladero, donde teníamos asentadas nuestros cuarteles de invierno, pero prefería, le dijo, ampliar sus vivencias, conocer nuevas facetas de la vida, desafiarla con tendencias vitales que abrían novedosas expectativas. Cuanto refería nuestro querido Isidoro nos conmovía porque todos conocíamos el juego con las drogas que mantenía Jesús María, aquel desafío de muerte y desolación que libraba contra sus propios idearios, convirtiéndose esclavo de la heroína y el lsd, adscribiendo su vida a la alucinación constante, en una carrera sin retorno hacia la locura, hacia el dolor y el sufrimiento. Estábamos compungidos por  la descripción de los hechos. Nos propusimos ayudarlo, hacer que abandonase el hábito por el consumo de las sustancias estupefacientes que le estaban destrozando y alejándole de la vida sana y libre por la que había luchado.

Era sábado y el bodegón se encontraba repleto. Todos los veladores eran circundados por grupos de jóvenes que discutían, que reían estruendosamente o frivolizaban con los más absurdos temas. La máquina de pinball armonizaba el ambiente con sus chasquidos, con sus metálicos sonidos, con una musiquilla que informaba sobre la consecución de una partida gratis o una bola extra. Teo, que era el veterano camarero que servía las mesas, apenas podía dar cuenta de todas la peticiones que le realizaban al unísono. De vez en cuando, se tomaba una pausa para recuperar el resuello y mientras oteaba aquel panorama de jóvenes intentando acaparar su atención. Decían que había pertenecido a la Guardia Civil, que había desarrollado su carrera en las provincias vascas y que ahora su jubilación apenas le daba para mal vivir, leyenda que casi nadie creía, pues un agente del benemérito cuerpo no había quedado en aquel desamparo que parecía seguir al pobre hombre. Si acaso, comentábamos, será para ganarse un sobresueldo, refiriéndonos a aquel trabajo que le hacía desesperarse.

Un brillo en los ojos de Alonso, que se encontraba en frontispicio a la bocana de acceso al local, nos advirtió de algo extraordinario, Acaban de hacer su entrada, como ninfas recién extraídas de una fábula alemana, el grupo de chicas de la fiesta. Antonia encabezaba la cortejo, quizás jerarquizaba el grupo por la edad. Le seguían Mercedes, mi hermana, Inés, Toñi, Carmen, Mari Paz y Ana, mi hermana. Enseguida nos hicimos notar, levantándonos y ofreciéndoles nuestras sillas. Perdimos la noción del tiempo inmiscuidos en una conversación insulsa pero con la que reíamos. Teo nos avisó de la proximidad de la medianoche y del cierre del local. Cundió cierto nerviosismo entre las chicas, especialmente en las que sus domicilios estaban más apartados. Les acompañamos. Volvimos a fundirnos con la fantasía, con esos sueños que se dictaban desde los labios de esas niñas que comenzaban a distraernos con sus facciones, con sus historias y sus retahílas. Volvimos a perder la aspereza fingida de nuestra recién adquirida hombría, aquel jirón de rebeldía que habíamos alcanzado con la propia naturaleza de la edad. Por ensalmo de la belleza, la turbulencia de la emociones encontradas, de la complicidad de unas miradas que nos delataban al desamparo de las emociones, nos olvidamos de aquel muchacho que se estaba abrazando a la peor de las suertes y ya no volvimos a hablar de Jesús María, de los problemas que le acuciaban y lo desquiciaban en un amor que le arrebataba su propio ser. Porque habíamos sido vencidos por la vida misma, porque habíamos instituido un orden de prioridades que incluso desalojaba a la amistad infantil de las líneas de la lista y la habíamos depositado en el cajón donde sólo la memoria podía mancillar a la realidad, y que quedó totalmente ocluida y herméticamente sellada aquel domingo cuando fuimos a la piscina de Coria y le borramos totalmente de nuestros registros de amistad.

Treinta años después el fantasma del mejor tiempo pasado regresó para mortificar los recuerdos.

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