La nube en el suelo. Capítulo 1. 12

            Cantaba los goles con la misma felicidad con la que se celebra la obtención de un premio gordo de la lotería. Era un apasionado del fútbol, exaltación deportiva que compartíamos. No había nada mejor ni con mayor gloria que participar y ganar en el deporte del balompié, actividad que nos unió en la amistad y la consideración.

Cuando salíamos de clase nos dirigíamos de inmediato al tramo final de la calle Fernández de Guadalupe, donde la vía se ensanchaba hasta convertirse en plazoleta, un lugar libre de vehículos y donde el tránsito peatonal era, por aquel entonces, escaso, y que lo habilitaba casi a la perfección para situar un terreno de juego urbano, donde los límites de espacio deportivo se encontraba en las fachadas de las casas unifamiliares que lo delimitaban y las porterías se localizaban en los portalones de un viejo y abandonado local, eventual almacén de juguetes en las fechas próximas a la Navidad, y en su extremos opuesto, dos frondosos pilotes de maletas y chalecos, que se erigían en postes y un imaginario larguero, que posibilitaba siempre la duda de un gol cuando el balón alcanzaba cierta altura y el portero no acertaba a detenerlo, o se dejaba guiar por su intuición y gritaba, para escarnio de contrincantes, que la pelota había sido alta, un arbitrio que muchas veces terminaba en disputa por la disparidad de pareceres ante la eventualidad e incluso era motivo del evento deportivo si el propietario del balón se sentía menospreciado por aquella decisión que le afectaba en la consecución de sus propósitos de triunfo.

Se sentaba expectante en el escalón que permitía el acceso a la vivienda. Desde su prominente y privilegiada ubicación divisaba con claridad y perfección nuestra evolución tras el balón. Era una pequeña casa en la que anteriormente se ejercía el oficio más viejo del mundo, donde acudían los hombres de las proximidades, cuando los campos y las huertas aún eran frecuentes y no habían sucumbido a la especulación inmobiliaria que convertiría aquellos campos, en las medianías de la década de los años treinta, en una zona residencial en torno al hospital de la Cruz Roja, que fuera inaugurado por la reina Doña Victoria Eugenia, en 1923, y que reformó sus espacios para adecuarlos al alquiler de las pequeñas viviendas que resultaron de la nueva distribución del espacio.

Allí vivían Antonio e Isidoro, y allí comenzamos una fructífera amistad. Se sentaba sobre el desvaído mármol del escalón, con su bocadillo de mortadela, para observarnos, para alentarnos en nuestros ímpetus deportivos. Cantaba los goles con el mismo ímpetu y alegría con los que los vitoreábamos nosotros. Por eso no podía pasar desapercibido, ni creo que jamás lo intentara. Muy al contrario, siempre preguntaba si faltaba alguien para integrarse en cualquiera de los dos equipos. Pero siempre recibía la misma respuesta: no hacía falta. Y volvía a su lugar de observación, apesadumbrado y engullendo, a grandes bocados, su pan con mortadela.

Fue una tarde de sábado. Habíamos quedado para enfrentarnos a un equipo del Colegio Nacional Calvo Sotelo, el lejano centro que se situaba en la calle Arrollo. Íbamos a disputar nuestro primer partido en un campo de fútbol y sólo éramos diez con suficientes garantías para afrontar aquel importante compromiso. La tarde antes decidimos entrenar en el lugar habitual. Y allí estaba él, como cada día, esperando nuestra invitación, observando y contando por si alguien fallaba. Cinco contra cinco. Isidoro llegó con su padre y éste acarició al segundo hijo, revolviéndole el cabello. Antonio apenas prestó atención al gesto de cariño e hizo un ademán de desaprobación. Alonso disputaba los balones como si se jugara la final de la copa del Generalísimo y José María le correspondía con la misma contundencia. Dicen que los huesos, a esas edades, están por formar y algo de verdad tendrá el dicho, porque de ser incierto, de no guardar la elasticidad propia de la infancia, la consistencia y fortaleza de la fibra filamentosa, hubiésemos padecido alguna que otra rotura ósea. Pero la edad y la providencia siempre nos preservaron de aquellos males.

El balón quedó dividido tras un forzado despeje de Jesús María, que hacía las veces de portero y defensa al mismo tiempo, facultado por su innegable robustez y por brío asturiano, y allá que fuímos a disputarlo Juanlu y yo, llevándoselo con una habilidad extraordinaria y dejándome fuera de cualquier posible actuación, así que lo agarré y la pelota continuó con su díscolo y casi incontrolado periplo. Los dos bravos jugadores, el salmantino y el jiennense, fueron como trenes; uno al despeje, el otro a intentar gobernarlo. Creo recordar que ambos lograron impactar en el balón al mismo tiempo, elevándolo hasta una altura considerable, en vertical a sus testas, y cayendo a plomo sobre la de Alonso, impactando en su coronilla y volviendo a salir despedida, describiendo en su nueva trayectoria una elipsis inverosímil e ilógica que la hizo colar, por la ventana abierta al bonanza de la tarde, en el saloncito –después supimos que también, durante la noche, se convertía en dormitorio de los hermanos- golpeando en la mesa camilla y provocando un susto enorme en quienes contemplaban, en la televisión en blanco y negro, a Alan Ladd en sus aventuras en la película Raíces, que emitían aquel día en Sesión de Tarde.

Todos quedamos atónitos observando cómo perdíamos el balón, cómo era engullido por aquel monstruo que nos dejaba sin posibilidad de continuar con el juego. Antonio se levantó de inmediato y corrió hacia el interior de su casa, desde donde proferían gritos y alguna que otra maledicencia. A los pocos segundos salió con el esférico entre las manos, sonriendo con cierta malicia, sabedor de su posición de ventaja en aquella situación, y espetó, con toda la ingenua maldad para la consecución de un propósito, que la devolvía si le dejábamos jugar. Nos miramos y asentimos, especialmente Juanlu que era el propietario del cuero. Aquella tarde, Antonio metió dos goles en la portería que defendía Jesús María, más por la alianza con la casualidad y la suerte, que también hay que saber buscarla, que por sus habilidades en los fundamentos futbolísticos. Y además conseguíamos el jugador que necesitábamos para el encuentro del día siguiente, que por cierto perdimos catorce a dos, en un desastre de planteamiento ante un terreno de juego con las dimensiones normales, con sus portería, equipadas con sus redes y todo, con dimensiones reglamentarias, por lo que cada vez que tiraban a puerta era gol casi seguro. El portero, Jesús María, no cogía el balón mas que cuando lo arrancaba del fondo de las mallas, demostrando que la fortaleza nada tiene que ver con la destreza y la habilidad.

Así nos conocimos, así llegamos a acrecentar nuestra amistad. Conforme crecíamos descubríamos nuevas facetas que nos hacían cómplices en nuestros comportamientos, en unas pautas de conducta que fuimos compartiendo, aprendiendo el uno del otro cuando recorríamos el itinerario diario hacia el instituto, participando durante muchos años en las penas y las alegrías de cada uno, en las injusticias con las que nos iba maleando la vida, endureciéndonos conforme la íbamos entendiendo, conforme nos sometía a sus dictámenes y sus tiránicos mandatos. Como en aquel verano del setenta y ocho, cuando diagnosticaron cáncer a Pepa, su madre, una enfermedad que solo ella tomó con resignación y una abnegación digna de encomio, con una valentía, ahora que se remonta en mis recuerdos, merecedora de la santidad, pero que supuso para mis amigos un profundo y doloroso proceso que concluyó cinco años después, un lustro que fue costrando la primera herida con capas de tibieza y paciencia, asentimiento sobre lo ineludible del final de aquella mujer que cantaba las romanzas y coplas de Marifé de Triana mientras realizaba las labores del hogar, con la sonrisa en los labios, a la que jamás oí en una queja, durante aquellos advenimientos del dolor, en aquellos accesos de melancolía que debieron presentársele y que supo siempre disimular. Aquella entereza era la preconización de la entereza que quería transmitir a su esposo e hijos, la preparación sobre la pena que la afligía por el dolor de los suyos y que los martirizaba son su pena y dolor, sobre la desesperación que advertí aquel jueves dos de marzo, cuando nos hizo entrega de las entradas y las bufandas verdiblancas que ella misma había confeccionado, para sus antonios su Isidoro, para contemplar aquella eliminatoria de cuartos de la Recopa de Europa, en la que nuestro Betis, aquel Betis de la heroicidad por haber ganado la primera copa del Rey, un año antes, dirimiría contra el poder ruso, contra el Dínamo de Moscú.

Caminábamos aturdidos por las palabras y a mí me costaba sostenerle la mirada porque bordeaban sus ojos unas lágrimas, rodeados de aficionados que gozaban camino del estadio, soñando con la proeza, que para eso habíamos eliminado al Milán, preconizando al aire resultados en los que no haría falta celebrar el partido de vuelta. Ondeo felices de banderas albiverdes, cánticos de alirones, versos alegres sobre un equipo que redimía y alejaba las frustraciones, mientras nosotros tres caminábamos ahítos de un suspiro que nos hiciera recuperar el resuello, que nos devolviera el aire acongojado que se había aposentado en nuestros espíritus y que no éramos capaces de arrancar a pesar de estar rodeados de tanta felicidad, de aquel preámbulos en el que la fantasía era enarbolada, un mensaje que se transmitía por el mundo, aquella riada sentimental que intentaba arrastrarnos hasta la vorágine de la dicha que traspasaba los límites deportivos para mantener el sentimiento, como un hito, en el mismo centro del alma.

Se desataron las emociones cuando saltaron al campo los equipos. El Betis arreciaba pero era incapaz de materializar  las ocasiones que creaba. El público coreaba, a modo de los cánticos británicos, el nombre del equipo, alargando melosa y melódicamente, suspendiendo los sentimientos en las dos sílabas que conforman el recuerdo del río que baña a la ciudad, que le da la vida y la sostiene, y que ya los romanos nominaban de esta armónica forma. Durante aquellos noventa minutos nos olvidamos de la tristeza, aliviamos el corazón de la pena, embriagando las horas con el rumor de la felicidad. Nos abrazamos y nos emocionamos cuando el encuentro terminó. Y lloramos. Porque el Real Betis, el equipo de nuestros amores, mantenía abierta la puerta de la esperanza, y porque en el subconsciente yacía, aunque la fortuna y la ventura del momento lo encubriese con un tul de la ilusión heredada y transmitida, la constancia del verdadero sentido de la vida, de la constancia y la certeza del natural tránsito de la materia, que ni se crea ni destruye, sino se transforma. Y aquella noche mantuvimos la certidumbre de que esa evolución científica se concentraba en el recuerdo y los sentimientos. Allí se aposentaría toda la vigorosa energía de Pepa, y de los seres que siembran en nosotros el amor.

Y ya no volvimos a hablar más de la enfermedad de aquella mujer, ni aún cuando la despedíamos, cinco años después de que el Betis jugara su primeros cuartos de final de la Recopa de Europa, en las puertas del cementerio y una canción de Marifé de Triana taladró nuestros sentidos.

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